Justicia helada

Howlsnow

Los ojos de José corrían palabra por palabra, oraciones en párrafos y en capítulos que se sucedían como movidas por el viento. Solo que no era viento; eran dedos hipnotizados que articulaban página tras página. Era hasta tal punto la inmersión de José en la historia que ya no veía tinta sobre fibra amarillenta, sino que veía a una loba corriendo detrás de un ladrón en una noche sin luna. Lo veía todo a través de los ojos fieros pero pacientes de la criatura.

   Árboles sacudidos por un viento calmo; la espalda transpirada de la futura víctima; los haces marrón-plateados de la tierra veloz; el vuelo de zorzales arriba; el frío que empapa su pelaje; la saliva que cae de sus dientes. No hay un anhelo hambriento en su estómago; más que eso es un ritual por la justicia y el orden. La loba siente cada alma humana, con sus luces y sombras y el hombre lleva demasiada sombra, tanta que hasta la ve proyectar una a pesar de la ausencia de la luna.

  Los jadeos del ladrón se hacen más potentes; los talones más nítidos. Las garras penetran en la humedad de la tierra. Flores y plantas son arrancadas de sus raíces. Hasta que tras un gran impulso la espalda del hombre cubre toda su visión; las garras desgarran primero piel falsa y luego la verdadera; los alaridos apenas aguzan los oídos de la loba y el contraataque de las manos y piernas son fácilmente defendibles. La loba destruye el último hálito de vida, y la mano envuelta en sangre cae, inerte. El crimen es saldado.

  Comienza a hurgar dentro del cascarón vacío. Busca en cada recobijo de la piel falsa, hasta que lo encuentra. Aprieta la piedra preciosa entre los dientes y se marcha, la sangre empapando cada rastro de helecho en el camino. Ahora ya no va a poder robar más a la familia.

   El sendero luce cambiado. La luna es revelada tras una nube y deslumbra todo con su resplandor color plata. Un fuerte viento José cabeceó, y cuando subió de nuevo la vista el libro se hallaba en el piso. Lo levantó, somnoliento, volvió a poner el señalador con forma de reloj de arena, cerró la tapa color esmeralda y apoyó la antología en la mesita de luz. Ya tenía mucho sueño; mañana la retomaría, aunque esa otra novela le llamaba desde hacía mucho tiempo… Pero sus pensamientos se fueron sofocando poco a poco, hasta que el sueño los dominó.

   Mientras el lector dormía plácidamente, dentro del libro, en donde una lámina de cartón corta el espacio entre dos páginas, la loba está petrificada. Se había quedado con la boca semi-abierta, las gotas de sangre solidificadas a medio camino del suelo, la piedra quieta contra los dientes, las dos patas en el aire, las otras dos en la tierra y la luna en un cielo de nubes estáticas y estrellas sin parpadear. La loba pone toda su voluntad en dar un paso más aunque sea y romper la irritable melancolía del hielo sin agua o de la piedra sin mineral. Pero no puede. Como tantas otras veces, es incapaz de hacer movimiento alguno. Está condenada a esperar hasta la próxima marea, fuera cuando fuera. Quiere llegar a sus hijos; no puede. Patético; mató a un ladrón, pero no puede mover una pata. Tendría que esperar…


   Luciano había encontrado un libro en la biblioteca de papá. Le había llamado la atención; la cubierta era de cuero color esmeralda. Eso significaba dos cosas: era especial por su color y era antiguo por su material, en suma era un libro atractivo. Lo abrió, y curioso, encontró un señalador con forma de reloj de arena colocado poco antes del final. “No debió haberlo terminado”, pensó. Pero luego pensó también en que pudo haberlo terminado pero dejado el señalador ahí, o simplemente nunca haberlo empezado y que aún estuviera entre sus páginas el señalador de regalo, o… Se agotó de pensar y le gustó más la idea de que papá se haya cansado de su lectura y dejado el señalador ahí.

   Luciano encontró una silla y se sentó. Abrió la tapa, ansioso. Pero justo cuando empezaba la primera oración, con una expresión astuta, fue directo hacia la página en que estaba el señalador, y comenzó a leer.

   El sendero luce cambiado. La luna es revelada tras una nube y deslumbra todo con su resplandor color plata. Un fuerte viento osa arrancar la piedra de entre los dientes, pero la loba aprieta las fauces entre sí. La esperan sus hijos; darán ladridos de alegría ante la justicia y su abrazo.

