Ojos dorados, ojos marrones: VII. Última noche.

Charco de luz

“Hace justo una semana que nos conocimos”, le dijo el gato al perro.

   Los ojos dorados se reflejaban en los ojos marrones.

   “Sí, siete noches atrás”, dijo el perro.

   “¿Algún día vas a ver todo lo que hay ahí fuera, alejado de esta terraza minúscula?”, preguntó el gato de golpe.

   “Tal vez.”

   “Estás muy callado hoy.”

   El perro casi le ladró molesto, pero no lo hizo. Se contuvo. Dio una vuelta, se sentó otra vez y obligó a relajarse.

   “Estoy cansado, nada más”, hizo como que bostezaba.

   “¿Te lastimé mucho la otra vez?”

   “No, fue solamente un rasguño”, mintió. “Por lo otro que me preguntaste, sí, me encantaría salir de acá un tiempo. Lo que me preocupa es cómo se lo tomará mi familia.”

   “No te preocupes por ellos. Hubo un tiempo en su vida en que no te tenían, y vivían, ¿no?”

   El perro se mantuvo en silencio.

   “No te preocupa tanto ellos, sino vos. Los vas a extrañar.”

   “También”, el perro se acurrucó más contra el suelo. “Los voy a extrañar mucho.”

   El gato se levantó y se acercó a su compañero, su nariz casi tocando la del perro.

   “Mirá, vamos a hacer una cosa. Nos vamos a ir un tiempito nada más. Una semana a lo sumo. Después volvemos. Y vas a estar seguro, conozco muchos lugares.”

   “No me preocupa tanto eso… Solamente no quiero que piensen que me marché para siempre. Es mi familia, y nos ata un nudo…”

   “Lo van a pensar, pero cuando vuelvas van a saber que no fue así.” Calló un momento y luego, levantando una pata, le preguntó: “¿Vamos?”.

   El perro no quería ir realmente, pero sintió que si eso estaba ocurriendo por algo era. Sintió que tal vez nunca habría otro impulso desde fuera que lo obligara a salir de ahí, y conocer más el exterior. Sintió que si no obedecía a ese impulso, toda su vida la viviría solamente en ese rincón en lo alto, en ese edificio, y en esas pocas manzanas alrededor. Y por otro lado, más que conocer la ciudad, quería conocer más al gato.

   Se levantó.

   “Vamos.”

   El gato se volteó, pero en vez de ir hasta la puerta, como el perro siempre hacía, fue hacia el balcón de abajo. El perro, todavía dubitativo, lo siguió como pudo sin la agilidad del otro. Pero después de algunos tropiezos y ladridos reprimidos, de saltar de balcón en balcón y de terraza en terraza, a través de edificios bajos y altos, llegaron abajo de todo. El gato quiso ver cómo reaccionaba su compañero. Y en efecto, los ojos marrones del perro se abrieron más y más, reflejando la inmensidad de la ciudad y los dos ojos dorados del gato.

Alex Dan Leibovich

Continuará…

…próximamente en “Ciclo Diurno: Ciudad”.

 

Fotografías:

Charco de luz:

 

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