Un cuento para no soñar. Parte 2.

 

 

No suelo invitar a amigos a casa. Ellos se quejan de eso y me insisten, pero yo no les hago caso. No es porque fuera fea o hubiera mal ambiente; me llevo bien con mi familia y casi siempre está todo ordenado y limpio. Pero a mí me gusta hablar de cualquier cosa con ellos, y con mis papás en casa siento que no puedo. Me incomoda. Ellos lo saben, y por eso fuimos a lo de Tomás. Sus papás vivían más en el trabajo que ahí.

            –Bueno. –Suspiré–. Escuchen bien. Les va a sonar raro. A mí me sonó raro, pero…

            –¡Tomás! ¿Dónde tenés guardado Assassin’s Creed 3? ¡Quiero jugarlo! –la voz de su hermano gritó desde la otra habitación.

            Los tres nos miramos molestos.

            –¡Dejate de hinchar y jugá el Revelations! –le respondió Tomás.

            –No quier…

            Tomás dio un portazo.

            –Ya me está volviendo loco esto. Soltá, Dani.

            Sonreí.

            –Hace diez días más o menos Juli me contó en la escuela que había encontrado un frasco de cristal con un bicho muerto adentro. Me dijo que el insecto era una mezcla de cucaracha, escarabajo, luciérnaga y no sé qué otras cosas. La verdad es que pensé que me estaba jodiendo, ¿vieron cómo es? Peor que yo inventándose fantasías para divertirse. Pero después me di cuenta: eso fue un día antes de que no viniera más a la escuela. Y la verdad es que estaba medio…

            –¿Raro…? –preguntó Mariana.

            Asentí.

            –¿Decís que lo que fuera que hubiera en ese frasco hizo algo en él y en la casa?

            –Exacto –contesté–. Algo extraño. ¿Qué es? No sé, pero para eso estamos; hay que ayudarlo.

            –Ay, Dios –dijo Tomás–. Me siento en una serie de ciencia ficción. ¡Y me encant…! ¡Auch!

            Mariana le dio un golpe en el hombro.

            –Para ser una chica pegas fuerte.

            –Para ser una chica pego despacio, estúpido. No te rías de algo así. Esto es serio.

            –Bueno, basta gente –interrumpí–. ¿Qué hacemos?

            –¿Te dijo algo más sobre ese frasco? –preguntó Tomás acariciándose el hombro–. Tal vez ahí hay una pista.

            –No. –Pensé un momento–. Bueno, me dijo que lo encontró en el Jardín japonés… Había ido con esa amiga suya, ¿cómo se llama?

            –Sofía. Qué mina insoportable –dijo Mariana.

            –Sí, celosa. Bueno, con ella. Eso no es lo importante igual –dije mientras ignoraba la mirada de ella–. Tenemos que ir al Jardín japonés. Tal vez ahí hay una pista.

            –Y si no la hay igual va a estar bueno. Hace tanto que quiero ir… ¡Auch! ¿Por qué me pegás ahora?

            Mariana sonrió.


Abrí una puerta y me encontré dentro de un templo oriental. Fui hasta lo que parecía ser un altar. Me senté. Entonces, empecé a escuchar una canción muy vieja en inglés, como de los cuarenta. La música aumentó y aumentó. No lo soporté y grité desesperado, pero seguía. Cuando me di vuelta, observé un frasco enorme, más grande que yo mismo. La melodía provenía de ahí. Corrí hacia él y, aullando del dolor en los oídos, lo golpeé y golpeé, hasta que se terminó resquebrajando. Lo golpeé otra vez.

            Me desperté. Eran las cuatro y por más que lo intenté no pude volver a dormirme.


–¿Por dónde empezamos? –preguntó Tomás.

            Habíamos pagado la entrada del Jardín japonés y atravesamos el portal rojo.

            –Buena pregunta –dije–. Creo que podríamos dar una vuelta para tener vistas más o menos las cosas y después ir más a fondo, ¿les parece?

             Los dos asintieron y empezamos.

             Aunque fuera sábado no había mucha gente. Alguna que otra familia o pareja, pero había espacios completamente vacíos, por lo que pudimos hacer rápido. Atravesamos los puentes, pasamos por la campana, por la casa de té, el negocio de recuerdos, los kioscos; dimos tres rodeos todo alrededor, observando en cada esquina, debajo de cada banco, por entre las rocas de la laguna. Después de una hora de búsqueda subimos al balcón de la casa principal.

            –Es hermoso –dijo Mariana–. Tenemos que venir más seguido a estos lugares, chicos.

            –La verdad –afirmó Tomás.

            –Y no solamente por una emergencia… –agregué bostezando–. Estoy pensando, pero no sé cómo podemos saber más de ese frasco. Creo que tal vez flasheamos mucho…

            –Ey, no digas eso –dijo Mariana–. Recién empezamos.

