Golpes. Parte 3.

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El adorno se le resbalaba de una mano y debía cambiarlo a la otra. La sombra aumentaba y disminuía de tamaño, siempre a la delantera. Empezaron a haber árboles dispersos, aquí y allá. Ángel no recordaba que hubiera ninguno, pero tampoco estaba el camino de tierra, ni las ruinas. Era otro mundo. Y allí estaba encerrada la mujer.

   Los árboles se fueron juntando entre sí y pronto fue un bosque. No era uno común: las ramas eran anchas como aletas, y tapaban el cielo como un techo. Las estrellas desaparecieron y las reemplazaron hojas de un brillo intenso. Ángel escuchaba las gotas golpear contra la corteza y veía cómo pétalos púrpuras caían despacio hasta el suelo. A la sombra nada le importaba –al menos no lo demostraba–, y continuaba su trayecto entre troncos, raíces y tierra. Ángel se tropezó unas cuantas veces, y en una de ellas el adorno se le escapó de la mano. Por suerte cayó sobre hierba mullida y no le pasó nada. La sombra se detuvo un breve instante, él recogió el objeto, y luego prosiguieron.

   –¿Hasta cuándo? –preguntó Ángel.

   Como esperaba, no hubo respuesta.

   –Sabés que podría dejar de seguirte y buscar mi propio camino, ¿no?

   La sombra seguía impertérrita.

   –¿Me estás llevando de vuelta a mi pueblo o a dónde está ella?

   Siguieron en silencio.

   –Ay, seguro te estoy molestando, pero aunque me gusta el silencio, éste es diferente. Es asfixiante…

   Los árboles estaban cada vez más juntos, por lo que se hacía difícil ver más allá que unos metros. Ángel dio una larga bocanada de aire.

   –¿Viven animales o gente acá? ¿O solo vos y la mujer?

   Continuó balbuceando verborragias, le hacía bien. Hacía parecer aquel lugar un poco más humano.

   Tenía que ponerse de costado para pasar entre los troncos, tal era ya su ancho. Se raspó los brazos y los tobillos.

   –Sombra, ¿cuánto falta? No puedo respirar bien…

   Ya casi no podía hacer pasar el adorno. Pero hacía todo lo que podía para tenerlo consigo. Era importante. Dos veces hizo un esfuerzo supremo para recorrer unos pocos metros. Ya no sabía ni dónde estaba la silueta de la mujer; veía borroso y caminaba como un sonámbulo. Respiró agitado. La oscuridad era cada vez más penetrante; el techo de ramas, la misma noche.

   –¿Sombra?

   No veía nada.

   –¿Me quedé ciego?

   Ángel temblaba. Una tela de transpiración lo cubría entero. Lo único que escuchaba era el sonido creciente de la lluvia contra el techo. El terror lo paralizaba, pero tampoco se podía quedar quieto.

   Dio un paso, y otro más, con las manos delante. Presintió que en cualquier momento se chocaría la cara contra un tronco. En vez de eso, la suela de la zapatilla pisó aire, y antes de que pudiera reaccionar, caía. Por puro reflejo, se encogió con las palmas enfrente. Se precipitó varios metros, golpeándose los hombros y por poco la cabeza, hasta que logró detenerse. Era una escalera.

   No supo cómo no se había quebrado nada.

   Se irguió en la oscuridad y empezó a descender, de a poco, la mano sobre una pared de piedra. Vio una luz en el fondo. El punto se fue acrecentando hasta que pudo observar una puerta. Y la sombra estaba plegada sobre ella. Le hizo una seña con la mano y desapareció.

   Ángel accionó el manubrio.

   El salón de paredes oscuras estaba ante él. Solo que ahora era un lugar iluminado. Una cúpula lo coronaba encima y todo alrededor estaba decorado con pinturas movedizas. En el centro, una silla, y en ella, de espaldas, cabello negro largo.

   Ángel se acercó despacio. Su mano estaba a punto de tomar el hombro de ella, cuando sintió otra mano que lo asió fuerte del brazo.

   –¡No la toques!

   Dedos fuertes lo atrajeron hacia atrás y cayó al piso. Una figura caminó hacia el otro lado de la silla. A Ángel seguía doliéndole apenas el torso y los rasguños en los brazos y tobillos le ardían, pero pudo levantarse. Vio cómo un hombre murmuraba algo mientras tomaba una mano delicada entre las suyas. Ángel frunció el entrecejo.

   –Amor, no tendrás fin; ya no dormirás más porque el sueño es la muerte, la tuya, y la de todos. Amor, no tendrás fin; ya no dormirás más porque el sueño es la muerte, la tuya, y la de todos. Amor…

   El rostro del hombre era macilento, como si sus rasgos se hubieran chamuscado y su cabello y barba se hubieran ensuciado con la peor mugre. Había algo salvaje en sus gestos. Pero a la vez tenía cierta debilidad…

   Ángel se levantó y se mantuvo a distancia mientras veía al hombre. Parecía hacer como que él no estuviera allí. Llevaba un viejo traje de cola, de los años veinte. Estaba raído, con cortes e hilos sueltos en varias partes. Sin embargo, el color negro no se había desteñido.

