Hostel, o relato de la “i” camuflada

Hostel

Conduzco el auto, traqueteando, un rumor de llantas gastadas apenas audible en la noche. Los párpados caen y los levanto con esfuerzo. Trato de mantener la vista al frente, en las dos lagunas amarillentas fijas en la ruta. Todo a mi alrededor, la más pura oscuridad. Sin embargo, el estar cobijado en el vehículo, incluso siendo oprimido por paredes negras, me produce tranquilidad. Me hace acordar a cuando era chico, a la sensación cálida que me daban las sábanas al protegerme de los monstruos desconocidos afuera.

   Los párpados caen otra vez. Tengo que parar. Estoy a punto de frenar en la banquina cuando distingo luces. Hago un último gran esfuerzo y mantengo los ojos abiertos mientras lo que parece ser un viejo hostel se agranda más y más, hasta que finalmente lo tengo delante. Hay tres lámparas de filamento puestos a modo de faroles en las dos esquinas del edificio y una en el centro. Ésta derrama su luz sobre una puerta astillada de color rojo. Tengo un intenso déja vù, pero no logro recordar algo que se parezca a la ocasión.

   Me bajo del auto, tambaleante, con la mochila en la mano, y toco la puerta tres veces. Solo los grillos responden. Espero un poco más frotándome las palmas una con la otra, el vaho saliendo de mi boca. El zumbido de las lámparas me hace cosquillas en los oídos. Acerco los nudillos para golpear cuando el manubrio se acciona y una silueta se asoma en el resquicio que deja la puerta. Me hace entrar a un zaguán a oscuras. Se prende una lámpara igual a las de afuera. Me dice que se cortó la electricidad pero por suerte ya volvió. Me pregunta qué tipo de habitación quiero. Yo contesto que lo que fuera mientras sea barato y no hubiera cucarachas ni sabanas mugrientas. Distingo una calvicie franqueada por una escasa coronilla de pelos. Subimos escaleras y vamos por un pasillo. Llegamos a la habitación, él se va y yo me tiro a la cama sin pensarlo dos veces.  Me duermo casi al instante.

   Ruidos. Se me despegan los párpados. Me levanto y veo la hora: 4:27 A.M. Me acuesto otra vez. Intento dormir. No puedo; los ruidos prosiguen. Son disonantes pero sofocados, como si los escuchara sumergido en un estanque.

   Me bajo de la cama con una sensación asquerosa en el estómago. Tanteo en la oscuridad hasta que choco con la puerta del dormitorio. Ahora distingo sonidos agudos breves entre otros graves. Me recuerdan a cuando en primer grado dormía en la casa de un amigo y él hacía sonidos parecidos para asustarme, cosa que lograba casi siempre. Luego se reía a carcajadas mientras yo arrastraba la bolsa lejos. Pero ahora no está mi amigo y no tengo seis años.

   Abro la puerta con un chirrido y atisbo la más pura oscuridad. Busco el interruptor en la pared. Presiono. No funciona. Los sonidos son más intensos. Provienen de abajo. Podría encerrarme en la habitación y esperar hasta que amanezca, pero no tengo paciencia, y un pensamiento grita dentro de mí, tratando de hacerse oír por sobre los extraños ruidos: correr al auto lo más rápido posible e irme de aquel lugar. Vuelvo al interior de la habitación, prendo el celular y la mochila se descubre bajo el resplandor de la pantalla. Me la cuelgo y vuelvo al pasillo, cuando siento un pinchazo en el estómago. Espero contra el zócalo de la puerta, la mano en la panza. Hasta que el dolor pasa. Salgo de la habitación, el celular apuntando delante.

