Hipocritae

Despierto con un sabor agrio en la boca. Me relamo los dientes, tomo el vaso de agua apoyado en el suelo, doy uno y dos tragos; el gusto no se va. Veo el reloj. Aunque no lo quiera, ya me tengo que levantar. Con los párpados pesados me hago un café y me pongo el disfraz del trabajo. Termino el desayuno rápido y salgo del edificio, el saber agrio aún presente en la boca.

11880258_959208347455819_265166666_n

© Daiana Levin.

   Al caminar, observo en la mayoría los disfraces con el característico aire de normalidad. Una mujer embarazada del brazo de su pareja; un chico caminando, la mochila más grande que él; una anciana con una ratita llamada chihuahua. Sin embargo, unos pocos muestran un exagerado impulso por sobresalir, por diferenciarse de la calamitosa homogeneidad que tiende a establecer el ser humano. Un hombre de veintipico con el rostro casi de metal, piercings llamativos decorándolo; una mujer de pelo color rojo, naranja y amarillo; un anciano de pelo blanco hasta la cintura y chal semitransparente. La verdad, sigo prefiriendo la homogeneidad que al menos actúa naturalmente sin ningún esfuerzo artificial por ponerse un disfraz. ¿O es que también ellos hacen fuerzas solo que para “pertenecer”, con ropas discretas?

   Llego a la librería. El disfraz pesa; falta alguien. Paula me saluda, yo la saludo, apenas intercambio palabras con Matías y dejo mis cosas atrás. Cuando vuelvo Alma ya había llegado, y habla con los demás. Me ve con una sonrisa. Nos abrazamos. El disfraz se aligera.

   La vestimenta del trabajo muta a lo largo del día, teñido por la amistad con mis compañeros, y la amabilidad o frialdad con determinados clientes –respectivamente, uno muy encariñado con Julio Cortázar; otro amante de Florencia Bonelli–, pero siempre bajo la hegemónica máscara del trabajo.

   Hasta que la librería cierra. Saludo a Paula y Matías, y acompaño a Alma, la vestimenta sufriendo una lenta pero segura metamorfosis. Los rasgos más protocolares del librero van siendo reemplazados por los más sensibles del enamorado. La acompaño a su casa, y me despido con un beso en la mejilla, sin animarme a invitarla a salir, cuando ella me pregunta si querría cenar el sábado. Le respondo que sí, con una sonrisa no tan radiante como la que esta dentro de mí.

11880847_959208427455811_541900614_n

Autoría de Daiana Levin.

   Camino a casa, pero dando rodeos, pensativo, replegándome en mí mismo. Siento tangiblemente cómo mi máscara enamoradiza es reemplazada por otra: la del solitario meditabundo que busca algo que ni él mismo sabe. Veo otro como yo al pasar. Un adolescente sentado en la entrada de un edificio; una mano en la frente, la otra en una lapicera, escribiendo con un impulso no congruente con la tarea de la escuela, sino con el arte de la expresión pura. Pero también pasean cerca los opuestos: gente que vive con disfraces más que abultados y sin siquiera ser conscientes de eso. Disfraces que fueron seleccionados por otros, y ellos solo se los dejaron probar. Ríen y lanzan expresiones superficiales, atentos a los celulares y no a los amigos cercanos, dirigiéndose seguramente a algún boliche, en donde sus vestimentas engordarán con el peso del alcohol y de palabras falsas. Y sin embargo, mi disfraz no se diferencia del de ellos en varios sentidos; ya de por sí sigue siendo un disfraz.

   Y en este ir y venir de ojos, me topo con un conocido de la facultad. Camilo me abraza y yo le devuelvo el abrazo, pero la máscara del pensador aún pervive, y las palabras salen pastosas y poco espontáneas. Hablamos un rato, aunque siento que él se da cuenta de que no estoy con el traje adecuado para la ocasión. La conversación se torna en un sutil preludio al despido, y nos terminamos separando luego de otro abrazo.

   Sigo mi camino, entristecido por el lento y hasta a veces renuente cambio de disfraz.

   Entro al departamento. Me preparo un café y me siento a estudiar. Después de unas horas, cansada la vista, cierro el libro. Me voy a preparar la comida, me baño, y tiro a la cama. El disfraz de la paz comienza a corretear por mi piel. Envuelto en las frazadas, pienso entre alegre y melancólico que se acerca el único momento del día en que no uso disfraz alguno, ni el de librero, ni el de amigo, ni el de solitario, ni el de enamorado, ni el de estudiante. El momento en que me desprendo de cualquier tipo de máscara y mi alma se revela tal cual es.

Alex Dan Leibovich

Licencia Creative Commons
Hipocritae por Alex Dan Leibovich se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
Basada en una obra en http://oniroscopio.com.ar/hipocritae/.

Fotografías:

Máscara:

Cortesía de la fotógrafa Daiana Levin, todos los derechos reservados.

Máscaras:

Cortesía de la fotógrafa Daiana Levin, todos los derechos reservados.

Soda Stereo – Cuando pase el temblor

El tiempo en capítulos