Un cuento para no soñar. Parte 1.

Me dijo que había encontrado un frasco en la calle. Me dijo que tenía algo raro adentro, un bicho muerto. Me dijo que lo guardó en su habitación porque era algo hermoso. Todo me lo dijo en un tono que no era el suyo, y esa fue la última vez que Julián me dijo algo. Desde entonces, no lo vi más. Era como un espíritu del que todos hablaban pero que nadie se atrevía a visitar. Yo fui el único que me atreví.


–¿Hola?

–Hola, Silvia, soy Daniel…

–Ah, Dani, ¿cómo estás? ¿Te fue bien el otro día en el examen de matemática a vos?

–Sí.

–Me alegra mucho. Juli estaba preocupado que no pudo ir…

–Mmm…

–¿Pasa algo?

–¿Cómo está Juli? ¿Por qué no está viniendo?

–Está descompuesto.

–¿Cómo se descompuso?

–Comió algo el otro día…

       –Pero eso ya fue hace más de una semana. No puede ser tanto, y tampoco contesta su celular…

       –Disculpá, pero tengo que cortar, Dani. Llamá cuando quieras que te digo cómo está, eh.

–Pero…

     Cortó. Dejé el teléfono a un costado y me recosté. Todo era demasiado extraño. Me hacía acordar a una historia de Poe o de Stephen King. Y yo era parte de ella.


Dejé pasar dos días. No le conté a nadie que había llamado a la casa de Julián, ni lo que me habían contestado. Ni a Mariana, ni a Tomás, los dos más cercanos a él junto conmigo. Podría haberlo hecho, pero algo me hacía cerrar la boca cada vez que lo intentaba. Luego, llamé otra vez.

            –¡Hola! Soy Daniel, el amigo de Juli.

            –¡Hola, Daniel! ¿Cómo estás tanto tiempo?

            –Hola, Guille, ¿todo bien?

            –Todo bien, acá, mirando la tele. ¿Vos qué contás? ¿Tu familia?

            –Bien, todo bien, gracias. Em, ¿está Juli?

            –Ahora se está bañando, pero yo le aviso después que lo llamaste, ¿querés?

            –Bueno, ¿pero le podrías decir que me llame?

            –Sí, como no. Nos vemos che. Saludos para todos.

            –Saludos…

            Cortó. Mientras hablaba sentía el corazón palpitar pesado. Y cuando cortó, no pude evitar morderme el labio. El papá de Julián nunca hablaba así de eufórico. Era un depresivo crónico.


A partir de ese día, ya no pude dormir bien. Tenía pesadillas en las que la casa de Julián se convertía en un vertedero putrefacto del que surgían gusanos y cucarachas pestilentes. O soñaba que me encontraba con él, lo abrazaba y se volvía una especie de sustancia pegajosa en mis manos, para luego desaparecer en un chorro humeante que me quemaba. No sé cuán influenciable soy por las series, películas y libros, pero mi imaginación se disparaba.

            Un día, Mariana se me acercó en el recreo.

            –Che, Dani, ¿me prestás el libro de inglés que me olvidé el mío?

            Asentí, mientras pensaba que siempre lo compartía con Juli.

            –¿Dani? ¿Hola?

            Me di cuenta que estaba mirando para otro lado.

            –Últimamente estás medio raro –dijo Mariana.

            –Sí, ya sé, perdón…

            –Me podés decir qué pasa, eh. Por algo somos amigos.

            Sonó el timbre, y la corriente de alumnos empezó a volver lentamente a las aulas.

            –Sí, Mari, gracias. Ya vamos a hablar…

            Me empecé a alejar, y cuando llegué a mi clase me di cuenta de que no le había dado el libro de inglés.


Ya no lo soporté más. Y a pesar de que me moría del miedo, fui directo a la casa de Juli.

            Siempre lo cargaba con lo cheto que era. Vivía en el barrio inglés de Caballito. Eran casas antiguas y extrañas. Él justo tenía una cubierta de enredaderas, lo que le daba una apariencia todavía más mágica.

            Cuando me estaba por despedir de Tomás y Mariana, él me dijo:

            –Ey, el viernes se nos ocurrió ir a la casa de Juli, ¿querés? Ya nos tiene mal…

            –El viernes, sí… Creo que sí, puedo.

