Golpes. Parte 2.

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Sentía todo el cuerpo acalambrado, como si no lo hubiera movido por mucho tiempo. Se levantó y tropezó, y volvió a levantarse. Salió de la casa. Era de noche. Cuando sus músculos se hubieron acostumbrado, la caminata se volvió trote. Encontró el camino de tierra y llegó a las ruinas. “No vuelvas más”, las palabras sonaron como vapor.

            La puerta se erguía solitaria. Ángel se acercó. La golpeó. Los nudillos fueron hacia atrás y hacia delante, y hacia atrás y hacia delante, hasta que con un gruñido seco, los goznes se cayeron y la madera se quebró.

            Ángel se quedó pasmado. Solo quedaba el marco. Las ruinas estaban incrustadas dentro de él. Un cuadro de tierra, estrellas, piedras y madera. No había nada más. Sentía que algo había terminado, que no había paso atrás. Levantó la mano y se la vio; pedazos de astillas se hallaban clavados en la piel, pequeñas hebras sangrantes. En ese momento un cosquilleo le dijo lo que debía hacer. Provenía de ningún lado y en verdad no le importaba saber de dónde.

            Se mojó los dedos de la otra mano con la sangre, y al acercarse al marco, tiñó la madera de rojo. Lo expandió por todo el rectángulo. Luego, se sentó enfrente, y cerró los ojos. Cuando los abrió los bordes resplandecían del plateado de las estrellas y el blancor de la luna. Y en el umbral estaba parada una niña, con las manos abiertas.

            Ángel dio un paso, y cuando tomó la mano de ella supo quién era: la mujer con la que se había encontrado en el último salón, pero con muchos años menos encima. Le sonrió y contempló la gigantesca construcción que se cernía detrás de ella: cúpulas de vidrio, ventanas de marfil y crital, y pinturas titilantes y movedizas. Las puertas se abrieron y lo guió por un pasillo ancho y ornamentado. Pero esta vez, Ángel habló.

            –Por favor, no me sueltes ni me dejes acá perdido, te necesito un rato más.

            La nena lo miró con expresión pícara.

            –¿Y por qué creés que me necesitás? Solamente soy una niña.

            –No te creo. No sos solo una niña. De eso ya estoy más que seguro.

            –¿Y entonces para vos que soy?

            –Sos… –Ángel titubeó–. No sé bien todavía, pero alguien misteriosa y extraña. No como todos los de afuera, de esos aburridos y grises.

            –No te entiendo nada. –La nena se rió–. Pero sos simpático. No sé por qué pero siento que hace mucho que hablo con alguien, y escucharte me hace bien, aunque no te entienda.

            Ángel sonrió, y casi se llevó por delante la esquina de un pasillo. Cuando miró otra vez la niña había desaparecido y estaba solo en un pasillo ancho de las más diversas tonalidades. Notó, tal como se ve a lo lejos cuando hace calor, que las paredes temblaban y se distorsionaban. Sintió de repente un terror profundo. No supo por qué hasta que lo escuchó: el fluir de un torrente de agua. Iba a correr, pero sus pies estaban relantizados; caminaban por un estanque que iba creciendo y lo terminó arrastrando. Lo siguiente fueron gritos, esquinas y puertas cerradas. Se chocó contra todo mientras se hundía, y de un momento al otro –no supo si por perder el conocimiento o por una rapidez imperceptible–, se encontró empapado a los pies de un salón de paredes oscuras. Dio largas bocanadas de aire mientras intentaba acostumbrarse al nuevo ambiente. Al salir del ensimismamiento se dio cuenta dónde estaba. No quería que se repitiera lo mismo de siempre, así que se dio vuelta y observó de dónde había venido. No había puerta, solo una pared oscura. Palpó pero no había hendidura. Decidió entonces el camino contrario: avanzar en vez de retroceder.

            Ya no se veía a sí mismo, tal era tal la oscuridad que aumentaba a medida que caminaba. Era interminable. Hasta que se chocó contra algo con forma de picaporte. Abrió.

            Un jardín de rosas, amapolas y violetas entre robles y zorzales que cruzaban de rama en rama decoraba la entrada de una casa de piedra y madera. Se quedó boquiabierto. Frente a él se hallaba el mismo lugar que siempre había visitado, pero no en ruinas, sino que parecía recién construida. Se acercó con el corazón palpitante, y golpeó.

            Pasaron unos segundos. La puerta seguía igual de quieta. El picaporte se mantenía horizontal. Ángel escuchó la brisa que movía las hojas de los árboles y las flores. La manija se movió hacia abajo.

