Fragmentos

cielo-roto

Helena esperaba el colectivo. En general no tardaba. Y si tardaba era a lo sumo quince minutos. Pero hacía más de una hora que estaba ahí y las piernas ya no soportaban su peso. Se había quejado con el de adelante, con la de atrás, con el chico que pasó preguntando si esa era la parada de tal colectivo. Ya no quedaba nadie con quien quejarse, excepto ella misma.

   Miraba para atrás y veía la cola. La hilera de cabellos se extendía casi hasta la esquina. Miraba para delante y diez personas sentadas, una dormida. Pero ella no se iba a sentar ni a tomar un taxi. Era más fuerte que eso. Olimpia la estaba esperando, con el mate en la mano. Aunque como era ella seguro se había olvidado que iba, así que no se hizo mucho problema. Esa era la ventaja de tener una amiga tan vieja como una.

  Miró para atrás otra vez. La fila seguía intacta. ¿Cuán larga era? ¿Rodeaba toda la manzana? Y esta vez notó algo. Ella que era tan observadora en esas cosas no podía habérselo perdido. No, señor. Se indignó ante su falta de atención. Miró para adelante, enojada consigo misma. Un estudiante la observó con cara rara, pero ella lo fulminó con la vista y el chico volvió a sus apuntes. Helena estaba consternada. La peluquera le había dicho claramente: “este tono de cabello es único en el mercado argentino. Un rubio con leves retazos color bronce y una tonalidad ámbar. Importada de Bélgica señora, no hay comparación. Ninguna otra mujer de este país lo tendrá, se lo aseguro.” Helena pagó una suma considerable y creyó que lo valía. Pero no. Detrás suyo estaba la viva prueba de eso. Le habían mentido. No lo podía permitir.

   Sus manos arrugadas se arrugaron todavía más. Contuvo el impulso de darse vuelta otra vez. Se quedó con la mirada fija en las caras de adelante. Parecían máscaras. Ese chico la veía de vez en cuando, Helena se daba cuenta. Aunque ahora seguía leyendo, una parte de él permanecía vigilándola. Mientras, una nena jugaba a espantar palomas que se agolpaban para comer restos de pan de la vereda.

   Pero nada podía distraerla durante mucho tiempo. No se contuvo más, y se dio vuelta. Era inconfundible. Cabello rubio con leves retazos de bronce y una tonalidad ámbar. Se le ocurrió correr hacia ella, agarrarla del cabello y arrancarle un pelo tras otro hasta dejarla calva. Sonrió. Solo de imaginarlo se hacía más llevadera la espera. Pero luego la veía y no estaba calva, incluso su pelo parecía más arreglado que el suyo.

   Sacó el espejo de la cartera. A la luz del sol no podía ver bien. Una hebra surgía caótica de un costado. Buscó el peine. La mano hurgó como una rata, sin poder encontrarlo. El chico la miraba otra vez, y Helena levantó la cabeza. Se hacía el que leía, el idiota. Cuando bajó la vista el espejo yacía roto en el suelo. No pudo no darse cuenta. Las manos se le arrugaron todavía más. Miró alrededor, nadie se percató. Se agachó haciendo que le dolía la espalda, pero se preguntó para qué recogería unos pedazos de espejo roto. Ni siquiera tenían valor sentimental. Los pateó. Dio un largo suspiro. Los rayos del sol se reflejaban en los fragmentos. Trató de verse en ellos mientras se alisaba aquel único pelo con la mano. No se aplastaba. Sintió otra mirada.

   Se volteó. Una cabeza se escondió dentro de la hilera. Era ella. Lo sabía. Escudriñó en busca de esa cabellera perfecta. Tenía que hacer algo, no podía quedarse quieta mientras la espera se hacía eterna y esa mujer llevara el mismo tono sobre su cabeza. Estaba a tres personas de distancia.

   –¡Disculpá! –gritó Helena–. La señora rubia.

   La nena, su mamá y un anciano la miraron. La mujer seguía oculta entre las cabezas.

   –Señora.

   Salió de su escondite. Tenía anteojos dorados y collar de perlas, pero su expresión no era tan distinguida como los objetos que llevaba. Claramente no merecía esa tonalidad.

   –¿Sí? ¿A mí me habla?

   –Por supuesto que a usted.

   –¿Y a qué le debo la atención?

   –Me gustaría saber a qué peluquería va, señora. Su cabello es hermoso.

   La señora sacó una sonrisita. No se daba cuenta de su sarcasmo.

  –Muchas gracias. La peluquería se llama Mariano Grandinetti. Si quiere le paso la dirección…

   –¡Lo sabía! No hace falta. Es exactamente la misma a la que voy yo. ¿No se da cuenta?

   Le mostró el cabello y lo sacudió con un ademán.

   –Ah… no puedo creerlo. ¡Pero qué coincidencia!

   –No existe nada como la coincidencia en esta vida, querida –repuso Helena.

   La señora asintió impresionada.

   –¿Cómo se llama usted?

   –Helena. ¿Y usted?

   –¿Helena? ¿Lo dice en serio?

   –Sí, ¿por qué…?

   –¿Con H?

   –Efectivamente, con H.

   La señora parecía a punto de tener un paro cardiaco.

  –No puedo creerlo –Se llevó las manos a la boca–. ¡Qué día de locos! ¡Yo también me llamo Helena!

   Helena se empezó a reír a carcajadas. Hacía tiempo que algo no le provocaba tal ataque de risa. Se sostuvo de las rodillas y se le cayó la cartera al piso. Helena se adelantó y se la levantó.

    –Qué extraño, ¿no? –le dijo.

