Mito del ermitaño

Rincón vivo

Un ermitaño que vagaba por el universo entero decidió detenerse por un instante en un desolado páramo. En sus arrugadas facciones se plasmó amargura. Tan amplio lugar… y nada allí.

   La superficie: un dorado espejo del sol. La arena y la tierra y la roca lo cubrían todo. No había nada más elemental que la partícula marrón.

   Y el ermitaño la tomó. La observó. La olió. La saboreó. La escuchó.

   El ermitaño atrapó con los dedos de su otra mano un instante del tiempo. Intentó escaparse pero él lo sujetó fuertemente. Su aguda mirada se intercaló entre las dos cosas y, con una en cada mano, las unió en un sonoro aplauso.

   El ermitaño prosiguió con sus travesías sin fin y dejó el páramo a su suerte.

   En el punto debajo de donde el ermitaño generó la chispa inicial, un verde retoño relucía.

   El retoño se hizo tallo y el tallo se hizo tronco. Sendas raíces se clavaron en la tierra, y sendas ramas se alzaron al cielo. El árbol creció en su solitario rincón vivo. Las estaciones pasaban y a medida que el sol y la luna circundaban el mundo y las lluvias mojaban el páramo, la corteza se fue haciendo carne, la savia sangre, la madera hueso y músculo. Cayeron muchas ramas, y quedaron solo las dos más fuertes. Se extendieron y sus frutos fueron las manos. Las hojas se aunaron y entrelazaron en la copa, dando forma a un rostro, mientras que las raíces comenzaron a levantarse de las profundidades. Todo fue así en calma y lentitud durante mucho tiempo, hasta que esa paz no pudo durar más.

   Ese día no hubo amanecer. Las nubes cubrían el cielo, tantas y tan juntas como nunca allí, antes y después. Estaban todavía teñidas del negro de la noche. Y con un soplo de viento que removió la arena, una luz lo congeló todo, y la lluvia cayó. Dorada era, y de dorado empapó al páramo, y consigo al ser. Carne, hueso y músculo se recubrieron de una capa rosada, al principio acuosa, luego cada vez más sólida. El verde de las hojas se deslizó y dejó al descubierto cabello. El relámpago sacudió el tronco, liberándolo de los últimos restos de vieja corteza, y el trueno hizo temblar la tierra, desarraigando aún más las raíces. Llovió toda la mañana y toda la tarde. Con la noche, escampó. Las nubes se dispersaron, la Luna se descubrió y el páramo se esclareció de un color plata. En el rostro del ser se abrieron dos ojos. Eran completamente negros. Miró hacia todos lados, sin entender. Intentó moverse y no pudo. Entonces, lloró. Su llanto despidió lágrimas que corrieron por el cuerpo, y el pelo germinó donde antes no había. Dio alaridos que reverberaron en el páramo. Y por cada grito que daba, una nueva flor nacía de la tierra, una nueva fuente de agua surgía, un nuevo árbol extendía sus ramas. Y el ser crecía cada vez más. Las facciones de su cara se hicieron nítidas. Los músculos de su cuerpo se hicieron gruesos, los huesos fuertes, y dentro suyo nacieron ríos de emoción y conocimiento. La noche fue larga, casi eterna. Y el mundo se llenó  de vida. Cuando la noche estuvo a punto de acabar los arroyos irrigaban el mundo, los pétalos se abrían en mil tonalidades, los primeros picos rasguñaban el cielo y los bosques cubrían la tierra como un manto verdepardusco. El páramo desolado era apenas un recuerdo en la memoria de nadie. Y el ser había envejecido.

   Cuando la luna bajó, y el cielo azabache se entremezcló con azul, dejó de llorar. Contempló todo a su alrededor. Frunció el entrecejo y sus arrugas se contrajeron. El ser miró hacia todos lados, y entendió. Las piezas encajaron y los ríos de emoción y conocimiento dentro suyo confluyeron en una misma fuente que encendió la consciencia. Las brumas se disiparon de sus iris, dejando al descubierto ojos completamente blancos. Y el ser rió. Su risa reverberó por todo el valle, despertando a unas pequeñísimas criaturas escondidas que dieron sus primeros pasos. Y el ser se dio cuenta de que sus raíces ahora eran pies. Descubrió que se podía mover. Entonces, cuando el sol se asomó por el horizonte e iluminó un mundo recién nacido, el ermitaño se levantó y comenzó a vagar por el universo entero.

Alex Dan Leibovich

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