            Estaba frente a frente a la mujer del sueño. Llevaba una especie de kimono de colores suaves y parecía unos años mayor que la última vez que la había visto. Pero la hermosura del jardín no podía igualarse a la de ella.

            –¿Qué se le ofrece? –preguntó con una expresión desconfiada.

            Ángel no podía creerse ahí todavía, pero de alguna forma las palabras lograron salir de su boca.

            –¿No te acordás de mí? Me dijiste que no volviera a tocar la puerta.

            Ella frunció el ceño.

            –No me acuerdo de nadie a quien le haya dicho eso.

            –¿Seguro que nadie? ¿No te acordás? Fue en un salón de paredes oscuras, en un palacio inmenso…

            –Ah, ya sé. –Ella sonrió–. Sos uno de esos chicos que quieren seducirme con disparates… Me sorprende lo creativos que son ya.

            Cerró la puerta.

            Las ventanas reflejaban el jardín y las paredes blancas brillaba con la luz del sol. Era sencilla, de un piso, pero a la vez majestuosa. La casa era sencilla y majestuosa a la vez. Aparentaba ser un mestizaje entre lo oriental y lo europeo, ya que su tejado azul tenía puntas onduladas y la estructura era fuerte como la de un castillo.

            Ángel solo contemplaba para distraerse de lo que lo había ocurrido. No se animaba a golpear otra vez, pero tampoco se iría fácilmente.

            Dio un rodeo. Cada ventana que pasaba estaba cubierta con persiana. Ni un helecho, ni zarza crecía a sus pies, todo estaba cuidado. Hasta que encontró una ventana, más pequeña que las otras, descubierta. Se asomó.

            Dentro, era la casa más sencilla que podía esperar. Y efectivamente era oriental. Tenía paredes de madera finas como hojas y un suelo limpio y casi vacío de muebles, a excepción de una cómoda y una mesita con un florero. Trató de acomodarse en otra posición y cayó sentado, quebrando una rama y raspándose la cadera. Ángel esperó que no lo haya escuchado. Cuando se levantó otra vez, frotándose del dolor, la vio del otro lado de la ventana, observándolo. A pesar de que sus labios se apretaban, sus ojos no mostraban furia alguna. Ángel los veía incapaces de eso.

            –¿Te lastimaste mucho? –le preguntó ya adentro de la casa, sentados uno frente al otro sobre una manta.

            Negó con la cabeza. Ella hizo una mueca con la boca que parecía decir, “estos chicos torpes…”

            –Respondeme ahora, ¿por qué estás acá?

            Ángel se frotaba la cadera disimuladamente.

            –Si no me creíste la primera vez que te dije no me vas a creer lo que te voy a decir ahora.

            Ella no respondió y con solo un gesto de las manos le animó a hablar. Así, Ángel le contó cómo había encontrado las ruinas de una casa de las que solo se mantenía una puerta, cómo la había golpeado una vez tras otra hasta que una noche soñó que entraba en un palacio. Y cómo se había repetido el sueño noche tras noche, hasta que había hablado con ella en un salón de paredes oscuras, y a pesar de su advertencia, había franqueado otra vez la casa.

            Cuando terminó el relato ella seguía sin inmutarse. Apenas pestañó. Se levantó.

            –¿Querés un té?

            Ángel asintió.

            Fue a prepararlo y él se entretuvo observando en profundidad la casa. Todo era sencillo y sutil. La mesita, las paredes finas como el aire, los muebles rudimentarios. Sin embargo, había algo que resaltaba: un adorno. Era protuberante, de manchas como pequeñas cúpulas insertadas sobre una superficie barrosa y deforme. Provocaba un contraste aterrador con el resto de la casa. Le produjo nauseas. Se preguntó cómo no lo había podido ver antes.

            La mujer volvió con diversos utensilios. Le indicó cómo agarrar la taza, que no tenía asa, y las palabras que debía decir. Ángel siguió las instrucciones sin preguntar. Nunca probó un té así. Era intenso como una fruta dura, y a la vez tenía una fuerza que lo pateó hacia delante. La mujer le sonrió.

            –Es normal que sientas eso. Ya te vas a ir acostumbrando.

            Ángel asintió avergonzado. Mientras tomaba dirigió de nuevo la mirada al adorno.

            –Mirá, te voy a decir la verdad –dijo la mujer–. Nada de lo que me dijiste tiene sentido para mí. Pero a la vez siento tu sinceridad, cosa que me hace sentir incómoda y algo perturbada… Sí, seré la de tus sueños; y sí, será esta casa la de las ruinas, pero no sé que tiene que ver eso con aquellos versos ni esa advertencia conmigo misma. Y si lo supiera con gusto te diría… –dio un sorbo a su taza–. Es muy extraño, y no sé cómo ayudarte, esa es la verdad.