   Dio la vuelta tratando de no hacer ruido, y pudo contemplar a la mujer desde adelante. Era ella. La misma con la que había hablado en la casa. La misma de su sueño. Pero tenía el rostro como congelado. Los ojos abiertos, la boca en un rictus. No era como la que había visto antes. La vida se le escapaba.

   –Tsukihi, Tsukihi, Tsukihi… –pronunciaba ahora el hombre con angustia.

   ¿Así se llamaba? Ángel notó que le encajaba a la perfección. Como si fuera un maquillaje inherente, los rasgos de las letras que formaban el nombre se entrecruzaban con los del ser que era ella. Y no supo cómo, pero en aquel momento la pudo entender mejor. Su rostro frío en realidad estaba clamando por ayuda. Solamente sus facciones estaban quietas, pero sus ojos temblaban apenas, casi imperceptibles.

   El hombre levantó la cabeza.

   –¿Qué hiciste?

   Ángel retrocedió, y también él temblaba.

   –Décadas de tranquilidad y eternidad, hasta que apareciste, asesino –dijo el hombre.

   Ángel creía que no podría hablar, pero lo hizo.

   –¿Yo asesino?

   –Sí. –El hombre se levantó; una figura marchita y enorme–. Vos. Un nene asesino. La sociedad sí que pudo empeorar todavía más en estos años. No lo creía posible.

   Trató de hablar otra vez, pero solo salió un hálito.

   –Y además, miedoso como una rata.

   Se iba acercando y Ángel pensó con qué podía protegerse. Iba a levantar el adorno, cuando se dio cuenta de que no lo tenía. El corazón le latió más fuerte. Lo había perdido. ¿Dónde estaba? Miró para atrás, hacia la puerta. Seguía abierta. Se le debió de haber caído en el pasillo.

   –Por más que vayas por ahí, no vas a poder escapar. Ya estás condenado. Y te advertí. Exactamente dos veces antes que esta. Pero seguís viniendo, como un estúpido. Ahora ya no sería mi culpa si dejaras de vivir.

   –¿Me lo advertiste?

   –Solamente sabés preguntar, eh. Eso es sabio por lo menos. Sí. ¿No te acordás? Te lo advertí dos veces, y nos encontramos tres, una bajo una apariencia, las otras dos bajo otra. A ver si en tu época todavía saben pensar.

   A Ángel le costaba reflexionar; le caía sudor y el corazón le latía fuerte. Trató de acordarse de aquel hombre. Pero no lo lograba. Hasta que observó la forma en la que caminaba. Observó los ademanes directos y fuertes. Vio la abundante barba descuidada y su traje oscuro. Y se le apareció la imagen en su mente.

   –¿La bestia…?

   –Muy bien. ¿Se me nota mucho?

   –Sí. Aunque eso dos veces, la otra…

   –La primera vez que nos vimos era porque me habías herido. Tantos golpes en el Palacio solo pueden provocar desastres. Una parte de este mundo se fragmentó y fue eyectada hacia fuera. Así es cómo aparecí tirado en medio de las ruinas. Agradezco que hayas sentido compasión por mí, pero eso no terminó de resolver nada. Y a pesar de eso, continuamente y continuamente… –su expresión dura se ablandó casi en sollozo–. Tanto tiempo y tenías que arruinarlo.

   En ese momento, Ángel tuvo un arrebato. Nunca fue consciente de ese pozo que hervía dentro suyo.

   –¡Yo no lo arruiné! Vos hiciste algo anti-natural. No sé cómo, ni qué es en realidad todo esto, pero mantener a una persona en ese estado es tan malo o peor que matarla.

   El hombre sonrió. Ángel llegó hasta la puerta.

   –Veo que algo sabés… –Entrecerró los ojos–. Pero hay otra cosa que no sabés. Yo no lo hice en contra de su voluntad. Yo no la obligué. Ella quiso.

   La respuesta lo hizo detenerse.

   –Sorpresa, ¿no?

   Ángel no sabía qué decir.

   –Las mujeres son así de impredecibles, querido. Ya lo vas a ir aprendiendo.

   –Estás mintiendo.

   –No. Ella quería huir de un mundo demasiado mugriento para su salud. Un momento más y hubiera muerto. Yo la salvé.

   –Pero ¿hasta cuándo? ¿Qué esperás?

   –Nada. Simplemente vivir en paz, por siempre. Y eso no puede pasar con vos acá, malcriado.

   Ángel percibió como si el hombre se hubiera helado un momento. Los ojos se le volvieron blancos y la piel pareció endurecerse. Hasta que de ella comenzó a crecer un pelaje oscuro. El traje fue fundiéndose con el cuerpo y la barba se replegó en su cuello. De la frente nacieron dos cornamentas y la boca se alargó. Le crecieron enormes colmillos y cayó en cuatro sobre el piso. Dio un bufido y salió el sonido de un golpe de entre sus fauces.

