Golpes. Parte 1.

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Ángel golpeaba la puerta. Le gustaba sentir la madera podrida contra los nudillos. A veces probaba un ritmo rápido y corto, otras con una larga pausa entre golpe y golpe, y en algunas experimentaba una melodía con las dos manos. Pero nunca le abría nadie.

            Había descubierto la puerta hacía unas semanas. Se había desviado del camino que iba de su casa a la escuela, y le había llamado la atención un sendero medio oculto. A través de él llegó a un rectángulo de piedras y madera, cubierto por helechos y zarzas. Eran los restos de una antigua casa y solo quedaba la puerta. La madera, por más podrida que estaba, no se caía; y el marco, por más que no tuviera pared, se seguía sosteniendo. Ángel abrió bien los ojos. Su vida había estado repleta de demasiados grises, y ahora se encontraba con otro color.

            Desde entonces, todas las tardes libres se dedicaba a jugar allí. No le había dicho nada a ningún amigo, ni a sus papás; era su lugar.

            Un día encontró en una de los restos de paredes una inscripción. Apenas se leía de lo borroneada que estaba. Solo consiguió entender un fragmento de lo que parecía ser una poesía:

…Y ya no dormirás más,

porque el sueño es la muerte…

Esa frase le produjo un cosquilleo. Lo leyó una y otra vez, y trató de rescatar otros versos, pero no había caso. Sin embargo, sentía que esos dos eran suficientes. Escondían algo.

            A medida que pasaba el tiempo, Ángel prestaba menos atención a sus tareas y amistades. Aquel lugar lo atrapaba más de lo que deseaba. Se acostaba contra la puerta, golpeándola, mientras se imaginaba la posible historia de las ruinas. Una casa maldita, derrumbada por una tormenta; el hogar de seres extraños y deformes, que no debían pertenecer ahí; la propiedad de algún hombre solitario que nunca salió hasta su muerte. Pero los versos se interponían contra todo eso. ¿Qué significaban? ¿Quién no dormiría más? ¿El sueño era la muerte? Todas las incógnitas resonaban con cada golpe dado…

            Pasaron unas semanas. Y empezaron a ocurrir cosas extrañas.

            Una tarde Ángel sintió unas gotas en la cabeza. Levantó la vista, no vio ninguna nube, solo un cielo despejado, pero las gotas eran cada vez más y llovió torrencialmente. Volvió a su casa con la ropa pesada y notó asombrado que sus padres no se habían percatado de ninguna tormenta.

            Otra tarde se topó con una animal. Estaba acostado en el centro de las ruinas. Parecía una mezcla de león y alce, inmenso y de color negro. Cada vez que respiraba emitía un sonido como de golpe. Pum, pum, pum, pum. Ángel lo vio al principio a escondidas y luego se acercó. Se agachó y apoyó la palma en el lomo. La sacó, lanzando un grito. Estaba tan helado que quemaba. Pero le dio lástima y se quedó con él todo el tiempo que pudo. Cuando volvió al día siguiente, ya no había ningún animal.

            Y una tarde se quedó dormido. Tuvo un sueño muy vívido. Estaba ante las puertas de un palacio de cúpulas de vidrio, ventanas de marco de marfil y cristal, y paredes cubiertas de pinturas titilantes y movedizas. Lo recibía una niña aun menor que él, y lo guiaba por pasillos anchos y ornamentados. Antes de que se diera cuenta la niña ya no estaba y no sabía el camino de vuelta. El suelo se hizo arroyo y la corriente lo arrastró. Se golpeó contra varias puertas hasta que una cayó bajo su peso. Se encontró en un salón circular de paredes oscuras. Un silencio penetrante cubría todo como un manto. Ángel se levantó y caminó tratando de encontrar una salida. Pronto se dio cuenta de que no estaba solo.

            Despertó. Una superficie rasposa reposaba contra su espalda, tierra y baldosas rotas bajo sus muslos, un camino de tierra frente a él, el cielo inmenso y estrellado sobre su cabeza. Tardó en darse cuenta dónde estaba, cuando lo hizo no pudo soportar ni un momento más. Se levantó y se fue corriendo a casa. No paró ni a respirar.

Luego de aquello todos los que estaban a su alrededor sintieron un cambio. Tardaron en darse cuenta qué era, ya que Ángel siempre fue considerado alguien fuera de lo ordinario, solitario y distraído, con los ojos más en el cielo que en la tierra. Pero ahora su vista desaparecía en ningún lugar, su voz sonaba como un eco distante, respondía de forma automática a lo que le decían y dormía la mitad del día. Las notas en la escuela cayeron estrepitosamente. Lo enviaron al médico y a la única psicóloga del pueblo, pero fue infructuoso. Su estado empeoraba. Babeaba, ya no hablaba. La actitud de sus papás era casi de luto.

            Mientras, él había entrado una y otra vez en aquella casa inmensa, recibido por una niña, y los pasillos lo habían arrastrado hasta una habitación en donde no era el único. Esta secuencia se repetía día tras día y noche tras noche y era lo que Ángel en verdad miraba. No veía a sus papás, sino a la cúpula de vidrio; no veía el aula, sino un pasillo inundado. Siempre llegaba hasta el mismo punto en el salón. Luego, volvía a comenzar todo otra vez. Hasta que una noche estaba de vuelta entre las paredes oscuras. Sintió la presencia de alguien más.

            –¿Por qué insistís en golpear mi puerta?

            Ángel estaba frente a una mujer bellísima. Era tal su hermosura, que no parecía natural, y le produjo un escalofrío. Tuvo la sensación de conocerla de algún lado.

            –No tenés derecho. Mi vida es sagrada, como para que un chico venga a molestarla.

            –¿Por qué sagrada? ¿Quién sos? –preguntó Ángel.

            La mujer se dio vuelta.

            –No importa ya. No vuelvas más.

            Todo el salón se inundó y Ángel creyó ahogarse, cuando despertó dando bocanadas. Se dio cuenta de que estaba en su cama. No recordaba cuánto tiempo había permanecido allí, ni de dónde había llegado.

Continúa en “Golpes Parte 2”

Alex Dan Leibovich

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Fotografías:

Puerta de madera:

Bron-Yr-Aur – Led Zeppelin

Voces que valen ser escuchadas

Significado de Oniroscopio

Palabra resultante de dos vocablos: “Oniro”, que en griego significa "sueño" (los “oniros” o “oneiros” son los hijos del dios del sueño, Hipnos, en la mitología griega) y “-scopio”, que en griego significa “instrumento para mirar” o simplemente “mirar”. De esta forma sería equivalente a “mirar sueños” o “instrumento para mirar sueños”. Así, el simbolismo radica en ver lo fantástico en la realidad o el sueño en la vigilia.