            Ángel la vio tomar el té con absoluta serenidad. Le maravillaban sus labios como de papel o de pétalos mojarse con la sustancia ámbar. Probablemente era el evento más bello que haya visto en toda su vida.

            –Pero no entiendo… Te vi una y otra vez de niña, te vi de joven, ahora mayor. Tiene que haber algo, no pudo ser todo para nada. No me puedo ir sin respuestas.

            Ella lo miró asustada. Ángel se dio cuenta de que había subido el tono de voz. La mujer parecía una porcelana a punto de romperse ante el menor rasguño.

            –Perdón… Pero creo que todavía no puedo digerir todo lo que pasó y estoy sintiendo cosas extrañas…

            –Es normal también. –Sonrió mientras le pasaba el té–. Después de todo lo que me contaste, no creo que puedas ser el mismo.

            Ángel negó con la cabeza.

            –¿Qué es eso? –preguntó en dirección al adorno.

            Ella se volteó y volvió a mirarlo.

            –¿Qué cosa? ¿La cómoda?

            –No. Ese adorno raro.

            Ella frunció el ceño.

            –Creo que es mejor que te vayas, se hace tarde.

            Ángel se inquietó. ¿No podía ver ese objeto? Quiso seguir insistiendo, agarrarlo, ponerlo frente a sus ojos, pero solo pudo asentir con la mirada seria de la mujer clavada en su frente.

            –Disculpá…

            –No pasa nada. –Sonrió–. Podés venir otra vez, serás bienvenido, ahora ya es tarde.

            Ángel tenía la mente hinchada de preguntas, pero no había caso. Se dejó guiar hasta la puerta y tras un saludo con la mirada, salió.

            El jardín lucía entintado de oro y verde. Todo estaba en paz. Todo parecía puro y recién nacido. Recordó la piedra y la madera desparramadas, la tierra desnuda, la atmósfera gris; ese ya no era el mismo lugar. Comenzó a caminar hacia la salida, cuando se dio cuenta de que no estaba. Tal como se había encontrado dentro de aquel palacio, se sentía perdido. No había ninguna niña que lo guiase, ni ninguna mujer que lo sacase del sueño. Sin embargo, además del miedo, tuvo un placer enorme con esa magia que impregnaba el aire.

            Sin darse cuenta, de manera automática, empezó a caminar oliendo las flores, observando el cielo y alejándose cada vez más de la casa mientras se sumergía en sus pensamientos. La extraña mujer, el adorno, sus palabras. El aire como de azúcar entraba en sus pulmones. Y un rocío se deslizó por su piel. Se sentía fresco y nuevo. Levantó la cabeza y se dio cuenta entonces de que no era rocío; una llovizna caía desde ninguna nube. Sonrió y se dejó mojar. La casa estaba lejos y la pradera proseguía hasta un horizonte sin fin. A unos metros ya debía encontrarse el camino que lo llevara desde su casa a la escuela, pero solo había pasto y más pasto empapado por la lluvia. Escuchó un golpe.

            Se dio vuelta. Había una mancha a lo lejos. Se acercaba, haciéndose cada vez más grande. Y consigo, un golpeteo en aumento. Entonces percibió una forma negra, con melena y cornamenta, más inmenso de lo que pensaba. Lo recordó moribundo. Lo recordó como una criatura indefensa. Y ahora no sabía si huir o esperar. De todas formas, ya era tarde; se hallaba casi delante suyo y escapar era impensable.

            Un dolor palpitaba en el pecho de Ángel. Cerró y abrió los ojos sin ver más que bruma. Por el tacto sintió que estaba sobre el pasto. De a poco, la bruma se fue materializando en cielo y estrellas. No recordaba cómo había llegado ahí.

            Se incorporó.

            La pradera se extendía como el pelaje de un animal. Iba de aquí para allá, casi hipnóticamente. Seguía lloviendo, sin nubes. Había más estrellas de lo normal, tantas que apenas se veían espacios negros. Ángel se frotó la frente, y recordó entonces la cornamenta que lo había arrojado hacia atrás. Recordó el animal inmenso, una especie de mezcla de león y ciervo que tiempo atrás había creído tan solo un pobre ser. Miró a todos lados, y no lo encontró. Pasto, y más pasto, y la casita de la mujer. No le había preguntado su nombre. ¿Cómo se le había pasado?