   Ángel lo contempló todo con un terror que no había sentido antes. Y cuando la bestia arremetió contra él, creyó que, como la última vez, se dejaría estar por la sorpresa, y moriría bajo los cuernos y los colmillos. Sin embargo, algo lo hizo moverse, y pronto se vio corriendo en dirección a la puerta. Sintió apenas un contacto puntiagudo en la espalda, pero antes de que pudiera golpearlo –o atravesarlo–, traspasó el umbral, y cerró la puerta.

   Se apoyó en ella respirando agitado. Estaba en la más plena oscuridad. La transpiración le corría por la frente y el cuerpo, llenándolo de pegajosidad. El corazón le resonaba como un tambor. Solo un momento más tarde se dio cuenta de que no hubo ni siquiera golpes contra la madera. Nada. Un silencio estático. Tal vez era un pasaje que separaba los dos lugares como un muro impenetrable. Fuera como fuera, no se quería mover de allí de momento, y en la negrura se perdió en pensamientos.

   Aquel hombre –o lo que fuera– había encerrado a Tsukihi en un espacio sin tiempo. En la “vigilia” había dicho, sin sueños. Y a pedido de ella. ¿Era mentira? Ojalá… Pero aunque no lo fuera, no podía no hacer nada. Aun si ella hubiera aceptado, debía de haber estado ciega ante la locura de aquel ser. Ángel frunció el ceño. Le había dicho que se habían encontrado tres veces. Pero solo en dos ocasiones había visto a la bestia. A menos que haya cobrado otra forma… ¡Ah!, ella. La primera advertencia en el salón de paredes oscuras. No había sido Tsukihi, sino él con su apariencia. Podía transformarse en quien quiera. ¿Qué era?

   Ángel percibió un brillo en la oscuridad. Tanteó adelante, y agarró algo. El material protuberante hundió la piel de sus palmas. Una sensación repugnante le corrió por la sangre. Sintió un miedo intenso, y pensó en huir por el lado opuesto, a través del bosque y del prado, para refugiarse en la casita, lejos de todo. Pero de esa manera, Tsukihi no se salvaría nunca. No podía dejarla así. Tenía que animarse. Y si algo tenía que ver con poner fin a todo eso era aquel adorno, estaba seguro.

   La puerta seguía silenciosa. Nada. A Ángel solo le provocó terror. Tomó el manubrio y lo accionó. Se abrió lentamente.

   El salón estaba igual. Circular, pinturas alrededor, la silla. Tsukihi… No estaba. Había desaparecido. Dio un paso y miró alrededor. La bestia, o lo que fuera, tampoco se hallaba por ninguna parte.

   Se acercó al asiento de piedra. Se sentó y tocó la calidez que había dejado ella. Había estado tan cerca, y ahora fuera de su alcance.

   Observó las pinturas movedizas. Era una mujer que recogía una flor y la arrojaba al lago. La corriente la arrastró, un pez la atrapó y la llevó hasta el fondo. Pero una caña de pescar lo cazó, y a la flor consigo. Un anciano la tomó entre sus manos, con lágrimas en los ojos. Y la llevó hacia una tumba. La flor se marchitó, hasta que ya no quedó nada.

   Ángel no entendió lo que quería decir, pero le llegó mucho. Se bajó de la silla y fue hacia la puerta opuesta. La abrió.

   Un pasillo ancho. Se acordó del arroyo que surgía de la nada, y sintió escalofríos. Pero no había ya otro lugar al que ir. Con la mano asida al adorno, avanzó.

   No se acordaba de las puertas. Tenían los más diversos tamaños, formas y materiales. Circulares, triangulares, rectangulares; de madera, de hierro y de bronce. Probó abrir una y solo encontró una mesa con una manzana y una música de violín desafinado de fondo. La cerró. Abrió otra y se topó con un abismo dorado y una enorme montaña de jade. Retrocedió, tiritando. Así, una tras otra, encontraba lo más extraordinario, excepto a Tsukihi y al hombre-bestia.

   Agotado, se sentó en el pasillo.

   –¿Quién soy yo para hacer esto? ¿Qué tengo que hacer? ¿Para dónde tengo que ir?

   Solo le respondió el silencio. Ángel se quedó con la mirada perdida en su propia sombra. Cuando, de repente, ésta se estiró y salió de ella la silueta de una mujer. Le hizo una seña con la mano y comenzó a alejarse. Él sonrió atontado y la siguió.

   Era tan rápida que tuvo que correr. Finalmente llegaron a unas escaleras de caracol. Las subieron, casi interminables, hasta toparse con una puerta pequeña. La sombra desapareció en ella. Ángel la abrió.

