Ojos dorados, ojos marrones: I. Encuentro.

Perro 1

© Daiana Levin

El perro saltó por el muro bajo, se trepó a la cornisa y se acomodó en una esquina de la terraza. Se relamió la boca, contento, y luego se extendió como una esfinge. El viento era calmo y la luna brillante. Amaba esas noches. Solo sentía deseos de caricias o algunos restos de bife, pero eso era pura glotonería, no hacía tanta falta.

   Se estaba adormilando, su familia cada vez más silenciosa dentro de la casa, cuando oyó un ruido. Sus ojos se abrieron y sus orejas se alzaron. No vio nada. No escuchó nada más. Creyó que tal vez fue el viento. Se volvió a adormilar, cuando escuchó un maullido. Se dio vuelta. Un gato estaba parado a unos metros.

   Al perro no le gustaba que lo molestaran. Le ladró repetidas veces, pero el gato no se inmutó y después de quedarse quieto unos momentos, con cara impertérrita, se escabulló por un costado.

   El perro se relajó y volvió a acostarse. El sueño lo invadió, hasta que…

   Ojos dorados.

   Se levantó, las cuatro patas tensas. Pero no ladró. Ese gato tenía una chispa perruna. ¿O él siempre tuvo alguna chispa gatuna?

   “¿Por qué me molestás?”, le preguntó.

   El gato se sentó sobre los cuartos traseros.

   “Me das curiosidad.”

   El gato se lamió una pata. Abrió la boca y entrecerró los ojos.

   “Pero quiero dormir”, dijo el perro.

   “Y dormí.”

   “No puedo dormir con vos mirando.”

   “Entonces vos no me mires.”

   Se lamió otra vez la pata y se recostó. Cerró los ojos. Al perro le dio más tranquilidad, se acomodó y durmió.

   Cuando despertó el gato había desaparecido. El cielo estaba azul claro, como el color del agua en el que se bañaba a la tardecita. Se desperezó y fue de un lado al otro, olisqueando. El perro hizo pis sobre una pared. Después ladró, bajó de la cornisa, salteó el muro y fue hacia la puerta de la terraza. Ladró. Esperó para que le abran. Se dio vuelta y ahí estaba otra vez: ojos dorados.

   “¿Qué querés ahora?”, le increpó al gato.

   “Hablar.”

   “¿De qué?”

   “De vos, de mi, de los dos y de todo.”

   “Pero si apenas me conocés.”

   “¿Y para que te pido esto si no? Para conocernos.”

  Abrieron la puerta. El perro se dio vuelta hacia su familia, recibió una caricia y dio un paso por el umbral. Se dio vuelta. El gato se había ido. Cerraron la puerta. Quería volverlo a ver…

Alex Dan Leibovich

Próxima entrega el 18/11/15: II. De estrellas y miradas. 

Licencia Creative Commons
Ojos dorados, ojos marrones: I. Encuentro. por Alex Dan Leibovich se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución – No Comercial – Sin Obra Derivada 4.0 Internacional.
Basada en una obra en ojos-dorados-ojos-marrones-i-encuentro.

Fotografías:

Perro:

Cortesía de la fotógrafa Daiana Levin, todos los derechos reservados.

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