            –Pero lo recorrimos todo, y no vimos nada ni remotamente parecido.

            –Pero ¿tiene que ser parecido a algo? –preguntó Tomás–. Usá la cabeza, che. Justamente era algo raro. El mismo Juli lo dijo. Una mezcla de lombriz, hormiga y mosc…

            –¡Luciérnaga, cucaracha y escarabajo! –corrigió Mariana.

            –¡Bueno! No te pongas así.

            Apoyé los brazos en la baranda y miré hacia abajo. La gente recorría los senderos, los peces nadaban en el lago, un pato voló de una orilla a la otra.

            –…si decís algo pensá un poco, siempre lo mismo… –seguía Mariana.

            –Yo pienso, vos sos la impulsiva que peg…

            –¿Yo? ¿Ahora yo soy la más macho del grupo? ¿Eso me…?

            –¡Ey! –grité–. ¿Pueden parar?

            Se callaron. Me miraron, y se pusieron igual que yo, observando el Jardín desde arriba.

            De pronto, Mariana cortó el silencio.

            –Chicos, somos unos estúpidos.

            –¿Por? –pregunté.

            –¿Con quién había ido? ¿Con Kiara?

            –No, nada que ver. Con Sofía –contesté.

            –¡Esa!

            –¿Y qué pasa?

            –Llamémosla. Preguntémosle dónde estaban exactamente cuando descubrieron el frasco.

            Me descubrí mirando a Tomás con los párpados caídos.

            –Sí que somos estúpidos, eh –dijo.


–Hola, ¿Quién habla?

            –¡Dani! ¿Cómo estás, Sofi?

            –Bien, ¿vos? Qué raro… ¿de dónde sacaste el número?

            Tomás negaba con la cabeza y hacía la mímica de cerrarse la boca con cierre.

            –Emm… Me la dio un amigo.

            –¿Quién?

            –Escuchame. ¿Te acordás cuando fuiste al Jardín japonés con Juli?

            –Ay, no me hagas acordar…

            Fruncí el ceño. Mariana me miró extrañada.

            –¿Por? ¿La pasaron mal? No sabía…

            –No es que la pasamos mal. Bueno, sí. No fue normal. No sé cómo explicarlo.

            –Contame, que se me acaba el crédito.

            –No apures. ¿Para eso llamaste nomás?

            –No, pero…

            –¿Qué te metés, boludo? Fue cosa nuestra. Chau.

            –¡No! No cortes. Esperá, porfis.

            –¿Qué pasa? –preguntó malhumorada.

            –Te va a sonar muy raro pero me tenés que responder igual.

            –No sé.

            –¿Dónde encontraron el frasco con el bicho?

            Hubo un silencio. Solo se escuchaba el ruido de fondo.

            –¿Sofía?

            –¿Cómo sabías?

            –Me lo contó Juli.

            Silencio.

            –¿Sofi? Sea lo que sea sabés bien que Juli no aparece hace más de dos semanas, necesitamos que…

            Escuché un sollozo detrás del parlante.

            –Ay, no llorés… Tranquila…

            Mariana y Tomás me miraban preocupados.

            –Seguro fue culpa mía –dijo Sofía.

            –Qué va a ser culpa tuya…

            –Sí. Te cuento el lunes. O mañana. Después vemos –la voz sonó distante–.

            –¿Pero me decís dónde…?

            –En el lugar de recuerdos.

            Cortó.

            –¿Por qué todos me cortan últimamente? –pregunté al aire.


El negocio estaba vacío. Ni siquiera se encontraba la vendedora que había estado cuando pasamos antes. Solo quedaba el silencio y las hileras de vajillas, adornos, remeras y demás chucherías. Me puse a buscar frascos, pero no vi ninguna sección con algo parecido.

            –¿Nos habrá tomado el pelo? –preguntó Mariana.

            –No creo –dije.

            Los dos siguieron buscando. Yo me acerqué al mostrador.

            –¿Hola? ¿Hay alguien? –pregunté.

            El silencio se prolongó, hasta que una anciana japonesa apareció de no supe dónde.

            –¿Sí? Disculpen, pensé que ya no iba a venir nadie hoy y me fui atrás. Imperdonable. –Se rascó una verruga de la nariz–. ¿Buscan algo en especial chicos?

            –Tal vez le parezca rara la pregunta –dije–, pero ¿de casualidad tuvo en algún momento un frasco con un bicho adentro? Hace más o menos diez días.

            La señora acarició la verruga con un dedo. Mariana y Tomás se acercaron.

            –Un frasco con un bicho… Eso no está en el inventario.

            –¿Segura? –preguntó Mariana.