   Era un despacho circular. Una biblioteca lo rodeaba todo excepto por dos puertas que daban a un balcón. En el centro, un escritorio lleno de papeles desparramados y libros. Alzó la cabeza. Contuvo el abrir la boca del asombro: el cielo estaba dividido en dos; de un lado, la noche repleta de estrellas, sin luna, despejada y lluviosa; del otro, también una noche, con luna, pero cada vez más nublada y opaca, sin gota alguna. Se acercó al escritorio, apoyó el adorno y se puso a ver lo que había allí.

   La mayoría de los papeles estaban escritos en lo que creyó que eran caracteres japoneses. Pero pudo observar bocetos de dibujos a tinta que los acompañaban. En uno, el mismísimo palacio en el que se hallaba parado. Cúpulas de vidrio, ventanas de marco de marfil y cristal, y paredes cubiertas de pinturas titilantes y movedizas. En otro, la casa entre oriental y occidental. Uno muy gastado y empapado de café mostraba lo que parecía ser el palacio, en el medio; a un costado, la luna con la casa oriental; al otro, el sol, con unos garabatos muy juntos debajo. Al principio le costó pensar qué podía ser, pero luego se dio cuenta: su pueblo. Y vio títulos de libros: La alquimia arquitectónica, Teoría de la eternidad, Meditación metamórfica: manual y cosmovisión, y muchos más en lenguas indescifrables. Fue corriendo los papeles uno tras otro, hasta que le llamó la atención uno en especial. Eran unos versos, con unas palabras tachadas y otras sobre ellas. El poema original. Y en el reverso, otro boceto: una especie de objeto protuberante, de rasgos sobresalientes y amorfos. Vio a su costado: el adorno. Volvió a la hoja, pero le llamó la atención algo: estaba dibujado sobre una transparencia a su vez pegada al poema. Levantó el papel transparente y debajo encontró otro diagrama, que coincidía con el centro mismo del objeto: una llave.

   Ángel suspiró extasiado. Sin esperar un segundo más, agarró el adorno con las dos manos. Lo levantó y luego lo arrojó al piso con todas sus fuerzas. Estalló en pedazos. Y entre los fragmentos y el polvo, quedaban dos cosas: un rollo de papel, y una llave.

   Los tomó, con una sonrisa radiante. La llave estaba oxidada y con muecas. Guardó las dos cosas en el bolsillo, y cuando levantó la cabeza, la vio. El cabello negro se mecía de un lado para el otro, afuera, en el balcón.

   Salió, y la visión lo conmocionó. De un lado, una pradera extensa hasta el horizonte, brillante por la llovizna que caía desde ninguna nube. Rodeada por un bosque, y la casita al fondo, casi diminuta. Del otro lado, el lugar que conocía desde siempre: su pueblo. El camino de tierra cruzaba el campo hasta llegar a la escuela. Vio su propia casa, lejos. Sintió nostalgia y se dio cuenta que extrañaba todo eso. Sus papás, el colegio, los amigos. Pero su atención fue captada de inmediato por algo más: ella. Dada vuelta y mirando al horizonte.

   Al acercarse, Ángel fue todo el tiempo consciente de la llave que llevaba. El viento le hacía levitar el cabello y el kimono azul.

   –¿Tsukihi? Creo que ya sé cómo sacarte. Podés ser libre.

   Ella no respondió. Parecía seguir en ese estado como de hipnosis.

   –Tsukihi… –Le tocó el hombro.

   –Veo que no sos tan estúpido como creía, eh.

   La muñeca de Ángel se vio dado vuelta y su cara fue aplastada contra la piedra del balcón. Gritó del dolor.

   –Vamos a hacer una cosa. Te tiro a tu mundo, te olvidás de que todo esto existe y seguís con tu vida, ¿te parece?

   Ángel pudo ver con el rabillo del ojo al hombre-bestia hablándole mientras le sacaba la llave y el manuscrito del bolsillo.

   –Sigo sin entender cómo hiciste para encontrar esto, pero no importa. Ya terminó, nene. Basta. Esto no es un juego, ni un cuento, sino que es… –Ángel sintió un dolor agudo en el cuello y gritó–. Es la vida de una persona.

   Otra mano en la espalda y se vio impulsado hacia la puerta de vidrio. Se tapó la cara con un brazo. La atravesó en una nube de fragmentos y fue a parar contra el escritorio, que se volcó junto con todos los libros y papeles. Se preguntó cuántos golpes había recibido en un día, y supuso que fueron más que en toda su vida. Trató de levantarse y solo consiguió darse vuelta.

   –¿Entonces? –preguntó el hombre-bestia–. ¿Querés terminar con esto y volver a tu camita?

   Ángel pudo notar algo más que pedazos de vidrio, libros y papeles entre sus pies: una mano. Mejor dicho, la silueta de una mano, y señalaba. La siguió con la mirada, hasta llegar a su propia palma. Se dio cuenta de que tenía el primer borrador del poema en ella. ¿Cuándo lo había agarrado? Se debió haber caído junto con todas las cosas del escritorio.

   –¿Qué tenés ahí? –preguntó el hombre-bestia.

   Ángel hizo todo el esfuerzo que pudo y consiguió sentarse contra el escritorio volcado. Leyó el final.