   Cada garra hiende el aire y luego la tierra, proyectando breves sombras sobre hierbas oscuras. A lo lejos ve los troncos apenas inmóviles. Se dirige a ellos. Apresura el paso y comienza a sentir un extraño cosquilleo en su interior. Es un instinto que ya había sentido en ocasiones anteriores, pero decide aislarse de él y vivir solo el gélido viento, la tierra húmeda bajo sus pies y el distante oscilar del follaje. Sin embargo, hay algo más en ella, distinto del suave acompasar de las hojas. Los oídos se aguzan, y los dientes aún ensangrentados aprietan la piedra preciosa, tiñéndola de rojo. Hasta que escucha: aullidos agudos. El cosquilleo se intensifica y su pelaje se eriza. Todo pensamiento desaparece y solo lo gobierna una furia incontenible. El ladrón no era solo ladrón; era asesino. La había desviado de la protección de sus hijos mientras Luciano dejó caer el libro al escuchar la voz de papá abajo. Se iba intensificando a medida que subía. Puso rápido el señalador en donde había parado de leer, y acercó el libro a su antiguo lugar. No entraba. Los demás libros dejaban solo un estrecho espacio para aquel. Nervioso, empujó más y más, hasta que sin tolerarlo le dio un golpe en el lomo. Entró a la perfección.

   –¿Qué andás haciendo, Luciano? –le sobresaltó la voz de papá, detrás–. No te habrás agarrado algún libro de acá, ¿no?

   La precaución no había sido en vano.

   –No, solamente estaba viendo los títulos…

   –Ah, bien, bien –dijo José sonriendo–. Los libros de esta parte no son todavía muy para tu edad… Ey, no me mires así. Después que no te cuido, que te dejo hacer cualquier cosa –sonrió–. Bue, todo lo que dice mamá. Tengo auténticas joyas. Dentro de un tiempo tal vez te dejo, si es que ya no te metiste por tu cuenta –lo miró con el entrecejo fruncido, pero Luciano hizo como si no lo viera–. De todas formas mirá allá; quiero mostrarte una saga que leí cuando era más chico, y creo que te va a encantar. La atmósfera es realmente mágica y los per…

   Mientras Luciano se alejaba con el antiguo lector, dentro de un libro apretado por otros, en hojas cada vez más amarillentas separadas por un muro con forma de reloj de arena, la loba está quieta, sus garras profusamente clavadas en la tierra, el lomo arqueado y los ojos abiertos y chispeantes. Cualquiera podría decir que saldría corriendo de inmediato, cortando el viento con sus garras y dientes, pero no, se mantiene allí; una estatua viviente emplazada entre columnas vivas de marrón y verde, debajo de un techo negreo repleto de diamantes. Lo único que puede hacer es pensar, pensar en sus hijos en peligro y en ella congelada; pensar tal vez durante un largo tiempo… El diamante brilla, una gota de sangre pende de él.


   Uma movía los dedos mecánicamente por sobre la mesa de libros. Pasaba uno, y otro, y otro, no optimista ni pesimista en cuanto a encontrar algo; había aprendido que esa era la única emoción eficaz en una librería de usados. Novela barata tras novela barata, un atisbo de una obra clásica pero destrozada, más novelas baratas, y, uh, un libro de historia, que ya tenía… Iba de sección en sección, la vista ya cansada, hasta que observó algo. La automatización se detuvo y sus ojos lanzaron un destello de curiosidad. En ellos estaba reflejado un libro de cuero color esmeralda y de hojas amarillentas. Lo retiró con la lentitud propia de quien descubriera un tesoro oculto durante demasiado tiempo. Lo abrió, y le llamó al instante la atención un pequeño señalador con forma de reloj de arena cerca de antes de la mitad del libro. Lo sacó, extrañada, pero lo volvió a poner fugaz como si hubiera cometido un acto profano. Luego, sin detenerse en la razón, comenzó a leer desde aquel punto.

   La había desviado de la protección de sus hijos mientras los mataban al igual que hicieron con el resto de la manada. Un gruñido –incrementado por el largo congelamiento– corre a lo largo de su columna vertebral y llega hasta su boca, aullando tan alto que genera nubes de bandadas kilómetros alrededor. Y a continuación inicia una carrera que hace escupir saliva y sangre de su boca, y una mirada concentrada y fiera de sus ojos. Los mueve hacia todos lados, observando por si los humanos le tendieran una emboscada. Recién ahora cobra consciencia de que no tiene la piedra en la boca; se debió haber caído momentos antes. Ni siquiera la causa por la que hubiera dejado desprotegidos está presente. Transforma la ira en una carrera más veloz. Los orificios nasales se le saturan y entorna las orejas de un lado a otro, los aullidos cada vez más potentes. Unos helechos chasquean bajo su peso. Pasa tras un claro de tierra desnuda. Está cerca de la madriguera. Y súbitamente, los aullidos se apagan.

