Lecturas furtivas

    Corría rápido. La vereda se movía a un ritmo vertiginoso y a mi izquierda y detrás, el vehículo también.

    El poste negro se acercaba. Una mujer mayor caminaba delante de mí llenando casi todo el espacio. Equilibrando la velocidad y el respeto, me escurrí hacia un costado rozando apenas el bastón de la señora. Corrí y corrí esquivando niños y adultos; hubo una colisión entre mi hombro y el hombro de un hombre de mal aspecto, que me envió asquerosas palabras a las que no hice caso; perdería el transporte. Mis pisadas chasqueaban contra las baldosas derruidas, tropecé con una pero recobré el equilibro fácilmente. Ya faltaba poco; las luces delanteras fulguraban en la oscuridad, el poste estaba a cinco metros, mi mano izquierda alzada hacia la calle, llegaba, llegaba… un paso largo, el colectivo se detuvo, las puertas se abrieron y subí jadeando y diciendo: “Gracias, gracias, 3.50, por favor”.

    El viaje había comenzado.

    Caminé por el pasillo principal y pasé delante de la máquina ya inutilizada de monedas, hasta que me topé con un muro de gente. Miré hacia delante. El colectivo se encontraba bastante lleno, aunque mirando hacia arriba, en cuclillas… no, al parecer atrás de todo estaba igual.

   “A veces es estúpido cómo la gente se acumula delante, habiendo tanto espacio detrás…”, me dije.

    Pero este no era el caso. Tendría que esperar; el agua siempre se filtraba por algún lado de la cañería.

    Comenzaba a transpirar. Eso es lo que más odiaba del viaje en colectivo: el calor humano y la subsiguiente transpiración. Empecé a quitarme la campera cuando el colectivo arrancó y me vi precipitado hacia delante… bueno, más bien hacia atrás. Sería mejor clasificar las direcciones desde ahora haciendo uso del vocabulario naval; entonces, la popa es un buen vocablo para expresar hacia dónde fui precipitado.

    Una señora del primer asiento, colocado inversamente en estribor, me tomó del brazo e impidió un certero choque contra un hombre distraído delante de mí.

    Me dirigí hacia ella y le hablé:

    –Muchas gracias, señora.

    La mujer, que aparentaba unos cincuenta años, de cabello oscuro y expresión cordial, respondió:

    –No, no hay de qué.

    Me apresuré a tomar el barrote más cercano, mientras me quitaba la campera, siempre sujetándome con una mano y observando la acción retomada de la señora: la lectura de un libro. Una sonrisa se explayó en mi rostro mientras los ojos de la mujer corrían veloces por las hojas amarillentas de lo que parecía ser tal vez una novela bastante usada. Me considero un gran lector y ver a otros lectores leyendo, y en un colectivo, es algo que me satisface mucho. Pero mientras me colocaba la campera sobre el brazo izquierdo y me sostenía con el derecho, pensaba en lo que más me entretenía ante aquellas experiencias: leer furtivamente los libros ajenos. Así que giré mis ojos hacia abajo, preparado para levantarlos hacia arriba ante el posible descubrimiento de mi actividad criminal, y mientras el colectivo frenaba –de mala forma–, yo comenzaba mi lectura. Furtiva, claro está.

Biblioreflejo

© Alex Dan Leibovich

    …corría y corría; sus piernas se doblaban bajo el peso de su cuerpo fatigado. Detrás, los perros rabiosos de Augusto lo perseguían. Hasta que tropezó; su cabeza se estrelló contra la vereda y no escuchó ni sintió nada más.

    Vero se despertó en una sierra plagada de grandes huevos color plata. Las nubes erraban sobre él y un cielo de una tonalidad púrpura llenaba el paisaje de un aura surrealista. No pudo articular nada, no podía pronunciar vocablo alguno. Su garganta se hallaba atascada, estaba paralizado. Pero no por todo aquel extraño paisaje. Pues, el niño miraba, desde sus ojos verdosos, hacia arriba y más allá. Gritó ante la visión del gran rostro que lo observaba fijamente; un rostro de ojos castaños claros, pelo marrón algo enrulado, pómulos pronunciados y nariz chata…

  Despegué el rostro de las páginas y observé la cara de la mujer. Lucía apacible, compenetrada en la lectura. Por el contrario, mi corazón martillaba fuertemente contra el pecho y mi cuerpo transpiraba a raudales. Las venas de mi mano sobresalían como en una pintura bajorrelieve.