Amor, no tendrás fin;

ya no existirás más

porque el sueño es la vida,

la tuya, y la de todos.

 

   Levantó la cabeza.

   –Las palabras “existirás” y “vida” están tachadas, y reemplazadas por “dormirás” y “muerte”. Vos sabías lo que estabas haciendo. En un… lapsus creo que se dice, dijiste lo que no tenías que decir. Que esto, en realidad, no tenía ningún sentido.

   El hombre-bestia negó con la cabeza.

   –No, esto es lo que debía hacerse. ¡Y vos no tenés nada que ver acá!

   La transformación fue imperceptible esta vez. En un parpadeo, él seguía allí. En el siguiente, la bestia estaba casi encima de Ángel. A duras penas saltó hacia delante. Escuchó la explosión de madera detrás, pero no se dio vuelta. Agarró la llave y el poema que el hombre-bestia había dejado caer, y se los metió de vuelta en el bolsillo. Salió de la torre, no sin antes cerrar de un portazo.

   Bajó, saltando de tres en tres. Detrás escuchó cómo la puerta chocaba contra la pared y el sonido de garras contra la piedra. Llegó hasta el rellano, pero había dos puertas y un pasillo. ¿Dónde estaba Tsukihi?

   –¡¿Sombra?! ¡Ayudame, por favor! –gritó.

   No hubo respuesta y las garras estaban casi sobre él. Corrió por el pasillo central.

   La llave tintineaba a cada paso y el sonido de los golpes resonaba detrás. No había manera de llegar a algún lado antes de que lo redujera a carne y huesos. La opción de dejarlo vivo en su mundo había quedado atrás.

   Las puertas y los pasillos pasaban unos tras otro, y todos le decían lo mismo a Ángel: nada. Esperaba aunque fuera alguna señal, pero la bestia se acercaba y la señal, no.

   Las piernas desistieron. Y tropezó. Sucedió en un breve instante que pareció una eternidad. La llave salió disparada, dando vueltas. Brillo tras brillo reflejaba algo oscuro en los bordes. Ángel se volteó y allí estaba: una melena de la que sobresalían dos cornamentas, y debajo, una boca como un hoyo repleto de espinas. Se dio vuelta otra vez, dispuesto a tomar la llave entre los dedos. Ya casi estaba en su mano, pero también el suelo, cuando llegó la señal.

   El agua creció de la nada. Un torrente que hizo volver todo a su ritmo y arrastró a Ángel. Se vio sumido en un torbellino de espuma y sal. Apenas pudo respirar antes de sumergirse, pero en su interior agradeció. Cerró los ojos y se dejó llevar.


Un suelo de mármol, ropa pesada, músculos doloridos, bocanadas de aire. Ángel se dio vuelta y abrió los ojos. No veía nada. Lo arrebató un terror inmediato. ¿Se había quedado ciego? ¿Estaba inconsciente? ¿El lugar era pura oscuridad? Flexionó los brazos. Y como si hubiese sido un velo, la oscuridad se corrió.

   Alrededor, las hojas abanicaban un claro de luz y sombra. Ángel no podía creer lo que estaba viendo. Sobre su cabeza se alzaba un sol vivo, al otro lado una luna, y debajo un claro de mármol rodeado de árboles. En el centro, una cama de piedra, y sobre ella, Tsukihi. Pronto descubrió por qué había estado todo oscuro. La sombra se había acostado sobre él, y ahora se acercaba al centro.

   Ángel se levantó y caminó como sonámbulo. La ropa le chorreaba y las gotas formaban un sendero de agua sobre el mármol. Tenía la mano apretada en un puño. No lo había abierto en ningún momento desde que el arroyo lo cubrió. Llegó hasta los pies de la cama.

   Lucía hermosa. El cabello se derramaba sobre la piedra como una aureola. La piel brillaba bajo la luz plateada y dorada. Pero los ojos bien abiertos no expresaban ningún rastro de vida. Para Ángel, nadie debía hallarse así. Sintió un nudo en la garganta y ganas de llorar. De pronto, escuchó el sonido de un golpe y luego de algo líquido que se vertía sobre el suelo. Vio hacia atrás. La bestia. Vomitaba. Chorros como de nácar caían sobre el mármol, haciéndolo humear.

   –Ahora no me podés hacer nada, ¿no? Se nota que el agua no es para vos –se burló Ángel.

   La bestia lo miró y avanzó un paso, cuando se estremeció y volvió a vomitar.

   Las cornamentas se metieron hacia adentro y la melena se hizo cabello y barba. Pero el resto del cuerpo animal se mantuvo mientras la cara humana seguía expulsando el líquido. Era una visión monstruosa.

   –Ahora ya sé quién me estuvo ayudando todo este tiempo. Tenés que saber, hombre-bestia, que la gente se defiende. Y si se defiende es porque nunca quiso hacer lo que vos deseabas.

   La bestia seguía deformándose. El traje negro se revelaba tras el pelaje, para luego desaparecer en él. La cola crecía y se retorcía; se extinguía y volvía a surgir.