   La negrura se resquebraja en un cuadrado blanco. La puerta de enfrente, una alfombra roja desteñida, una pared de yeso sin pintura, más puertas de habitaciones, un recodo cercano. Me deslizo por ahí, caminando más lento de lo que querría. Unas escaleras. No las recordaba. A los ruidos disonantes se les agrega mis pisadas, lo más suaves posibles. Oriento el celular. Un escalón, otro escalón, yeso desgastado. Mis oídos atentos, los músculos tensos. Llego al rellano. Escucho el silbido del viento chocar contra el edificio. Ilumino hacia otra dirección. Una mano. Famélica, de venas sobresalientes y manchas marrones distribuidas a lo largo de tendones rígidos como alambres. Echo un grito y estoy a punto de salir corriendo, pero cobro consciencia de algo: está quieta, a mucha altura y no parece tan real. Es una pintura. Pero no deja de turbarme. Y una cosa cambió: un sólido silencio. Los ruidos pararon. Justo después de mi grito.

    Me quedo petrificado en el lugar, los ojos clavados en la mano pintada. Los ruidos, a pesar de su sobrenaturalidad, se habían vuelto una ambientación tan normal como el ritmo de mi respiración, y ahora ya no están. La mochila comienza a pesar. Vuelve el dolor en el estómago. Es como si unas uñas agarraran mi piel y tiraran hacia dentro de mí. Aguzo el oído por si escucho algo más. Nada. Fue mi grito. Ahora saben que estoy despierto. Solo una cosa me da un leve alivio: ya no sirve de nada caminar lento.

   Corro. Primero a la derecha, más escaleras y un pasillo. Puertas se suceden una tras otra, la alfombra más desteñida que arriba. Los números pasan: 25, 26, 27… Y algo más me hace acelerar el paso: el edificio no puede ser tan grande. ¿Por qué no? ¿Cómo sé si es grande o no? Me asombra no saberlo, pero me sorprende todavía más la siguiente pregunta: ¿cómo llegué acá? Intento indagar en la memoria, pero es inútil. Lo único que recuerdo es haberme despertado en una habitación a oscuras. Antes, nada.

   Giro y giro de pasillo en pasillo sin encontrar una puerta que se distinga de las otras. Corro a tanta velocidad que me choco contra las paredes como un muñeco de trapo. Una picazón crece con la carrera y me rasco los brazos y la cabeza. Los números de las habitaciones van en irracional aumento, mientras que las paredes están cada vez más desgastadas, cubiertos de humedad y moho, y la alfombra ya no es roja, sino de un rosa pálido. Los ruidos resuenan otra vez. Disonantes. Agudos y graves. Me tropiezo, la luz blanca sale despedida, y mi antorcha artificial en la caverna se fragmenta al impactar contra la pared. Lo último que alcanzo a ver es una puerta de un rojo oscuro, sin número, metros adelante y a la izquierda. Luego, oscuridad.

   Los ruidos van en aumento detrás de mí, pero consigo escuchar otros: tres golpes. Alguien toca la puerta. Me levanto y tanteo con los dedos, el corazón bombeando, hasta que llego a un manubrio. Que sea lo que sea, pienso antes de abrir.

   Un hombre espera en el umbral. Me resulta vagamente familiar. Parece agotado, con unos párpados que se le caen. Tiene que recibir una habitación. Lo hago pasar. La luz vuelve y respiro aliviado, aunque no estoy seguro por qué, y acordándome del nuevo invitado le hago notar que la electricidad se cortó pero por suerte ya volvió. Le pregunto qué tipo de habitación quiere y me contesta que la que sea mientras no hubiera cucarachas ni sábanas mugrientas. Pobre hombre, pienso mientras lo guío. Subimos las escaleras y vamos por el pasillo. El hombre entra a su habitación y vuelvo abajo. Me detengo frente a un cuadro. ¿Siempre trabajé acá? La pintura es de una mano famélica, de tendones y venas sobresalientes. Me causa impresión y una sensación de déja vù.