   Ya no ve troncos, roedores y arbustos; solo ve obstáculos apenas visibles tras una cortina de furia, tristeza y un mareo creciente. Trastabilla contra algo mullido y sale disparada hacia un árbol. La loba sacude la cabeza, respirando agitada y trata de ubicarse en el camino, cuando ve con qué se tropezó. Sus músculos pierden fuerza y siente cómo su mente se deshace en mil fragmentos irreconciliables. Sin pensar, sin respirar, se acerca a cuatro amasijos de pieles grises, negros y… rojos. Acaricia con la pata la cabeza del más pequeño. Sus ojos están cerrados. No hay ninguna reacción. Se acerca a la mayor que está dada vuelta. La empuja hacia ella. A la loba la contempla un rostro de ojos verdes, muertos como lagunas estancadas. La boquita está abierta como si hubiera gritado a su madre momentos antes de fallecer.

   La loba empieza a temblar. Sus cuerdas vocales se tensan y lanza un aullido que podría quebrar la misma noche. Su mente, ya hecha pedazos, se desgaja aún más, sus ojos se desenfocan y de su boca empieza a caer saliva mezclada con la restante sangre de su última víctima. Por los pocos fragmentos coherentes de su pensamiento solo corre la misma oración una y otra vez: si no la hubieran congelado ya los habría salvado; si no la hubieran congelado ya los habría salvado; si no la hub… Uma dejó caer el libro sin siquiera fijarse donde lo hacía. Sus manos estaban heladas y notaba cómo toda su expresión, antes entusiasmada e inspirada por haber encontrado un libro atractivo entre toda la basura, ahora estaba asustada y demacrada. Se fue de la librería sin decir palabra alguna. No leería nada en mucho tiempo.

   Y mientras la temporalmente no lectora se marchaba de la librería de usados, dentro de uno de ellos, entre páginas apenas toqueteadas pero de décadas de antigüedad, una criatura hierve de furia y locura incandescente. Sus ojos fríos están puestos sobre cuatro cuerpos inmóviles. Sin embargo, no le causa lo mismo que antes. Aquel exterior ya no tiene ninguna significación para ella. El pelaje grasiento está erizado y petrificado; gotas de saliva levitan en el aire, justo debajo de una quijada entreabierta y de dientes afilados. Todos los músculos están tensos y repletos de una chispa sofocada. Y, a pesar de la supuesta inmovilidad, parece como si fuera a saltar en cualquier momento…


   José era ya un anciano postrado en la cama cuando su nieto entró en la habitación. Sus ojos se posaron en él y en lo que llevaba, y casi al instante se anegaron de lágrimas. “Pensamos que todos los libros de tu antigua biblioteca se habían esparcido por el mundo, pero no, abuelo. Casualmente papá lo vio en una librería de usados y recordó que lo había hojeado de chico. ¿No es impresionante?”.

   Cuando su nieto se fue José entreabrió el libro de cuero verde, su mano temblando por sus ya debilitadas fuerzas, y ahogó un grito de asombro cuando un señalador con forma de reloj de arena cayó de entre las páginas. No podía creerlo. ¿Después de tantos años…? Lo dio vuelta y leyó en letras borrosas: “Para mi gran lector. Te regalo este artefacto mágico, con el que podrás detener el tiempo de cualquier historia. Guardalo muy bien, ya que las fuerzas del mal harán cualquier cosa por conseguirlo. La hechicera, mamá”. Cuando era adolescente lloró al pensar que lo había perdido. Y ahora, después de casi setenta años volvió a llorar por aquel trozo de cartón. Y sin preguntarse por qué, como en un antiguo ritual, comenzó a leer a partir de ahí.

   Por los pocos fragmentos de su pensamiento solo corre la misma oración una y otra vez: si no la hubieran congelado, ya los habría salvado; si no la hubieran congelado ya los habría salvado; si no la hubieran congelado sus cuatro hijitos estarían vivos. Y ya contó con demasiado tiempo para reflexionar acerca de dónde podía provenir la inmovilidad. Solo de un posible lugar. Levanta la cabeza. Olfatea, tratando de apartar el olor a muerte, los ojos descolocados, la boca salivante. Hasta que lo encuentra y de un solo salto furioso, desaparece…

  Mientras el viento fluía, cubriendo de hojas cuatro cuerpos inertes, y una joya ensangrentada reflejaba los colores dorados y rojos del amanecer, fuera de un libro de cuero esmeralda, un antiguo lector aúlla de terror; los dientes afilados penetrando su cuello; las garras desgajando cada órgano; la sangre empapando más y más las sábanas. Ya no hay escapatoria; la verdadera justicia está siendo saldada.

Alex Dan Leibovich

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Justicia helada por Alex Dan Leibovich se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
Basada en una obra en http://oniroscopio.com.ar/justicia-helada/.

Fotografías:

Howlsnow:

Soda Stereo – Cuando pase el temblor

El tiempo en capítulos