   –Ahora ya no vas a poder oprimir a nadie nunca más. Ni a ella. Ni a mí.

   Levantó el puño y lo abrió. La llave relucía, seca. La sombra esperaba a su lado. Movía los dedos, animándolo. Entonces, Ángel bajó el brazo y depositó la llave en el pecho de Tsukihi.

   Lo que sucedió luego fue demasiado para el espacio de un segundo. La sombra escaló la cama y se zambulló en el cuerpo. El rostro frío ganó el brillo del calor, y dio un solo pestañeo. Luego, se mantuvo todavía con la vista fija arriba, como si nada hubiera ocurrido, hasta que de golpe se levantó con una bocanada de aire, pestañando sin parar. Llevó la mirada de un lado al otro, erráticamente. Empezó a llorar y a respirar agitada. Ángel tardó en reaccionar. La intentó tranquilizar con una caricia en la espalda, pero ella lo rechazó con un ademán brusco. No sabía qué más hacer, cuando percibió algo extraño en el ambiente. Las hojas de los árboles se sacudían. Antes también lo hacían, pero ahora era con un movimiento aún más frenético. Y la luna y el sol sobre su cabeza vibraban a una velocidad cada vez mayor. Ángel pensó que ese lugar no duraría mucho más. Y tenía sentido; el único propósito para el que estaba hecho ya no existía, y lo único que parecía mantenerlo era esa llave y…

   Eso faltaba.

   Sacó el poema del bolsillo. Apenas lo hizo, captó la atención de Tsukihi como un imán. Dejó de llorar y se lo quedó mirando, como hipnotizada. Entonces, Ángel se lo entregó. Las manos delgadas lo tomaron, temblando. No podía esperar más, estaba seguro de que si permanecían un momento más el palacio los sepultaría.

   De repente, una ola de ardor cruzó su espalda. Se echó al suelo en alaridos.

   –¡¿Qué hiciste?! –la voz se mezclaba con gruñidos de golpes–. Lo arruinaste todo, todo, todo…

   Empezó a sollozar un ser deforme entre bestia y hombre, que seguía cambiando. Se abalanzó sobre Ángel. “Ya está”, pensó. “Por lo menos traté”.

   Estaba preparado para sentir las garras en la carne, cuando un cuerpo se interpuso entre los dos. Antes de que se diera cuenta, Tsukihi lo había protegido. Cayó a un costado con una herida humeante en el estómago. Y el ser deforme no tardó en entender lo que había ocurrido.

   –No, no, no.

   Se aproximó al cuerpo.

   –Soy un monstruo.

   Se miró las manos cambiantes.

   –¿Qué te hice?

   Se arrodilló. Pero ella parecía inconsciente.

   –¡La mataste! –gritó Ángel–. ¡Sí que sos un monstruo!

   Se echó a él entre lágrimas. Pero el ser lo esquivó. Y se quedó mirándola, con la vista vacía.

   –Sí, soy un monstruo. Lo soy, y ya nada tiene sentido. Toda mi vida consistió en extender su vida, y estar juntos, y amarnos en la eternidad, pero ahora todo se derrumba, todo muere. ¿Qué es el fin? ¿Cómo puede terminar algo? No entiendo…

   Estaba perdiendo la poca razón que le quedaba. Ángel sintió ganas de golpearlo, patearlo, morderlo, pero se dijo que ya no valía la pena. Y en ese preciso instante una ráfaga desgarró las ramas de los troncos, y una pegó al ser de lleno en el rostro. Pero siguió estacado a la tierra, todavía cambiando, mientras se repitía para sí: “soy un monstruo”, con hilillos de sangre en la cara.

   Ángel se acercó a la mujer y le tomó el pulso. Estaba viva. La intentó levantar, pero cayó de sus brazos. En ese momento, escuchó un sonido como de ruptura. Miró hacia arriba. El sol se estaba resquebrajando, y unas hebras de fuego crecían como tentáculos de las rasgaduras. Decidió tomarla de los brazos y la empezó a arrastrar. Estaba muy pesada.

   –Yo… yo puedo. Solamente ayudame a levantarme.

   Le alegró escuchar esa voz otra vez. Hacía mucho tiempo desde que la había oído. Y entre toda la destrucción y la sangre, esas palabras lo animaron. La ayudó a erguirse, un brazo sobre el cuello de Ángel, el brazo de él rodeando la cintura de ella. Tsukihi se paró con una mano cubriéndose el estómago ensangrentado. La miró preocupado, pero ella le devolvió una débil sonrisa y dijo:

   –Gracias.

   Ángel le sonrió. Y avanzaron hacia lo que era una puerta camuflada entre los árboles. Antes de atravesarla, vio hacia atrás. Los árboles se despedazaban y al suelo de mármol le crecía fisuras como raíces. Él ser seguía parado. Y no se distinguía ya lo que era. Ni hombre, ni monstruo. Estaba arrodillado, murmurando. Ángel no pudo evitar sentir lástima por él. Tsukihi ni se había dado vuelta. Juntos, salieron de allí.