   –¿Extraño? Que haya una cola infinita esperando el colectivo, que tengamos el mismo tono de rubio, que nos atendamos en la misma peluquería y llevemos el mismo nombre… Más que extraño parece una alucinación o un sueño.

    –Entonces no me pellizque que me encantan los sueños.

    Se dio cuenta que estaba empezando a sentir una pequeña simpatía por ella.

    –Un gusto, Helena –le dijo.

     –Un gusto, Helena.

    Le preguntó a la mamá de atrás si había problema en que se colara ella delante suyo. Respondió que no, con una sonrisa medio torcida.

    Se pusieron a charlar mientras el sol pasaba de un fragmento del espejo al siguiente. Había muchas coincidencias entre ellas: divorciadas, una hija, iban a la casa de una amiga…

      –Esto sí que no puede ser, querida.

    –Para nada… –Helena sintió un dedo en la espalda. Se dio vuelta. El chico de los apuntes estaba parado enfrente suyo.

       –¿Qué pasa? ¿Por qué me mira de esa forma, joven?

       El chico se quedó callado, la mirada preocupada. Parecía no querer hablar.

       Las dos se miraron entre sí extrañadas.

       –Señora, ¿se encuentra bien? –terminó soltando.

      –Por supuesto que me encuentro bien. Algo cansada por esta espera infernal, pero bien. Ahora, ¿vos te encontrás bien?

       El muchacho asintió.

       –No importa, disculpe…

       Se dio vuelta y se sentó de nuevo a leer.

       Helena se quedó pensativa.

    –¿Y no nos podemos tomar otro colectivo o ir en taxi? Está tardando tanto… –dijo Helena.

       –¿Pero vio otro taxi? ¿Vio algún auto pasar?

       –Ahora que lo pienso, no…

      Las dos se miraron preocupadas. Se quedaron en silencio un buen rato. La calle estaba inmersa en la quietud. Ni una voz, ni un motor. El chico no volvió a mirarlas. Se dieron cuenta que la fila había dado una vuelta completa a la manzana. Una mujer con un cochecito era la última, justo al lado de ellas. El bebé miraba para todos lados. No lloraba ni balbuceaba.

   –Si no hay más remedio me voy caminando. Esto es demasiado. ¿Quiere venir conmigo? –le preguntó Helena.

   –No sé si puedo…

   –¿Por qué no?

   –Siento eso. No me puedo mover de acá, Helena, y usted tampoco. Hoy por lo menos parece que funciona así la cosa, querida.

   –¿Pero me está tomando el pelo? Yo me voy ya…

   –Disculpe, señora.

   El chico otra vez.

  –Disculpá, tarado –Helena la atacó con su juventud más rabiosa–, pero estamos hablando. No podés interrumpirnos así a cada rato, sin comentar nada útil…

   –Pero señora –una lágrima le surcaba el rostro–, no se puede ir. Ya está todo arreglado. Si se va toda la fila se va a quebrar y nada habrá tenido sentido.

   Helena lo miró consternada. Luego se volteó hacia su compañera, cuyo cabello rubio perfecto asentía. La nena había parado de jugar con las palomas y le hizo un gesto afirmativo, al igual que su mamá. Al lado, la mujer hamacaba el cochecito, y dentro el bebé movía la cabeza de arriba hacia abajo, mientras la veía. Muchas personas más se habían puesto detrás de ellos, y todos afirmaban con la cabeza. Helena se fijó en los fragmentos de espejo del suelo, y cada parte de su rostro partido le respondía de la misma forma. Asentían.

Alex Dan Leibovich

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Fragmentos por Alex Dan Leibovich se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.

Fotografías:

Cielo roto:

  • Ducho

    Indudablemente exquisito. Me encantó

    • Alex D. L.

      Muchas gracias por tan lindo comentario Ducho 🙂

  • Cecilia Vallejo

    Muy interesante, Alex! Al principio, inmediatamente pensé en el cuento de Cortázar, Omnibus, por el hecho de que el personaje principal ya se perciba desde el principio como diferente a lo que lo rodea, y obviamente porque transita en un colectivo y su parada. No llega nunca a tomarse el colectivo, y ahí, en esta obligación de estar en el lugar que te toca, y el concepto de fila infinita, me llevó al mito de Sísifo, en donde la repetición eterna e inevitable predomina. Ahora, ese espejo al final, muy interesante…muestra un sujeto escindido, por una parte, desdoblado (de hecho hay dos Helenas), pero también el reflejo es esa mirada inconsciente que la obliga a hacer aunque no quiera (habrá una crítica al sujeto post moderno desdoblado, que se repite y que está atado a un sistema?). Muchas gracias por compartir, un verdadero placer leerte

    • Alex D. L.

      Waw, Ceci, comentarios como este son de lo más gratificantes porque me permite observar lo más mágico de la creación artística: las diversas interpretaciones. Tanto lo de Omnibus, como lo del mito de Sísifo o el inconsciente en Helena y la posible crítica al sistema, no se me habían pasado por la cabeza. Y ahora me permiten a mí resignificar el cuento desde otra óptica, que además es muy coherente. ¡¡Mil gracias, en serio!!

      • Cecilia Vallejo

        De nada, hermoso! Gracias a vos por estos bellos relatos!!

Bron-Yr-Aur – Led Zeppelin

Voces que valen ser escuchadas

Significado de Oniroscopio

Palabra resultante de dos vocablos: “Oniro”, que en griego significa "sueño" (los “oniros” o “oneiros” son los hijos del dios del sueño, Hipnos, en la mitología griega) y “-scopio”, que en griego significa “instrumento para mirar” o simplemente “mirar”. De esta forma sería equivalente a “mirar sueños” o “instrumento para mirar sueños”. Así, el simbolismo radica en ver lo fantástico en la realidad o el sueño en la vigilia.