Estíbaliz Rodríguez: una historia para saborear

Aclaración: este cuento esta escrito para ser leído desde un formato en papel. La única ayuda que necesito de parte de vos, lector/a, es que imagines que esto no reside en una pantalla de luz artificial, sino que es papel entintado sobre tus manos, y si es posible, como parte de un libro. Gracias.

Espectral

© Alex Dan Leibovich

¿Qué me agarrás, pervertido? ¿O pervertida…? No te veo bien… ¡Pero soltá la mano! ¡Soltá la mano, carajo! Ya tuve suficiente de dedos en mi vida. Y no solo de eso, también de restos de comida, café, y tantas otras cosas que ni quiero decir… ¡Soltá! Ay, Dios, ¿por qué sos tan difícil? ¿Hace falta que me sostengas? Yo puedo cuidar de mí misma. Si querés, leeme, que tuve una vida más que interesante, pero… Ay, me hacés cosquillas. Ahora, ¿me dejás sobre algún lugar así me podés leer mejor? Ahí está, gracias. Uff, estoy cansada de que abusen de mí… de alguna forma así es como llegué hasta acá. Un día sobreestimé mi suerte y ya ves en lo que me convertí, pensamiento compactado en tinta. Y vos sos alguien más de mis tantos lectores que me obligan a contar esto una y otra vez, la historia de cómo fui encerrada acá. ¿No esperabas eso? No me mires así; la mayoría de las veces en que la gente agarra algo impreso espera escuchar una historia, ¿o me equivoco? Bien, a continuación te voy a narrar una, antes de que me dejes acá abandonada, hasta que me empolve lo suficiente para contraer una alergia o hasta que alguien me agarre nuevamente luego de años y años… Yo no sé ni donde estoy para serte sincero; si en una estantería de biblioteca, de una casa o perdida en un viejo baúl o entre deshechos de algún vertedero. Ni sé cómo me encontraste. Y tampoco sé si eso es una fortuna o una maldición para vos. Sea como sea, no hay más ediciones, soy la única, ¡única! Si hay algo de lo que estoy orgullosa es eso pero… Estoy encerrada… ¡Esperá! ¡Esperá! No te me duermas… Está bien, acá va la histor… ¡Ah! ¡Me olvidé la introducción más importante! Qué vieja despistada… Me presento: Estíbaliz Rodríguez, mucho gusto. Y ahora, antes de que me abandones de aburrimiento, acá va la historia.