   Fueron de pasillo en pasillo, ella guiando el camino. A medida que los cruzaban caían pedazos de mampostería y el suelo temblaba cada vez más. Varias veces se vieron precipitados hacia un lado y al otro. Se hacía interminable, y Ángel pensó que no llegarían a ningún lado. Ella todavía parecía aturdida y era muy posible que en ese estado se perdiera.

   Sin embargo, allí estaba. Una puerta gigantesca. Y para sorpresa de él, a un costado se encontraba la niña. Los saludó con la mano y Tsukihi le envió un beso. Luego, Ángel y ella se miraron entre sí. Asintieron. Y atravesaron la puerta.


Ángel sentía algo áspero contra la espalda. Se dio cuenta de que estaba sobre rocas y tierra. También se dio cuenta de que tenía los ojos cerrados. Los abrió. Vio sobre él un cielo nublado. El silencio lo cubría todo. ¿Había sido todo un sueño?

   Se levantó, cuando sintió varios dolores en todo el cuerpo. Algo manaba de su espalda y de su torso, brazos y tobillos sentía un ardor palpitante.

   Miró a su alrededor. Eran las ruinas de la casa. La madera de la puerta estaba hecha añicos en el suelo. Pero también el marco se había caído a pedazos. Volteó la cabeza, y la vio. No había sido un sueño. Estaba boca abajo. Se acercó, y la dio vuelta, delicadamente. Ángel no pudo contener una exhalación.

   Era una anciana. Una mujer arrugada, en kimono y de ojos rasgados. Los llevaba entrecerrados. Las facciones estaban relajadas, en paz. Ciertamente, su belleza seguía intacta a pesar de todo. Posó su mano en el rostro de Ángel.

   –No me ofende si te sorprendés. Ya me vi las manos. Ya leí el poema. Es triste que haya sido así, pero así es… –Tosió con espasmos–. Perdón…

   Él no sabía que decir. Se la quedó mirando. Tsukihi respiraba entrecortadamente, con una lágrima en el ojo, y dijo:

   –Todavía no podés creer nada, ¿no? Tranquilo, yo sigo sin entender.

   –Pero ¿qué pasó? ¿Quién era ese hombre? ¿Por qué la encerró en una larga… vigilia?

   La anciana hizo lo que Ángel menos esperaba: sonrió.

   –Era un loco, y uno muy peligroso. Aunque tardé demasiado en darme cuenta. Al principio solamente me había parecido un occidental de lo más excéntrico, y yo tengo una debilidad especial por los excéntricos. Espero que no te llegue a pasar lo mismo con las mujeres… –Tosió aún más fuerte y se llevó las manos a la panza–. ¿Cómo te llamás? Nunca me dijiste tu nom…

   –Me llamo Ángel, pero no importa eso ahora. Necesitá ir a un médico.

   Tsukihi negó con la cabeza.

   –No, no. Ya me rescató un ángel. Qué apropiado. No soy creyente, pero de verdad fuiste un ángel que cayó de la nada. Sin vos, no sé cuánto hubiera durado eso. No hay palabras para agradecer todo lo que te merecés.

   –Pero ¿era consciente de lo que pasaba?

   –Solo la mitad. Una mitad vivía en la mentira, en una casucha en el medio de la nada, aunque yo me creía en una mansión rodeada de gente y de vida. El tiempo pasaba pero no era consciente de él, y un solo té era un festín. Pero la segunda mitad sabía todo, y lo que no sufría la primera, a ésta le dolía el doble. Y el tiempo… Esta mitad sentía cada segundo como fuego grabado en…

   Tosió tan fuerte que escupió sangre. Ángel se sacó la remera y le limpió la boca, pero ella no le dio importancia.

   –¿Y por qué esa mitad consciente nunca reaccionó?

   –¡Ojalá hubiera podido antes! Pero vos conociste muy bien a esa mitad; fue la que te guió todo el tiempo.

   –¡La sombra!

   Tsukihi asintió.

   –Por lo que respondiendo a tu pregunta, sí, fui consciente de lo que pasaba y de vos, Ángel. Fuiste la primera luz de libertad que me alumbró después de tantas décadas.

   –¿Cuántas?

   –Puf, me pedís lo imposible. Ya perdí la cuenta y no quiero saberla.

   Se mantuvo en silencio mientras miraba arriba. Él hizo lo mismo. Nunca había visto el cielo tan iluminado en la noche, excepto por aquel otro mundo. Se había despejado de un momento al otro. Había demasiadas estrellas, la luna estaba enorme, y al costado… Le pareció ver un astro inusual, tan grande como el mismo sol…

   –No sabés lo hermoso que es que no llueva con el cielo despejado. Ay, cómo extrañaba esto –murmuró Tsukihi.

   Le rodaban lágrimas por las mejillas.