   Deambulo durante no sé cuanto tiempo. A cada paso se intensifica un tirón en el estómago.  Escucho un ruido. Me suena a algo que escuché alguna vez. Aguzo el oído, pero me cuesta encontrar su origen. Veo hacia abajo, horrorizado. Salen de mi estómago. Me detengo contra la pared del pasillo, la mochila apretándome la espalda. Una punzada. Otra más. Un escalofrío me recorre toda la piel. Siento como si dentro de mí una araña envolviera el aparato digestivo con un hilo pegajoso. Otro ruido grave surge de mi panza. Grito y lo que brota de mi boca es un tono agudo que se apaga tan rápido como nace. Más pinchazos. Más picazón. Poso la palma sobre la panza y me rasco el cuerpo con la mano izquierda hasta llegar a la derecha. Paro. Empiezo a temblar. Está huesuda, las venas sobresalientes, los tendones duros. Me repliego más y más en mí mismo. Una rápida sucesión de graves sale de mi estómago. Me froto la frente, y noto otra cosa: apenas tengo cabello. Pienso por un instante en la esperanzadora posibilidad de que sea una pesadilla, pero luego de unos momentos la idea se desvanece: si fuera una pesadilla el hecho de cuestionarla ya me haría despertar. Pero no sucede. Toco la pared y se desprende un trozo de yeso. Los ruidos van en aumento, cada vez más estrambóticos, acompañados de una picazón creciente. Al rascarme me doy cuenta de que mi piel está dura, como las costras que se forman sobre una herida. Empiezo a sentir un ardor en el estómago. Creo escuchar un chirrido arriba. Y con la mano debajo del buzo, justo sobre la panza endurecida, detecto fisuras, como canales diseminados por la piel. “¡¿Qué es esto?!”, grito pero mi boca dispara un eructo estridente. Vomito a un costado. Hasta que justo en el momento en que oigo un alarido arriba, me ensordecen cracks provenientes de todas partes, me derrumbo, y los ruidos cesan, al igual que mi consciencia.

   Despierto. Veo hacia un lado. Veo hacia el otro. Los pasillos se extienden como las venas de una mano. Voy hacia uno. Rojo desteñido. Yeso desmembrado. Pisadas lejanas. Puertas a mis costados. Puertas tentadoras. ¿Qué habrá detrás de ellas? Hablo. Mis palabras se extienden por el lugar. Palabras. Camino pero únicamente logro correr. Palabras. Pisadas más cercanas. Quiero llegar a ellas. Apetitosas. Hermosos sonidos. Otro pasillo. Alfombra desgarrada. Yeso quebradizo. Pasos más intensos. Otro pasillo. Expresar lo hermoso que es perseguir. ¿Me entenderá el perseguido? No. Triste. Pasos. Una respiración agitada. Choques. Lo quiero. Me topo con algo nuevo. Espejo. Apenas iluminado. Veo una silueta irregular, a oscuras. Una concavidad en el centro de la silueta. Sigo camino. Quiero encontrarlo. Más puertas. Me llaman. Rojo desteñido. Yeso derruido. Un golpe fuerte. Los pasos se detienen. Estoy cerca. Otro pasillo. Ya estás conmigo. Otra vez pasos. Es el siguiente pasillo. Lo sé. Escucho una voz, y luego otra; pero las puertas cobran más importancia. Palpitan misterio. Palpitan llamada. ¿Por qué? No sé. Quiero saberlo. Me dirijo a una puerta. La abro. Entro.

   Conduzco el auto, traqueteando, un rumor de llantas gastadas apenas audible en la noche.

Alex Dan Leibovich

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Hostel, o relato de la “i” camuflada por Alex Dan Leibovich se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
Basada en una obra en http://oniroscopio.com.ar/ hostel-o-relato-de-la-i-camuflada.

 

Fotografías:

Hostel:

Bron-Yr-Aur – Led Zeppelin

Voces que valen ser escuchadas

Significado de Oniroscopio

Palabra resultante de dos vocablos: “Oniro”, que en griego significa "sueño" (los “oniros” o “oneiros” son los hijos del dios del sueño, Hipnos, en la mitología griega) y “-scopio”, que en griego significa “instrumento para mirar” o simplemente “mirar”. De esta forma sería equivalente a “mirar sueños” o “instrumento para mirar sueños”. Así, el simbolismo radica en ver lo fantástico en la realidad o el sueño en la vigilia.