Vigilante

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© Alex Dan Leibovich

Una casita en la cumbre de la sierra. Las nubes vespertinas yerran sobre el tejado produciendo islas sombreadas entre los pastizales verde-marrones. La puerta se abre. Sale un hombre anciano, mirando hacia todos lados. Lleva anteojos antiguos de armazones gruesos y de un bronce desgastado. Tiene el torso descubierto. Mira hacia la derecha, mira hacia la izquierda, buscando algo que se me escapa en estos momentos. Frunce el ceño, y disgustado por lo infructuoso de la búsqueda, vuelve al hogar.


Es la noche en la cumbre. Las estrellas son reflejadas en las ventanas de la solitaria casita. Se abre una de ellas y asoma el rostro del anciano. Ahora no lleva los anteojos, aunque sí todavía el torso desnudo. Los ojos relucen gris mezclado con verde. Los párpados se entrecierran, y dirige la vista hacia las demás sierras, hacia el frente, hacia el otro costado: nada. Refunfuña algo por lo bajo, tal vez –aunque no logro escucharlo bien–, un “miedo”. Solo la expresión contraída puede llegar a confirmarlo. Mete el rostro en el hogar y cierra la persiana.


Amanece seminubladamente sobre la pequeña casita en la cumbre. Las nubes se tiñen de rosas, violetas y naranjas, mientras debajo los pastizales se inundan de mil tonos y el hogar se protege de la lluvia colorida como si sus tejas de un paraguas se trataran. Todas las puertas y ventanas están cerradas, pero a la altura del techo se ve un rostro, centrado como en un retrato en una ventana ovalada sucia de moho. El anciano lleva puestos nuevamente los anteojos y al voltearse hacia la izquierda y derecha, acechando como un sabueso, los armazones brillan y no brillan, brillan y no brillan. ¿Qué busca? Por su expresión, ya parece resignado, aunque apenas visible por el espectáculo de luz, y apenas visible tras una cortina de moho en la ventanilla, no podría asegurarlo. Como era de prever, desaparece nuevamente.


La tarde es oscura sobre el pequeño hogar. Las livianas y errantes nubes matutinas se hicieron pesadas, decididas a posarse sobre el paisaje, y la casita que alberga, a la manera de un nuevo y horroroso techo. Se oye un portazo, seguido de un grito feroz. El anciano arroja los anteojos bien lejos y comienza a vociferar palabras incomprensibles entre sus pastosos labios, con dejos inteligibles de “espía”, “basura”, “cobarde”, “locura”. No hay manera de describir la furia en el tono y el veloz arremeter de palabra tras palabra, formando una nube amorfa de lenguaje que solo comienza a disolverse cuando las nubes arriba ceden su alimento a la superficie. Un relámpago lanza su blancura sobre el anciano de torso desnudo, que ahora frustrado, sin pizca de furia en sus movimientos, se mete silenciosa y pesadamente en la solitaria casita. Un trueno hace vibrar toda la estructura.


El atardecer llega con un cielo desnudo, las vestimentas nubelares removidas por un fuerte viento. La luz baña a la ventana de un tono anaranjado-amarillento y me hace recordar que ya hace tiempo que estoy acá. Me encantaría partir, pero… ¿cómo puedo hacerlo?

   No se ve rostro alguno en las almenas. La puerta se sacude ante una ventisca, al igual que las ventanas y que los pastizales alrededor, al son de una melodía mullida. Pero ni ella, ni la catarata de luz que cae desde el horizonte, hasta los tejados y ventanas, hacen salir al anciano de su cueva.

   La noche. No hay nube alguna que cubra el cielo estrellado. Un silencio expectante lo petrifica todo. Hasta que repentinamente la puerta se abre y un posterior portazo lanza ecos por todo el paisaje. El anciano muestra una expresión contorsionada, el torso transpirado, los labios en un rictus, los ojos grises-verdosos –casi imperceptibles en la noche– abiertos en la clara imagen de la locura. Da grandes trancos, cada pisada como la de un zanquista en un circo. Viene en mi dirección, pero no puedo hacer nada. ¿Por qué viene hacia acá? Murmura. Se hace cada vez más grande y puedo distinguir con mayor nitidez, ayudado por la luz de la luna, los ojos, finas arrugas que los rodean, el cuello de piel fláccida y el cabello ralo que le cae sobre las orejas, sacudiéndose de arriba hacia abajo, de arriba hacia abajo. Y finalmente, llega hasta mí.

   –¿Conque eras vos, eh? Eras vos observándome, siguiendo todos mis movimientos, generándome esta maldita paranoia. No podía saber que eras vos porque la razón no me lo permitía creer, pero ya sobrepasé la razón. Me cansé.

   El anciano agarra una piedra. En su boca se plasma una expresión de diabólica serenidad mientras se pasea la roca entre los dedos.

   –Basta de tu vigilancia.

   Alza la piedra, y comienzo a ver todo muy lentamente, como tras una cortina de agua. Yo nunca pensé que estaba mal lo que hacía. Nunca pensé que podía ser tan dañino el simple hecho de vivir y ver a otros vivir. Nunca pensé que alguien fuera a herirme por eso. Nunca pensé… tal vez ahí estuvo el error: nunca pensé como ellos.

   La cortina de agua cae y la roca se acerca a mí a toda velocidad, pegándome con una fuerza descomunal. El dolor es infinito y agudo. ¿Estoy muerto? Aún no, y en mis últimos segundos de vida distingo sólo dos cosas: la gran luna en lo alto y la voz del hombre diciendo muy por lo bajo:

   –Estúpida flor.

Alex Dan Leibovich

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Vigilante por Alex Dan Leibovich se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
Basada en una obra en http://oniroscopio.com.ar/vigilante/ .

Fotografías:

Solitario:

Soda Stereo – Cuando pase el temblor

El tiempo en capítulos