   –Ya estás acá. Vamos al pueblo, por favor –dijo Ángel–. La van a poder curar y va a poder vivir ahí…

   –¡No me trates más de usted! Lo único que te pido. Si él me obligó a vivir siempre de joven quiero mantener por lo menos eso hasta el final.

   –Pero este no tiene por qué ser el final… –sintió un nudo en la garganta.

   –Sí, es el final. –Tsukihi lloraba a raudales, y una sonrisa se extendió de comisura a comisura, haciendo resplandecer cada arruga como una hebra de luz–. Y te lo agradezco muchísimo Ángel. Me liberaste. Por fin, después de tantos años, soy libre. Y gracias a vos. Recordá esto para siempre, y cada vez que estés triste, cada vez que te sientas en un pozo del que creés que no vas a salir, acordate de que salvaste a una mujer de la locura, y entonces esto habrá servido de mucho más…

   –¡No te mueras, Tsukihi! ¡¡¡No te mueras!!!

   –Gracias. Por todo.

   Los ojos de la anciana se cerraron, su sonrisa se mantuvo. Y las lágrimas de Ángel cayeron sobre ella, una tras otra. Sollozó durante no supo cuánto tiempo, sin poder pronunciar palabra alguna. Pero sabía que no podía quedarse ahí eternamente, por todo lo que le doliera. Y también sabía otra cosa: no debía quedar ahí, a la intemperie, pero tampoco podía contarle a nadie del pueblo sobre ella para darle apropiada sepultura. Ocasionaría preguntas y más preguntas, que nunca encontrarían respuestas creíbles. Entonces, decidió hacer algo que ningún chico de su edad debería hacer. Excavó con sus propias manos un foso al costado de las ruinas. El dolor en el cuerpo no quería dejarlo, pero él insistió. Y cuando las estrellas habían casi desaparecido, sustituidas por la luz del amanecer, arrastró el cuerpo de Tsukihi, lo posó en el hoyo, y lo rellenó con tierra. Vio su rostro por última vez bajo los rayos del alba. Sus ojos rasgados, su kimono azul, todo entintado de luz. Estaba más bella que nunca. Por fin había podido soñar. Y luego, la tapó.


Cuando volvió a casa, fue directo a la cama. A pesar del cansancio, no podía dormir, y en el insomnio se preguntó si había pasado el mismo tiempo allí que dentro de aquel mundo. Cuando entraron sus papás, pudo comprobarlo. No había pasado ni un día. No dieron ninguna alarma de que se hubiera ido. Ángel los abrazó muy fuerte, mientras ellos estaban todavía incrédulos, llorando de alegría. Se las arregló para que no descubrieran ninguna de las heridas, hasta que se les curaran. Al poco tiempo, prefirieron olvidar lo que había ocurrido. Volvió a hablar con sus amigos, y su atención volvió a enfocarse. A los ojos de los demás parecía ser el mismo otra vez, pero Ángel no se sentía así. Luego de aquello, todo le parecía vano. Le costaba interesarse en lo que estaba a su alrededor. Nadie podía ver las cosas como él las veía.

   Intentó averiguar sobre una mujer oriental desaparecida en el pueblo hacía décadas. Al principio, no encontraba información. Empezó a preguntar a los más viejos y contaban que no se habían olvidado; efectivamente hubo una desaparición hacía casi setenta años. Se los tenía de chiflados, y vivían en una casa mandada a construir por ellos mismos, en las afueras, aislados de todo. Nadie sabía de dónde habían llegado, pero se habían establecido allí y tenían el mínimo contacto con la gente. Hasta que un día se escuchó una explosión, los vidrios temblaron y las paredes del pueblo se sacudieron desde los cimientos. Cuando fueron a ver, la construcción estaba hecha pedazos. Solo quedaba la puerta, y no se veía ningún cuerpo. Se los buscó y buscó, pero pronto se fueron olvidando, hasta que solo quedó la leyenda.

   A pesar de todo, Ángel continuó visitando las ruinas, en contra de su voluntad. Algo lo movía a ir. Se decía que no volvería, pero volvía. Y aunque ya no había puerta, ni marco, él golpeaba el suelo repleto de añicos. Golpeaba hasta quedarse dormido. Y aunque al despertar no se acordaba, se reunía con Tsukihi en su casa. Tomaban el té, charlaban, y ella le sonreía mientras afuera llovía desde ninguna nube.

Fin de Golpes.

Alex Dan Leibovich

Fotografías:

Carta y llave:

Bron-Yr-Aur – Led Zeppelin

Voces que valen ser escuchadas

Significado de Oniroscopio

Palabra resultante de dos vocablos: “Oniro”, que en griego significa "sueño" (los “oniros” o “oneiros” son los hijos del dios del sueño, Hipnos, en la mitología griega) y “-scopio”, que en griego significa “instrumento para mirar” o simplemente “mirar”. De esta forma sería equivalente a “mirar sueños” o “instrumento para mirar sueños”. Así, el simbolismo radica en ver lo fantástico en la realidad o el sueño en la vigilia.