    Yo vivía en la calle. La verdad es que acá no existe la cuenta del tiempo, pero ya hace mucho de seguro. Pedía ropa, comida o limosna si alguien podía dármelas. Me daba vergüenza a mí misma y más todavía que me miraran al pasar, ¡aunque sea por pena o desprecio los dos me daban lo mismo! Las dos miradas me hacían sentir como alguien inferior, inútil y marginada, y es que la triste realidad era esa reposando allí, mientras tanta basura y gente de porquería pasaba delante de mí, con trajecitos, vestiditos y toda la plata. A veces pienso en por qué Dios reparte así el dinero a gente que ni siquiera lo merece. Pero de alguna manera, a medida que pasaba el tiempo, me fui acostumbrando y hasta lo terminé aceptando como casa propia. Uff… casa… No era más que un suelo de baldosas, sorete de perro y, de vez en cuando, ladrones y pervertidos malparidos. Y mirá que hay que ser enfermo para acercarse a una vieja, eh. Esas son cosas que al menos acá no tengo, aunque también faltaran otras… Bueno, volviendo, vivía a veces con resfríos, otras con fiebres casi mortales. Una vez casi hubiera muerto si no hubiese sido por una linda chica que me llevó a un hospital. En otra casi me mataban si no hubiese sido por un policía –uno en mil–, que evitó que un drogadicto me hiera, y hasta tal vez me viole. Siempre me salvé por las casualidades más extremas, viviendo en la peor miseria, entre la mugre, las enfermedades y los días tormentosos en que aún bajo techo, se inundaba todo, y no podía hacer más que quedarme parada mientras el agua mojaba mis zapatillas destartaladas. No sé si lo que te estoy contando sea suficiente para describirte lo terrible que era todo ello, ni sé si esta tinta puede transmitir cómo de verdad fue. En fin… era mi hogar. Y todo hogar tiene una familia, ¿no? Sea fundada en amistad o en sangre… A mí no me faltaba, por suerte. El panadero de al lado, Darío, era un amor. Un clásico gordo bonachón, de barba gris y anteojos, bendito sea por Dios. Qué hombre… y eso que sufrió mucho en su vida, eh. Viudo y padre de un hijo alcohólico. Ahí tenés el ejemplo de alguien que a pesar de las adversidades continuó y continuó. Ay… lo extraño mucho, ¿sabés? Desde que estoy acá es uno de los pocos que extraño tanto… Bueno, él me daba algo de comer cada mediodía y cada noche, antes de cerrar. Como te imaginarás, no era una comida muy abundante; pan flautita y algunos sándwiches, pero se ve que yo le gustaba y a veces me traía alguna que otra delicia. Mientras comía charlábamos de cualquier cosa y se transformó en un verdadero amigo. Todo eso desde el día en que me vio, me preguntó mi nombre y cómo llegué ahí. Pero no solo lo tenía a él de visitante. Había otros, algunos más amigables, otros menos. La mujer del sexto del edificio de al lado me daba sopa cada tanto; el borracho de la esquina me robaba semana por medio; un joven atractivo de la farmacia de enfrente me traía a veces agua y remedios; y había alguien más… De vez en cuando, y más que nada a la noche, en mis últimos tiempos allí, sentía a alguien que me espiaba. ¿Viste esa sensación como la de cosquillas en la nuca cuando sentís que alguien te ve? Yo la sentía fuertemente. Era terrible. Observaba atentamente a la poca gente que pasaba, siempre apurada y concentrada solo en sus vidas. Miraba hacia todos lados: los edificios alrededor, cualquier hueco discreto y hasta la basura. Pero no encontraba a quienquiera que me observara. Por mucho tiempo pensé que estaba loca. Hasta tuve pesadillas en los que me degollaban mientras dormía. Y fue bastante el tiempo en que lo dejé pasar, creyendo que era una ilusión mía. Le hablé a Darío de ello, y lo único que me dijo, con su siempre sonrisa bonachona, fue que en mi situación era algo totalmente normal que me sintiera con paranoia. Ay, cómo se equivocó. ¡Pero eso todavía no! Un poco de paciencia, todo lo que un lector debería tener, ¡por favor! Más calmado, volvamos entonces… La calle, lo que pedía, las enfermedades, las salvaciones milagrosas, Darío, la gente que me ayudaba y robaba, la paranoia, ah… esto es lo que pasa cuando se está vieja; ni siquiera acá entre papel puedo aparentar más juventud. ¿Qué faltaba…? ¡Ah, sí! Sí…

   Cierto día desperté de un sueño muy profundo. Creí que era ya la mañana, cuando percibí la oscuridad en el cielo. Me sentía mareada y tardé en darme cuenta de qué era lo que me había despertado: las luces destellantes de una ambulancia. Al principio no podía captar bien la situación; había mucho barbullo y una muchedumbre creciente. Sentía como una piedra atorada en la garganta. Somnolienta, miré a la derecha, a la panadería. Ahí se estaba juntando toda la gente. Me levanté como pude y me dirigí hacia el negocio, mi corazón palpitando fuertemente. La fea sensación aumentaba en mi garganta mientras me acercaba. No pensé nada concretamente, solo caminaba, viendo el amasijo de personas, médicos y periodistas con las caras serias y desinteresadas dignas de su oficio, y la luz intermitente de la ambulancia mezclándose con la de la policía, sucedidas una y otra vez. Mi alma de vieja estaba siendo despedazada y recuerdo haber pensado que ya había perdido a muchos, que por favor no a otro más. Entré en la panadería, haciendo caso omiso a la gente que me miraba. Escuché gritos, presencié movimientos precipitados, oí murmullos masculinos hacia un policía, diciendo que no vieron nada ni pudieron hacer nada, que ya todos se habían ido y que cuando volvieron al amanecer lo encontraron. Yo no entendía lo que escuchaba, a pesar de que las palabras llegaron a mis oídos. Todo pasaba muy lentamente, hasta que noté que un policía me veía así como estaba, andrajosa y desorientada, y comenzaba a acercarse hacia mí. Pero en aquel momento lo vi sobre el mostrador, justo antes de que lo cubrieran con una bolsa negra, una figura toda amarillenta y como putrefacta, las facciones rígidas bajo una visión aterrada. Era Darío. No podrías entender cómo me sentí en aquel momento mientras me arrastraban hacia fuera.

