Microcosmogonía

La Vida

© Alex Dan Leibovich

Un ermitaño que vagaba por el universo entero decidió detenerse por un instante en un
desolado páramo. En sus arrugadas facciones se plasmó amargura. Tan amplio lugar… y nada allí.

   La superficie: un dorado espejo del sol. La arena y la tierra y la roca lo cubrían todo. No había nada más elemental que la partícula marrón.

   Y el ermitaño la tomó. La observó. La olió. La saboreó. La escuchó.

   El ermitaño atrapó con los dedos de su otra mano un instante del tiempo. Intentó escaparse pero él lo sujetó fuertemente. Su aguda mirada se intercaló entre las dos cosas y, con una en cada mano, las unió en un sonoro aplauso.

   El ermitaño prosiguió con sus travesías sin fin y dejó el páramo a su suerte.

   En el punto debajo de donde el ermitaño generó la chispa inicial, un verde retoño relucía.


Pasaron eones. El retoño se hizo tallo, y el tallo se hizo tronco. Y mientras, todo a su alrededor la arena se volvía agua; la tierra, pasto; la roca, flores. Las plantaciones se multiplicaron y los primeros capullos se abrieron. Una zona comenzaba a demarcar al Jardín del Páramo. Y el Árbol reinaría en el centro. El Jardín, la Vida, o cualquiera de sus tantos nombres, avanzaba sobre sus dulces dedos.

 Dentro del agua comenzaron a nacer pequeñas criaturas. Nadaban libres en la profundidad. El Jardín era invisible para ellos. El Páramo ni siquiera tenía un nombre. Ellos solo vivían, moviéndose en la penumbra acuática.

   Un hijo del agua logró escapar de su cauce y formó un río. Serpenteó y circundó el Jardín entero. Se bifurcó y arribó a cada recóndito o extenso lugar. Algunas bifurcaciones se expandieron a su gusto y se estancaron en lagunas. Otras fueron más modestas y se transformaron en arroyos. Otras continuaron en su forma natural: ríos. Y el Árbol atrapó a uno de ellos. Aunque no a la fuerza, sino por medio de una intensa seducción.

   Las criaturas crecieron y ya no soportaron la oscuridad monótona. Mucho tiempo estuvieron sumergidas. Querían ver la luz. La buscaron. La encontraron. Y salieron.

   El verde se hacía más verde. El azul se hacía más azul. Y los colores se entremezclaron en sucesión de violetas, celestes, rosas, turquesas, amarillos y rojos.

   El Páramo retrocedía, aterrado. La Vida engullía a la Muerte, y la transformaba. La orilla estaba ávida de más. Y mientras, una sombra se engrandecía. Una sombra que daba frescor a los acalorados y escondite a los discretos. Una sombra con forma de árbol. Y el río la alimentaba.

   Las criaturas vieron la luz. Vieron la vegetación, los arroyos, las flores, el cielo y un horizonte seco. Y tuvieron miedo. No se dejaron espantar tan pronto; esperaron. Pero llegó un momento en que se hizo insostenible. Entonces, las criaturas decidieron abandonar la luz. Retrocedieron hacia la acuosa oscuridad. Pero cuando volvieron tuvieron avidez por regresar. Por mucho tiempo fueron de región en región sin permanecer en ninguna de las dos.

   El tronco se fortalecía. Su ancho y dureza era cada día mayor. Y las raíces se infiltraron profundamente en la tierra. El Árbol ya no se contentaba con buscar la luz, arriba; ahora buscaba también la oscuridad, abajo.

   Y algunas de las criaturas decidieron desprenderse por siempre de la oscuridad. Y lo lograron; nunca más volvieron. Pero en ellos quedó vivo el recuerdo de una época segura y paradisíaca.

   Tocaron suelo luminoso y lo adoraron. Observaron, exploraron y descubrieron. Todo lo hicieron bajo la sombra que se perpetuaba, sobre ríos y flores. Se lograron asentar y mientras algunos elegían una vivienda, otros elegían otra. Mutaron respecto a sus elecciones. Unos fueron para allí y otros para allá.

   El Páramo retrocedía pero no empequeñecía. Eso era imposible. Pero el Jardín sí avanzaba, agrandándose a cada paso.

   Las criaturas se comunicaban con la Vida. Comenzaron a surgir cantos, movimientos, ritmos y expresiones que la alababan. Merodeaban, jugaban y hacían el amor, sucediéndose generación tras generación. Pero nunca se aventuraron a traspasar los lindes del Jardín.

   Continuaron pasando eones. La Vida se aburrió y habló con el clima. Entonces, el frío sobrevino y las criaturas se refugiaron. Pero muchas no lo soportaron, y murieron. Las aguas se endurecieron. Plantas y flores se marchitaron, y hubo formas y colores que se perdieron por siempre. La Vida no lo había previsto.

   El frío pasó, pero su marca estaba hecha y no desaparecería nunca más. La Vida trató de remediarlo. Pero no hubo remedio; el clima se rehusó a borrar su obra. Sin embargo, algo sí se logró: el frío ya no sobrevendría rápido y sin aviso, sino de a poco, dando tiempo a preparaciones.

   Las criaturas volvieron a circular. Y otras criaturas nacieron del frío.