    “No pude haber leído tal cosa…”, pensé.

    De repente, el pitido resonó y el colectivo se detuvo en un brusco movimiento. A pesar de estar sostenido de un barrote me vi empujado hacia la popa. Escuché el resoplido de las puertas al retraerse y contemplé el océano de gente filtrarse por ellas. El agua encontraba su curso.

    Miré ahora hacia la popa. Ya había más lugar. Echando una última mirada furtiva hacia la apacible mujer y su oscuro libro, seguí en mi procesión hacia los espacios vacíos. Quería alejarme lo más posible de ella.

    Llegué hasta las puertas principales y me sostuve al arrancar el vehículo. Mi reflejo me miraba; el reflejo de un rostro de ojos castaños claros, pelo marrón algo enrulado, pómulos pronunciados y nariz chata. Un escalofrío recorrió mi cuerpo y una tentación chisporreteó en mí: ir nuevamente hacia el libro y leer sus imposibles páginas. Pero no, me mantuve en el lugar entre las sacudidas del colectivo, viendo el vidrio pero no su más allá. Hasta que cuando pensé que no podía ocurrir algo más de dicha naturaleza contemplé lo extraordinario. Mis párpados se alzaron fugaces; en la vereda de enfrente un niño caminaba entre charcos de luz con una bandeja en manos; en ella reposaban siete huevos de plata. Inmediatamente pensé que debían estar pintados con acrílico plateado, pero aún así, era demasiada coincidencia…

    “Aunque siempre me digo que no hay tales cosas como coincidencias.”

    Me quedé mirándolo; un gorro le cubría el pelo, ojos verdosos apuntaban adelante y sus manos estaban enfundadas en guantes color púrpura, sosteniendo la bandeja de huevos de plata. Y cuando el colectivo lo perdió ya de vista, yo me inclinaba lo más posible hacia estribor para verlo hasta el último instante.

    Hasta que desapareció.

   Pestañeé muchas veces seguidas. El suelo bajo mis pies vibraba al igual que el barrote amarillo aferrado por mi mano.

    Me puse en puntas de pie y miré hacia el pasillo trasero, balanceándome de costado en costado. Había varias personas allí, pero me propuse continuar en cuanto parase el colectivo.

    Segundos después, el rojo fue la barrera del sendero, y sin ser consciente de lo que hacía, lancé una mirada hacia atrás; la mujer ya no estaba, en su lugar reposaba un anciano.

    “Ya debe de haberse bajado”, me dije a mí mismo.

    Volteé la mirada y reanudé mi marcha. De barrote en barrote, paso a paso, llegué a los escalones, los subí y me infiltré entre un hombre y una adolescente: “Permiso, permiso”.

    Fui más al extremo de la popa, pero llegué sólo al medio del pasillo trasero. Me sostuve de una barra horizontal en el techo. No había lugar. El colectivo había arrancado ya, y observaba por la ventana. Era una calle oscura y no logré distinguir ninguna pista que me dijera siquiera una aproximación del lugar dónde estaba.

  Renuncié a mi búsqueda, esperando hasta que el colectivo tomase una zona más luminosa. De todas formas, el camino era largo y el tiempo transcurrido hasta aquel momento, poco.

    Pronto, y como suele ocurrir ante la perpetua inacción, mi mirada quedó atascada en un vacío. Sin embargo, poco después algo interrumpió la corriente de pensamientos: otro pasajero se encontraba leyendo un libro frente a mí. Sentí un pinchazo de temor pero una intensa curiosidad rugía por ser escuchada dentro de mí. No había mucho lugar pero sí el suficiente para dar un paso más, hacer correr discretamente a la persona de al lado, e inclinarme sobre relucientes hojas.

