Ojos dorados, ojos marrones: V. Aullidos y garras.

Negro contra sal

El gato no aparecía. El perro se asomó por la cornisa, fue de un lado al otro, gruñó impaciente, se tiró al suelo y se volvió a levantar. Estaba triste. Se dio cuenta de cuánto se había pegado a él. Cuánto necesitaba a un amigo, por más diferentes que fueran.

   Alzó la cabeza y aulló. Una y otra vez los ecos rebotaron por el edificio. Un perro lo escuchó y contestó. Se sumaron dos y tres y cuatro más. Los vecinos se levantaban e insultaban por la ventana; algunos golpeaban. Pero los perros seguían aullando.

   Y el gato miraba desde más arriba.

  Él siempre creyó que existía un “algo más”. Donde quiera que estuviera el gato, lo perseguía, metía la nariz en todas partes, agitaba su cola sensualmente y abría la boca para maullar apenas veía una partecita de ese “algo”.

   Cuando escuchó aullar a todos esos perros juntos sintió una pieza de ese “algo”. Y cuanto más miraba y escuchaba, más se enternecía (algo tan difícil en él), y ese “algo” reflotaba y se hacía “mucho”, y se hacía “muchísimo”. Entonces, ya no se pudo quedar ahí sentado viéndolo todo como una estatua. Se estiró, saltó y dio otro saltito. Cayó delante del perro.

   “Tenías razón”, le dijo.

   El perro se quedó en el lugar sin creerle. Su aullido se cortó de golpe. Los perros siguieron con la plegaria, pero el perro se mantuvo con la boca cerrada, el rabo inmóvil, viendo al gato como desde lejos.

   “¿Me escuchaste?”, le preguntó el gato.

   Y el perro, sin responder, corrió de golpe, se abalanzó sobre su compañero y comenzaron a rodar juntos, el gato maullando agudamente y el perro lamiéndolo, con su gran boca abierta, mientras sus pelajes se confundían y se teñían uno con el otro. Y el gato le rasguñó por puro instinto. El perro se echó atrás, aullando.

   “¿Por qué me hiciste eso? Yo quería jugar con vos, darte mi cariño. Y vos me lastimás.”

   El gato se sentía horrible. Pero su expresión no lo demostraba. Era una máscara.

   “No te hice nada. Fue un rasguño.”

   El perro ladró, pero no fue un ladrido superficial de queja o de malestar. Fue un ladrido de furia y dolor. Y luego se dio vuelta, bajó de la cornisa, salteó el muro y fue hasta la puerta.

   El gato no pudo consigo. Bajó de la cornisa, salteó el muro y se acercó al perro, que estaba dado vuelta. El gato no sabía que decir. Entonces se quedó quieto, los ojos puestos en el lomo del perro.

   Los aullidos proseguían todo alrededor.

   La noche fue pasando, uno enfrentado, el otro volteado.

   La noche llegó a su fin.

Alex Dan Leibovich

Próxima entrega el 16/12/15: VI. Llovizna lunar, o Aceptación.

Licencia Creative Commons
Ojos dorados, ojos marrones: V. Aullidos y garras. por Alex Dan Leibovich se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución – No Comercial – Sin Obra Derivada 4.0 Internacional.
Basada en una obra en http://oniroscopio.com.ar/ojos-dorados-ojos-marrones-v-aullidos-y-garras.

Fotografías:

Negro contra sal:

Bron-Yr-Aur – Led Zeppelin

Voces que valen ser escuchadas

Significado de Oniroscopio

Palabra resultante de dos vocablos: “Oniro”, que en griego significa "sueño" (los “oniros” o “oneiros” son los hijos del dios del sueño, Hipnos, en la mitología griega) y “-scopio”, que en griego significa “instrumento para mirar” o simplemente “mirar”. De esta forma sería equivalente a “mirar sueños” o “instrumento para mirar sueños”. Así, el simbolismo radica en ver lo fantástico en la realidad o el sueño en la vigilia.