Pasaje

Fenix-1Subí a un colectivo con las pocas fuerzas que me quedaban, no recuerdo bien ni de qué línea era siquiera pero sí que llevaba ilustrado un gran fénix a lo largo de su estructura. Debía ser alguna publicidad seguramente; algo así como “dejá de usar el viejo perfume Pirulo, hacelo cenizas, y que ahora renazca como Fénix, con un aroma nuevo y fogoso”, y todas esas mentiras publicitarias.

   Me recibió un extravagante chofer, de barba y pelo gris largo, muy flaco, casi famélico. Pagué y pasé tras lo que supuestamente era un remo colgado al lado del asiento del conductor. “Uno se encuentra a cada uno”, pensé mientras me dirigía hacia atrás de todo, donde me senté. Podía observar el paisaje completo del vehículo alargado. La verdad es que ni siquiera sabía adónde me dirigía; sólo me quería alejar lo más rápido posible de aquel barrio peligroso.

   Miré adelante y me llamó la atención la línea de gente sentada aquí y allá, con algo que se repetía en cada uno de ellos. Un estremecimiento corrió por mi piel. Justo enfrente mío había una señora con el pelo largo blanco, anteojos de sol, y una piel flácida bajo un vestido anaranjado. A mi derecha había un hombre de bigote gris, una prominente nariz y ojos color verde. Mucho más adelante… no tenía sentido fijarse; todos eran ancianos. Intenté calmar mi mente, tomándolo por mera coincidencia. Sin pensarlo me toqué la cara. Noté aliviado que no tenía ninguna arruga. Era el único en el vehículo que no las poseía.

   Orienté mi atención hacia fuera para distraerme de pensamientos fantasiosos. Veía los edificios y calles del centro de Buenos Aires pasar como en una antigua procesión. El telón del atardecer cubría el escenario somnoliento de la ciudad. El frío envolvía a los pocos transeúntes, que con movimientos mecánicos y ralentizados por capas de abrigo cerraban los locales.

   Me sentía incómodo. Moví mi cuerpo de un lado al otro sobre el asiento. El cabello blanco de la señora casi me tocaba; caía como cataratas congeladas, su espuma borbotando hacia todos lados. El señor de prominente nariz a mi lado suspiraba entrecortadamente, sumido en aparente reflexión.

   –Señor –me dirigí a él–, ¿usted dónde se baja?

   El hombre volteó su cabeza hacia mí, serio. La luz blanca proyectada sobre nosotros hizo contrastar sus arrugas como cañones sobre una abrupta superficie.

   –¿Y por qué querés saber eso?

   Me di cuenta de que lo que le había dicho se podía interpretar de malas maneras. No podía pensar bien con la extrañeza que empapaba toda la atmósfera.

   –Porque no tengo la menor idea de por dónde pasa y pensé que usted podría saberlo. Nada más. Le prometo que no tengo ninguna mala intención.

   –La gente con malas intenciones suele tener talento para camuflarlas en buenas –dijo con una mueca–. Y que estés acá tan joven no habla bien de vos. Pero intuyo que no sos mala persona, sino que desgraciadamente la vida te trajo malos momentos. –Frunció el ceño y la nariz se deformó levemente–. Deberías saber algo; nadie acá sabe exactamente el recorrido. Hay muchos caminos diferentes hacia donde vamos, dependiendo de cada uno. –Dejó de fruncir el ceño y su nariz recuperó la forma–. Sí, eso es lo que deberías saber, ¿no…?

   Dejó la pregunta suelta en el aire y miró otra vez hacia delante. Permaneció así, con los ojos vueltos más hacia dentro que hacia fuera. No pude hacerle más preguntas, aún cuando hirviera de incertidumbre; había algo en lo que dijo que me endureció la lengua.

   El viaje prosiguió entre los crepusculares pasajeros, y poco a poco me fui sumiendo en el cansancio que me había agobiado toda la última parte del día. Mi cabeza se dejó caer hacia delante, yo la llevé hacia atrás. Otra vez hacia delante, y ya no vi nada más.

   Luego solo recordé retazos del sueño, y entre ellos el más vívido era un sonido de agua fluyendo, no salvajemente, sino con una quietud particular, como la del lento e hipnótico acompasar del pecho de un soñante al respirar.

   Comencé a pestañar. Me apoyé sobre el colchón de mi cama, aunque no, estaba ya sentado, y no sobre una contextura mullida. Parecía más bien el asiento de un colectivo. Suspiré, y recordé todo. Mi vista se fue acostumbrando, y cuando recobró la nitidez vi algo inusual: el vehículo estaba vacío.

   Toqué la ventana; ya no había movimiento. Entorné los ojos hacia fuera; la más pura oscuridad. Llevé mi mano al pecho. Estaba helado. Lo acaricié, intentando darle calor mientras me levantaba y comenzaba a caminar por el pasillo. No me sentía nada bien: era como si una araña entretejiera todas mis emociones en una tela sucia y pegajosa. Finalmente llegué a la puerta; estaba abierta.

   –Apurate, te estoy esperando hace media hora. Ya cruzaron todos.

   La voz me sobresaltó. Era el chofer de la barba gris larga. Me llamó otra vez la atención el remo, pero aquello no era lo más extraño en aquel momento.

   –¡¿Qué esperás?!

   No pude decir palabra alguna; la lengua estaba aún endurecida, como si tuviera una moneda en la boca. Me bajé temblando de pies a cabeza y pisé un suelo invisible; era la más completa oscuridad. Di pasos cautelosos, preocupado por no tropezarme con nada. Cada uno fue engullido por el más completo silencio.

   Aún no estoy seguro durante cuánto tiempo caminé; si minutos u horas. Hasta que comencé a oír algo muy adelante. Parecía ser una especie de gorgojeo. A cada paso se intensificaba más y más. Quería volverme, pero me era imposible; mis músculos no me obedecían. Y, cuando era inevitable pensar en la posible procedencia del sonido, pude confirmarla con mis propios ojos. La visión me trajo las palabras del anciano de vuelta a la cabeza: “…nadie acá sabe exactamente el recorrido. Hay muchos caminos diferentes hacia donde vamos, dependiendo de cada uno”. Un escalofrío removió el último vestigio de incertidumbre.

   Me miraban las tres cabezas de un inmenso perro negro.

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