   La sombra seguía creciendo, en el centro. La Vida en cada una de sus formas pululaba en la copa del Árbol, dotándola de multitud de colores, sonidos y fragancias. Escondía tesoros detrás de su corteza. Conocía secretos que solo sus raíces podían llegar a descubrir.

   Algunas criaturas no estaban satisfechas. Habían pasado por miles de viviendas, por miles de alimentos, de canciones y de mutaciones. Pero su sed era difícil de saciar. Querían ver más luz. Querían vencer el miedo al más allá del Páramo. Aunque aún no estaban preparadas.

   Hasta que un día la luz resplandeció como nunca antes. Nadie supo por qué. Ni siquiera la Vida. Y fue tan potente que produjo cambios en las criaturas. Ahora no solo había una gran sombra todavía creciente, sino muchas más pequeñas a su alrededor. Y se movían. Volaban.

   Las travesías fueron breves al principio, pero cada vez se hicieron más osadas. El Jardín se expandía y las voladoras afrontaron la orilla. La distancia entre ellos y la Vida se acrecentó. Pero siempre veían lo mismo: arena, tierra y roca. Todo era monótono y sin fin. Sus esfuerzos eran en vano; el horizonte siempre era el mismo por más rápido que volaran. Pero no se cansaron de buscar.

   El Árbol era colosal. Su sombra cubría el corazón del Jardín. El río lo rodeaba y se filtraba por poros ocultos. Era el hogar de infinidad de criaturas. Sus ramas tocaban el cielo. Envolvían nubes y apresaban luz. Sus raíces se clavaban en la la tierra. Tragaban agua y atrapaban oscuridad. Su corteza centelleaba como si fuera de diamante. Pero el Árbol ya no podía crecer más.

   Eras seguían tejiendo la tela del tiempo.

  Las criaturas continuaban su búsqueda por más luz. Entonces, las criaturas mutaron. Parecía ya imposible que hubiera nuevas formas, pero se probó lo contrario. Y las criaturas que cambiaron no eran voladoras. Eran terrestres. Así, un grupo de entre éstas se alzó por sobre las demás. Así, algunas criaturas fueron más poderosas que todas las otras juntas. Y la insatisfacción por la vida regía su rostro. La luz fue demasiada para ellas: las encegueció. Y de su ceguera, nació el caos.

   Ninguna criatura estaba preparada para lo que habría de acontecer. Ni las flores, ni las aguas, ni las plantas. El mismo Árbol no se encontraba preparado para ello. La totalidad de la Vida fue tomada por sorpresa.

   Fuego. Nunca surgió algo semejante en el Jardín. Todo tembló. El miedo se contagió como una enfermedad. Los ríos se evaporaron. Las flores se chamuscaron. Las viviendas cayeron a pedazos. Las criaturas que no se hirieron fatalmente murieron al instante. Y las terrestres se quemaban, pero reían y seguían destruyendo. Pero no toda criatura que se alzó por sobre las demás encegueció; algunas pocas pudieron mantener el equilibrio con la luz. Y ellas, las protectoras de la Vida, lucharon contra las ciegas y destructoras.

   Pero la contienda no duró mucho. La paz no pudo contra la guerra. Perdieron.


Pasaron eones. El Páramo comenzó a recuperar antiguo terreno. Las orillas del Jardín retrocedieron y la arena, la tierra y la roca engulleron  nuevamente lo que había sido suyo. Hasta que se toparon con un gran árbol. Y una criatura lo tocaba, postrada y silenciosa. Era la última sobreviviente, no solo de las protectoras de la Vida, sino de las criaturas en su totalidad. La única sobreviviente de entre toda la Vida que alguna vez pobló el Jardín, excepto por el Árbol.

   Tenía los ojos cerrados. Meditaba, sentía e imaginaba; cosas ausentes en las ciegas extintas. El páramo no pudo hacer más que esperar. Y esperó, en los lindes del Árbol y de la criatura.

   El tiempo pasó. Calor y frío, calor y frío. La criatura envejecía. Y lloraba junto a una sombra que se empequeñecía. Hasta que el momento llegó.

   Cuando la sombra fue minúscula, cuando el tronco estaba casi quebradizo, cuando las raíces apenas rozaban la tierra reseca y cuando las ramas eran tan cortas que se hacían indistinguibles, la criatura tomó el Árbol y lo desvaneció en el tiempo. Ya lo encontraría de nuevo.

   La sombra se había esfumado.

   El páramo completó su antiguo territorio.

   El ermitaño comenzó a vagar por el universo entero.

Alex Dan Leibovich

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Microcosmogonía por Alex Dan Leibovich se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
Basada en una obra en http://oniroscopio.com.ar/microcosmogonia/.

Fotografías:

La Vida:

Bron-Yr-Aur – Led Zeppelin

Voces que valen ser escuchadas

Significado de Oniroscopio

Palabra resultante de dos vocablos: “Oniro”, que en griego significa "sueño" (los “oniros” o “oneiros” son los hijos del dios del sueño, Hipnos, en la mitología griega) y “-scopio”, que en griego significa “instrumento para mirar” o simplemente “mirar”. De esta forma sería equivalente a “mirar sueños” o “instrumento para mirar sueños”. Así, el simbolismo radica en ver lo fantástico en la realidad o el sueño en la vigilia.