    Así, en el año 620 a.u.c (133 a.c). Tiberius Gracchus fue asesinado impunemente junto con alrededor de trescientos de sus seguidores y su cuerpo fue arrojado al Tíber. Su deseo de igualdad en Roma quedó ahogado por las rojas aguas del río. Tal hecho hace ya denotar un clima de época que se iba a perpetuar intensamente en años subsiguientes, con el dictador Sila y las guerras serviles y civiles, que degenerarían aún más la República. A partir de aquel momento se podía ya observar la gran brecha existente entre los diferentes sectores de población, la centralización del poder en Roma, y la posesión de poder y tierras en manos de unos pocos, en parte factores que mucho más tarde terminarían desintegrando la gran civilización. De todas formas, los anhelos de Tiberius aún no estaban del todo deshechos y quedarían en manos de su hermano, Cayo, junto con otros allegados, proseguirlo más tarde, aunque sólo exitosos durante un corto tiempo. Si tan sólo todo eso no hubiera sido influenciado por la mirada de un lector inocurrente, las cosas podrían haber salido mejor y la Rep…

    Aparté la vista de la hoja. La mirada del pasajero estaba concentrada en la lectura. Aquel día fue agotador, y una fina película de sueño cubría ya mis ojos. Tal vez todo era por ello. Así que sin prestar atención a miradas interrogadoras de mis vecinos, leí rápidamente la última parte por si el lector pasaba de hoja.

 …ublica hubiera podido durar muchísimo más. La dura aunque obradora mano de Augusto no hubiera sido accionada, si no fuera por vos, Daniel, robapalabras anónimo, que te mofas en leer sin el permiso del legítimo lector, irrespetuoso…

    – No, no… ¡No! –grité.

     Fui ajeno a todos los ojos que me acompañaron en mi accionar. Me di vuelta, chocando con mis hombros y mi campera a la gente alrededor y me dirigí a estribor, hacia la puerta trasera. Mi mano fue como un rayo al botón. El colectivo estaba en movimiento, más rápido que lo usual (o esa era mi impresión). Las sacudidas eran intensas y me arrojaban de un costado al otro. Pero yo mantuve apretado el pulsador durante no sé cuánto tiempo. Los gritos del chofer y de los demás pasajeros resonaron en mis oídos. Los ignoré. Una mano trató de quitarme el dedo del botón pero se lo impedí violentamente. Otra y otra más conspiraron en detener mi llamado de atención. Pero yo continúe apretando tan fuertemente que sentía el hueso del pulgar ardiendo de dolor, hasta que el vehículo finalmente frenó, las puertas se abrieron y yo me bajé sin saber dónde lo hacía. No podía pensar claramente.

    Descendí por los escalones y salté del colectivo hacia el frío y la oscuridad de una noche de invierno. Pero me topé con algo muy distinto a lo que esperaba. Hubo un estallido y agua helada cubrió por completo mi cuerpo. Mi cabeza se sumergió en la negrura líquida y solté la campera haciendo un esfuerzo descomunal por salir a la superficie. Mi ropa era pesada, pero mi cuerpo afortunadamente entrenado pudo con todo. Salí al exterior tomando una profunda bocanada de aire. El agua aún enceguecía mi vista pero, al ir disipándose, pude apreciar mejor la visión. El cielo sobre mí lucía estrellado. Hacia delante, un río. Miré detrás de mí. El colectivo no estaba; en su lugar el sinuoso río proseguía y en él, charcos de sangre rodeaban cadáveres flotantes. A lo lejos, fuegos titilantes iluminaban construcciones antiguas, romanas.

Alex Dan Leibovich

 

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Lecturas furtivas por Alex Dan Leibovich se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
Basada en una obra en http://oniroscopio.com.ar/lecturas-furtivas/.

Fotografías:

Biblioreflejo:

Soda Stereo – Cuando pase el temblor

El tiempo en capítulos