            –Bueno –Tomás sonrió–. Nos vemos, che.

            –¡Chau, Dani! –gritó Mariana alejándose.

            Los dos vivían en la misma cuadra. Yo en otro barrio. Pero sin decirles nada, fui directo a lo de Juli. Ya iría con ellos más tarde, pero quería ver con mis propios ojos.


Lo primero que vi cuando me acerqué fue a su gata, Luna. Era negra como la noche, y algo ciega, por lo que tenía los ojos medio lechosos. Me miró apenas. Fui hasta el enrejado y acerqué la mano para acariciarla, siempre era muy mimosa.

            –Luna, Lunita, ¿cómo estás, hermosa?

            Luna lanzó un siseo de entre los dientes y me dio un zarpazo que esquivé.

            –¡¿Qué te pasa?!

            La gata me continuó mirando, para luego darse vuelta con la cola alzada. Nunca se había portado así conmigo. Miré hacia arriba. Los grandes ventanales estaban oscuros. La puerta se hallaba cerrada. Sabía que la mamá no trabajaba a esa hora y lo usual era que fuera al patio a leer. Tal vez había ido de compras.

            De todas formas, iba a tocar el timbre, cuando empecé a escuchar una música. Estaba muy baja. Parecía ser de una de esas películas en blanco y negro. Por alguna razón, sentí un escalofrío. Y unas ganas de correr se apropiaron de mí. Solo me volteé una vez para atrás mientras me iba, y pude ver los ojos blancos de Luna que me miraban.


–Tengo algo que contarles.

            –¿Eh?

            Asentí frente a Mariana y Tomás.

            –Ah… ya sé –dijo Mariana con una sonrisa–. Por fin pasó algo con Mica…

            –¿Qué? –exclamé–. ¡No, Mari!

            –Sí, ¿qué no, Dani? ¿Qué no? –dijo Tomás mientras los dos me tocaban con sus codos.

            –Mirá como te ruborizas, picarón –dijo Mariana.

            –¡No! ¡No! –grité.

            Los dos se callaron.

            –Escuchen, en serio.

            –Está bien, ¿qué pasa? –preguntó Mariana.

            –El otro día llamé a la casa de Juli.

            –¿Y? –preguntaron al mismo tiempo.

            Los dos se miraron y se rieron. Me dio un poco de celos ver cómo conectaban entre sí. A mí eso solo me ocurría con Juli, y no estaba.

            –Emm… No sé, no me van a creer.

            –¡Dale, che! Sacalo –instó Tomás.

            Mariana miraba ansiosa.

            Suspiré y les conté lo extraño de las dos llamadas, cómo ninguno de ellos me había pasado con Juli, cómo se esquivaron con excusas, y la actitud del papá, muy diferente a la depresión de siempre.

            –Así que no sé… –dije–. Tal vez me van a tener medio de estúpido, pero desde ese momento tengo mucho miedo. Es muy extraño todo.

            Mariana me puso una mano en el hombro.

            –No tengas miedo. Como te dije hace un tiempo, estamos para estas cosas.

            –Yo te creo, Dani –dijo Tomás–. Sos muy sensible che. Si sentiste eso es por algo.

            –¿Vamos entonces? –preguntó Mariana.

            –Yo diría que sí. ¿Vamos a la casa mañana, Dani?

            Pensé en contarles lo de mi visita, pero ya era demasiado por el momento. Asentí.


La casa estaba igual, solo que Luna no aparecía por ninguna parte. Los ventanales oscuros, la puerta cerrada… Y la música baja. Miré a Mariana y a Tomás, y vi la misma expresión que yo tuve: espanto.

            –Tenías razón –dijo Tomás en un susurro.

            Mariana estaba callada. Tenía la vista fija en un lugar particular.

            –¿Qué ves? –le pregunté.

            Señaló. Y seguí su dedo. Me llevé la mano a la boca. Desde una de las ventanas más altas asomaba una cabeza. Estaba apenas oscurecida, pero claramente era la de un chico. Miraba fijo hacia nosotros, muy quieto. Y luego, desapareció.

            –¿Qué carajo fue eso? –dijo Tomás.