            Se encaminó a la casa. Recordaba la expresión de ella cuando le señaló el adorno y cómo lo había echado. Había algo mal ahí. ¿En verdad era invisible a sus ojos? ¿O solo había fingido no haber visto nada? La hierba crujió empapada, y el cabello de Ángel se desparramaba sobre su frente, aliviándola. Llegó a la puerta. Y sin dudarlo, golpeó tres veces.

            La puerta se abrió sola. No tenía ningún cerrojo. Ángel se extrañó y esperó por si la mujer aparecía. Pero como antes, nadie lo recibía.

            Entró. A diferencia de la blancura anterior, ahora estaba todo oscuro, apenas iluminado por la luz de las estrellas que entraba por la puerta y por la única ventana sin cortinas. Avanzó despacio. Había un olor extraño en el aire. Le hizo acordar a los ojos de ella, levemente rasgados. La ventana trasera por la que antes había espiado mostraba el prado. Se acercó. La llovizna seguía cortando transversalmente el paisaje.

            Se preguntó cómo podía soportar vivir sola, aislada de todo. Ángel siempre se había creído solitario, pero ella lo superaba.

            –¿Dónde estás?

            Las palabras salieron de su boca sin pensarlo. Se dio vuelta y vio entonces una sombra. Los bordes formaban una mujer esbelta de largos cabellos. Se estiraba a lo largo del suelo. Ángel se sintió petrificado mientras la silueta se movía, cambiando de tamaño, hasta llegar a la cómoda, en donde desapareció. Hizo un esfuerzo de voluntad y consiguió desplazar sus pies hasta ella. Tanteó con la mano en la penumbra y casi tiró algo al suelo. Lo atrapó. Al tacto percibió un objeto deforme y protuberante. Sus ojos se abrieron. Corrió hasta la ventana y allí contempló lo que ya supo que era: el adorno. Bajo sus dedos sobresalían diversas cúpulas pequeñas y dispersas. Sintió que eso no debía estar en sus manos. Pero al mismo tiempo esa prohibición implícita le atraía y lo endulzaba por dentro. Se sentó en el piso, frente a la mesita. Apoyó el adorno y lo comenzó a acariciar. La superficie era resbalosa como si fuera de arcilla húmeda. El corazón le latió fuerte. Todo su cuerpo bombeaba de ansiedad. De pronto, sus dedos sintieron un tacto diferente, rasposo. Parecía de pergamino. Lo asió para sí y retiró de un agujero un tubo de papel. Respiró hondo. Y lo desplegó.

            Tenía forma de poema, pero no podía ver bien en la oscuridad de la casa, así que salió afuera, con el adorno en una mano, y la luz de las estrellas sobre su cabeza.

Desde que te vi

no pude dejar de amarte.

 

Tu belleza es irremplazable,

no debe marchitarse.

 

Aunque yo muera

vos seguirás viviendo.

 

Te construí esto y mucho más

para que nunca sepas del fin.

 

Amor, no tendrás fin;

ya no dormirás más

porque el sueño es la muerte,

la tuya, y la de todos.

 

            Ángel estaba extasiado. Allí estaba la respuesta a todo. Allí estaba el secreto que escondía la mujer. Allí estaba la razón de su encierro en lo recóndito de un palacio de sueños, o mejor dicho, de vigilia.

            Pero, ¿ella misma lo sabía? ¿Había accedido a quien quiera que le había escrito el poema? ¿O fue obligada en contra de su voluntad? ¿Cómo podía ayudarla?

            Se dio cuenta algo tarde de que el pergamino se mojaba más y más por la llovizna. Lo envolvió y lo metió de nuevo en el adorno. Cuando levantó la cabeza, vio otra vez la sombra. Extendida sobre el pasto le hacía señas con la mano. Luego, se fue alejando. Ángel se levantó, y sin titubear, la siguió.

Finaliza en “Golpes Parte 3”

Alex Dan Leibovich

Licencia Creative Commons
Golpes por Alex Dan Leibovich se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.

Fotografías:

Puerta de madera:

Bron-Yr-Aur – Led Zeppelin

Voces que valen ser escuchadas

Significado de Oniroscopio

Palabra resultante de dos vocablos: “Oniro”, que en griego significa "sueño" (los “oniros” o “oneiros” son los hijos del dios del sueño, Hipnos, en la mitología griega) y “-scopio”, que en griego significa “instrumento para mirar” o simplemente “mirar”. De esta forma sería equivalente a “mirar sueños” o “instrumento para mirar sueños”. Así, el simbolismo radica en ver lo fantástico en la realidad o el sueño en la vigilia.