            –Sí. Casi segura. Disculpen, chicos.

            Nos miramos cabizbajos.

            –No pasa nada. Gracias igual –dije.

            La señora bajó la cabeza en señal de agradecimiento. Noté su expresión apenada. Seguía acariciándose la verruga con el dedo.

Vimos algunas cosas más, solo para no quedar mal, y luego nos acercamos a la salida.

            –Sabía que nos mintió esa –dijo Mariana.

            Saludamos con la mano a la señora, cuando escuchamos su voz.

            –Chicos, esperen. Ahora me acuerdo de algo. Un día antes de abrir estaba revisando las cosas y me di cuenta de que había un frasco como el que describen. Creo que tenía un bicho adentro. No lo había visto antes, y nunca hicimos un pedido parecido. En su momento no le di importancia. Después no lo vi más, pero ahora que me hacen acordar no sé en qué momento desapareció. Solamente sé eso. Pero ¿por qué están tan interesados?

            No sabía qué responder, cuando Tomás habló.

            –Un amigo nuestro lo había visto y se quedó con ganas de comprarlo. No tenía plata y como justo veníamos nos dijo si se lo podíamos llevar.

            –Qué interés raro el de tu amigo, eh –dijo la señora con los ojos entrecerrados.

            –Sí, es muy raro el pibe –dije.

            –Muy rarito –afirmó Mariana.

            –Bueno, si ustedes lo dicen –desapareció la mirada suspicaz y volvió a acariciarse la verruga–. Vayan afuera, chicos. El día está lindo, el Jardín está lindo y el disfrute es lindo.

            –Muchas gracias –respondí sonriendo–. Y gracias a usted.

            Salimos con más preguntas que respuestas. No hablamos por un rato mientras buscábamos el camino hacia la puerta principal.

            –Buen invento, che –le dije a Tomás.

            –Gracias.

            Miré a Mariana. Estaba muy seria, más que de costumbre.

            –¿Qué te pasa?

            –Nada.

            –Algo te pasa.

            Nos miró.

            –¿No se dieron cuenta? Juli robó el frasco. Él nunca haría algo así, lo conocemos bien.

            –Tenés razón –dije preocupado.

            Tomás asintió, y dijo:

            –Esto se está poniendo cada vez peor, loco… Hay que hablar con Sofía.


Esa noche dormí aun peor que todas las anteriores. Esta vez apenas pude recordar lo soñado, solo retazos: los ojos blancos de Luna; Juli gritándome que me odiaba; ruidos extraños, como de alas revoloteando contra algo espeso. Pero lo que más me quedó grabado fue una sensación incómoda, la misma que me dejó la música que se escuchaba en la casa o las conversaciones en teléfono con sus papás. A partir de ese momento se volvió un insomnio perpetuo, hasta el punto de dormir tres o cuatro horas por día y despertarme con dolor en las encías, los ojos y la cabeza. Cuando llegó el lunes y nos encontramos con Sofía –no había podido el domingo–, estaba hecho un zombie. Y ella no difería mucho tampoco.

         Era una chica que normalmente lucía muy cuidada, siempre sonriente. Se sacaba las mejores notas y era muy buena con todos. Mariana tenía razones para estar celosa, aunque no sintiera nada por Julián. Sin embargo, ahora estaba ojerosa y despeinada.

            Le quise compartir más de la milanesa.

            –No, está bien, Dani, gracias, pero desde el sábado no tengo mucho hambre.

            No dije nada. Yo sentía lo mismo.

El comedor estaba lleno del clásico barullo, olor a comida y gritos. Pero un silencio envolvía nuestras dos mesas.

            –Comé, dale Sofi, no seas tonta –le dijo mariana sonriendo.

            Tomás y yo nos miramos sorprendidos por la actitud. Sofía accedió y comió más. Recuperó algo de su anterior sonrisa. Y luego, nos contó.

            Hacía ya un tiempo que los dos se hablaban y Sofía sentía qué él gustaba de ella –cierto, por boca de Juli–. La invitó al Jardín japonés y le dijo que sí. Al principio, todo fue más que bien. Juli le pagó la entrada, pasearon, le compró un helado Melona, charlaron, le hizo un chiste sobre Corelito (un personaje inventado por él con el que siempre nos jodía) y hasta se animó a tomarle de la mano –cosa que nos tomó de sorpresa–. En ese punto, Sofía se detuvo, tomó aire y un poco de agua y continuó.

            –Entonces, entramos al negocio. Me quería regalar una remera de uno de esos dibujos que le gustan.

            –Anime –corrigió Tomás.