            Tenía la cara pálida.

            –Era él –continuó–. La silueta era la de él.

           –Sip –afirmó Mariana–. Era la de él. –Me miró con los ojos abiertos–. ¡Mierda! Esto es más raro todavía, Dani. ¡¿Qué está pasando acá?!

            Cuando Mariana tenía mal carácter, era peor que los dos juntos.

            –No sé, Mari, no sé. Pero lo confirma más: esto no es cualquier cosa.


Seguimos ahí un rato más, como estatuas. Y después nos fuimos. Fue una retirada muy natural, casi como una marea que nos empujara a un costado. Caminamos por el barrio inglés sin decirnos nada. Había un silencio demasiado penetrante y cualquier susurro era como una explosión. Miraba a Mariana y a Tomás de vez en cuando, y ellos estaban igual que yo: un ojo hacia dentro, otro hacia fuera. Creo que esa es la mejor manera de describirlo.

            Recién cuando llegamos a la orilla del barrio pudimos hablar, como si hubiéramos salido de un territorio maligno.

            –No es nuestra imaginación, ¿no? –inquirió Tomás–. Digo, somos un grupo bastante rarito.

            La manera en que lo dijo me hizo estallar de la risa. Mariana me pegó.

            –No podemos boludear ahora, che.

      –Me parece… –dije todavía riéndome pero cada vez con más firmeza–, que necesitamos “boludear” un poco, Mariana. Y no sé si me causó tanta gracia, pero ahora mismo la risa es buena. ¿Viste cuándo estás tan mal que necesitás algo sin importar qué? ¿Tanto pero tanto que ni lo pensás? Bueno, eso fue la risa. Así que dejame de hinchar.

            Me di vuelta y me puse a ver a una cucaracha que iba por la calle.

        –Está bien… Tampoco para que te pongas así, loco –dijo Mariana–. Pasa que me preocupa y…

            –A todos –repuso Tomás.

            –Es verdad. Perdón, Dani.

            Me quedé viendo al bicho siguiendo su camino. La luz del sol era absorbida por su negrura. La cucaracha me hacía acordar a algo…

            –Ey –Mariana tocó mi hombro, y me sobresalté.

            –Perdón –dije, y me di vuelta–. Sí, pasa que ustedes no saben cómo me guardé esto tanto tiempo. Debe ser eso. Perdón yo, Mari.

            Me miró ofendida, aunque las comisuras de sus labios se alzaron un poco.

            –¿Qué hacemos entonces? ¿Llamamos a la policía? –pregunté–. Nos van a tomar de pibes que quieren divertirse un poco nomás. ¿Decirle a nuestros papás? Van a pensar que exageramos.

            –Creo que hagamos lo que hagamos va a tener que quedar entre nosotros por ahora –dijo Mariana–. Chicos, primero tenemos que averiguar bien lo que pasó, después lo que está pasando ahora, y después…

            –Resolverlo –concluí–. Sí, no sé cómo, pero hay que hacer eso.

        –¿Cómo? –preguntó Tomás al patear una lata de la varada. Rodó, pasó junto a la cucaracha y fue a parar sobre una rejilla. El agua lo arrastró y se lo fue llevando. Levanté la cabeza con un brillo en los ojos.

          –Chicos. –Los dos me miraron–. Ya me acordé. Creo que ya sé qué fue lo que empezó todo esto.

         Alex Dan Leibovich

Continúa en Un cuento para no soñar. Parte 2.

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Un cuento para no soñar por Alex Dan Leibovich se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución – No Comercial – Sin Obra Derivada 4.0 Internacional.

Fotografías:

Frasco:

Bron-Yr-Aur – Led Zeppelin

Voces que valen ser escuchadas

Significado de Oniroscopio

Palabra resultante de dos vocablos: “Oniro”, que en griego significa "sueño" (los “oniros” o “oneiros” son los hijos del dios del sueño, Hipnos, en la mitología griega) y “-scopio”, que en griego significa “instrumento para mirar” o simplemente “mirar”. De esta forma sería equivalente a “mirar sueños” o “instrumento para mirar sueños”. Así, el simbolismo radica en ver lo fantástico en la realidad o el sueño en la vigilia.