¿Qué tiene una novela para ser empática y adictiva?

Creo que es imposible responder a esa pregunta con una lista de instrucciones. Pero habiendo leído por lo menos tres libros que me causaron exactamente eso –reír, llorar, sentir, no poder parar de leer–, puedo distinguir características comunes en los tres. Ellos fueron Demian, de Hermann Hesse; Tokio Blues, Norwegian Wood, de Haruki Murakami; y Stoner, de John Williams. Cada uno se introdujo dentro de mí y tendió raíces que me ataron durante un breve pero intenso lapso de tiempo, lecturas tan contundentes que se volvieron vivencias.

    Percibo primero que los tres tienen un lenguaje sencillo y poético a la vez. No es intelectual y complejo, queriendo demostrar virtuosismo, ni tampoco rústico y defectuoso, denotando mediocridad. Es el lenguaje justo y necesario para expresar las emociones y situaciones de los personajes sin tapujos técnicos ni de contenido.

     Luego, noto en los tres un ritmo particular. Un compás ni lento como el vals, ni rápido como el rock, sino de una constancia perseverante, que por momentos se vuelve tan veloz e intenso que el tiempo deja de pasar y algo como el número de página se vuelve inexistente. Pero después vuelve otra vez ese mismo ritmo, expectante y agudo, que nos hace querer saber el destino del próximo capítulo, el siguiente paso de un personaje, el fin del diálogo de uno, y cuando queremos leer solo un capítulo más, leemos tres y la noche se hace madrugada; todo guiado por ese ritmo hipnótico que no agota ni aburre, sino que nos mantiene en vilo.

    También observo en los tres personajes vivos. Emanan calor. No son meros trazos, dibujados sobre un tapiz desprolija y rápidamente, receptáculos de una trama que está por encima de ellos. No. Son de carne, hueso y músculo, y sus ojos tienen una mirada única; son como nosotros, y si les ocurre algo desastroso vamos a gritar y a llorar por ellos, y si les ocurre algo hermoso, vamos a sonreír y alegrarnos por ellos. Casi se asoman por sobre las letras del libro para tocarnos y hablarnos.

    Por último, siento aquello “indecible” que hace a esos libros el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros”, como dijo Kafka. Contienen ese “algo” que no se puede traspasar a palabras. Y creo que tiene que ver con que en ellos los autores incluyeron muchos elementos de su vida, y diría que conscientemente. Tienen un cariz autobiográfico revestido de cambios y detalles ornamentales. Cada vez pienso más que esa es la verdadera autenticidad de la literatura: depositar el corazón sin tapujos, molerlo y expandirlo hasta que adquiera la forma de tinta. Cada uno de esos escritores hizo eso; sacaron ese “algo” de dentro suyo, tal vez porque necesitaban expulsarlo de sí mismos –“eso” se los pedía encarecidamente–, y lo moldearon en forma de arte. Creo que ahí radica la magia. Esa magia que nos hace pegar los ojos al libro y no despegarlos hasta que las obligaciones nos llamen o el sueño nos cubra.

    Aunque haya una especie de numeración, repito, no son instrucciones. Este tipo de obras no nacen de una lista de pasos a seguir o de un “curso para hacer una novela empática y adictiva”. Para mí, nacen de la vida auténtica del artista que los crea y de su sinceramiento para con la hoja, que es otra forma de decir “para sí mismo”. Por ello, creo que el arte no es solo producir obras hechas de melodía, tinta, arcilla, óleo, o fotogramas; es el vivir acorde a uno mismo.

Alex Dan Leibovich

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¿Qué tiene una novela para ser empática y adictiva? por Alex Dan Leibovich se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial 4.0 Internacional.

Pintura:

 Naturaleza muerta con tres libros:

  • Némesis

    Y si una persona es empática y adictiva ¿Podría convertirse en libro?
    ¿Sería igual de mágico?

    • Alex D. L.

      Ya con que haya empatía creo que hay magia. Y en ese caso, tal vez una magia aun más viva que la que se tiene con páginas.

Bron-Yr-Aur – Led Zeppelin

Voces que valen ser escuchadas

Significado de Oniroscopio

Palabra resultante de dos vocablos: “Oniro”, que en griego significa "sueño" (los “oniros” o “oneiros” son los hijos del dios del sueño, Hipnos, en la mitología griega) y “-scopio”, que en griego significa “instrumento para mirar” o simplemente “mirar”. De esta forma sería equivalente a “mirar sueños” o “instrumento para mirar sueños”. Así, el simbolismo radica en ver lo fantástico en la realidad o el sueño en la vigilia.