            –Sí, eso. Bueno, era muy linda. Pero al salir, les juro que estaba diferente. Tenía otra expresión en la cara. Le pregunté qué le pasaba y no me quiso responder. Insistió, y nada. Pensé que yo había hecho algo que lo ofendió y me sentí terrible. No hablamos en todo el viaje de vuelta. Por lo menos me acompañó a casa. Le quise dar un beso de despedida y lo recibió, pero re frío. Me enojé y le pregunté otra vez qué le pasaba. Pero él se dio vuelta y siguió de largo. Pensé que ya estaba; en realidad, era un falso que salía con una chica más. Pero no me cerraba. Ahí fue cuando vi que mientras se iba sacaba de su mochila algo que parecía un frasco y lo acariciaba mientras caminaba. Me dieron escalofríos.

            Sofía suspiró con la mirada cabizbaja.

            –Después de eso no lo vi más –continuó–. Llamé a su casa y los papás me dijeron que estaba descompuesto y no podía hablar con nadie. Seguí pensando en ese frasco, pero pensé que yo estaba loca, hasta que ustedes me contaron esto. –Golpeó la mesa con las palmas–. Si me hubiera dado cuenta en ese momento, se lo hubiera sacado o algo. ¡Además siempre hago lo mismo! Cuando algo me empieza a hacer mal, aunque no quiera, me alejo de eso. Tendría que haber insist…

            –¡No! Sofía, no digas eso. No te eches la culpa. Es como si una amiga tuya se empapara yendo desde tu casa a la suya porque vos no viste el pronóstico y no le avisaste.

            No pensé que fuera posible, pero la hice sonreír.

            –¿Cómo se te ocurren esas cosas? –preguntó.

            Levanté los hombros.

            Tan pronto como la sonrisa de Sofía apareció, se desvaneció. El silencio cubrió otra vez la mesa. Una amiga de Sofi pasó al lado e hizo el ademán de hablarle, cuando se dio cuenta del ambiente que había y siguió de largo. Ella ni se percató.

            –Gracias, Sofi, en serio –le dije.

            Me miró fijamente.

            –Van a averiguar lo que le pasó, ¿no? Si lo hacen cuentenme todo, por favor.

            Los tres asentimos.


Ya no había mucho más que investigar. Habíamos hablado con quienes había que hablar, habíamos ido a los lugares que debíamos ir, y habíamos descubierto lo poco que era descubrible. Solo quedaba lo último.

            Pasaron unos días mientras meditábamos qué hacer. Mi cuaderno se llenó de garabatos y dibujos que deliraban secretos y asaltos a una casa embrujada. Hablaba solo con Mariana y Tomás. Y poco a poco, preparábamos un plan. Mientras nos sacábamos cinco en los exámenes, averiguábamos el apellido de los vecinos de Juli. Mientras discutíamos con nuestros papás por estar distraídos de los deberes, buscábamos sonidos de armas en Internet. Y mientras el plan se iba construyendo, mis pesadillas se recrudecían.

             Me veía a mí mismo y me decía que no avanzara. Pero yo avanzaba, y luego todo eran chillidos, golpes y sollozos en la oscuridad.

O colgaba de una hamaca sobre un abismo. Aparecía Juli, y le pedía ayuda. Venía con su sonrisa y me tomaba del brazo. Pero luego, silbaba, sonreía todavía más y me soltaba. Al caer veía cómo brillaba un frasco en su mano.

            Ya no podía soportar el agotamiento. Deseaba que todo terminara de una vez. Resultó que lo deseé demasiado temprano.


El teléfono vibró, y vibró, y vibró.

            –¿Hola?

            –¡Dani! Gracias a Dios. ¡Te llamé como tres veces!

            –¿Qué pasa? –pregunté somnoliento–. ¿Qué hora es?

            –Las tres de la mañana. Pero escuchame, por favor.

            Me erguí en la cama y pegué el parlante contra la oreja.

            –Te escucho.

            –Soy una estúpida. Podría haberme dado cuenta antes…. Es Tomás, Dani.

            –¿Qué pasa con él?

            –Creo que se fue solo para la casa de Juli –respondió angustiada.

            Y el silencio heló la habitación.

Alex Dan Leibovich

Finalizará en “Un cuento para no soñar. Parte 3.”…

Fotografías:

John Atkinson Grimshaw, At The Park Gate, 1878:

Bron-Yr-Aur – Led Zeppelin

Voces que valen ser escuchadas

Significado de Oniroscopio

Palabra resultante de dos vocablos: “Oniro”, que en griego significa "sueño" (los “oniros” o “oneiros” son los hijos del dios del sueño, Hipnos, en la mitología griega) y “-scopio”, que en griego significa “instrumento para mirar” o simplemente “mirar”. De esta forma sería equivalente a “mirar sueños” o “instrumento para mirar sueños”. Así, el simbolismo radica en ver lo fantástico en la realidad o el sueño en la vigilia.