    Permanecí mucho tiempo acostada en mi lugar. Ya no comía casi nada sin Darío que me diera alimento, pero ni siquiera tomaba la sopa que me daba la del sexto ni compraba comida alguna con la limosna de la gente. ¿Sabés lo que es perder a la única persona que de verdad siente algo por vos y piensa que sos humano, no un andrajo al que no mirás en el suelo por vergüenza o lástima? Sí, estaban los otros vecinos, pero no era lo mismo; nunca tuve una relación muy estrecha con ellos. Y así caí en una profunda depresión, acercándome poco a poco a la inanición de la cual el líquido de lágrimas era un constante desperdicio. Los días se hicieron muy lentos. La sensación de paranoia volvía, cada vez más fuerte. Tenía pesadillas muy vívidas. Ojos amarillentos me veían desde la oscuridad de la calle, para luego desaparecer. Aunque creí verlas en la vigilia, quise convencerme de que no. Y no fue hasta bastante después que empecé a pensar en aquella putrefacción amarillenta. ¿Por qué estaba así? ¿Qué lo mató? Una enfermedad no pudo haber sido. Nadie habló más del tema porque varios ahí eran bastante religiosos, ¡yo incluida! Nadie quería creer en algo que iba más allá de sus creencias. Había algo en el ambiente que me hacía querer mudarme. Y pensé hacerlo si hubiera tenido fuerzas, pero ya era muy tarde, y llegó aquella noche.

    La lluvia caía a raudales. Me hallaba hambrienta, casi al borde del desmayo. Un perro se refugió bajo el techo, a mi costado, su pelaje gris harapiento, ni la lluvia sofocaba el olor nauseabundo que tenía. De sus dientes caían gotas de saliva. Yo tiritaba, mientras mis párpados se cerraban pesados. Me frotaba las manos entre sí, pero era inútil; el frío se filtraba por cualquier resquicio. Toda la calle se veía envuelta en el paisaje de líneas verticales y una luz gris, sin vida, como la del perro al lado mío. Mi tiritar, un relámpago que lo fulminó todo, las gotas de saliva que caían de la boca canina, mis párpados entrecortando la visión, gota tras gota, gota tras gota, el tardío sonido del rayo, hasta que percibí algo. Pensé muchas cosas en el estado en que me encontraba, ese estado entre la vigilia y el sueño en que la mente salta de una imagen hacia otra, sin luego acordarse cuáles fueron. ¿Sabés a qué me refiero? Seguro que debiste haberlo experimentado. Por unos momentos pensé que fue por ello mismo la visión de la silueta negra recortándose contra la lluvia, algo nacido del limbo entre el sueño y la vigilia. Pero luego se hizo más y más distinguible. Escuché un aullido y el perro grasiento se fue corriendo. Yo aún no entendía bien lo que pasaba; ya estaba algo vieja y sentía un intenso dolor en mi estómago y en cada hueso de mi cuerpo al mismo tiempo que mi cabeza estaba lejos, en otro lado. Hasta que la silueta se acercó y justo en aquel preciso instante un relámpago congeló la escena con su blancura. La imagen parecía de pesadilla. Era un hombre arrugado como la corteza de un árbol, vestido en un cubretodo gris, sobre un traje del mismo color, todo desalineado y deshilachado aquí y allá. Todo él era grisáceo, exceptuando una corbata de una tonalidad apergaminada como la del papel viejo. El destello del relámpago se apagó, pero en el gris del ambiente mi vista fue de abajo hacia arriba, hasta que finalmente llegó a su rostro… todo arrugado, ondas de arrugas sobre ondas de arrugas, una nariz casi famélica y dos ojos pequeños entre todo el montón de piel, de iris del mismo color apergaminado, justo debajo de capas de pelo canoso. Un trueno resonó despertándome de mi sopor, y aterrada di el impulso para salir corriendo. Pero mi gastado cuerpo me traicionó y caí contra el suelo de baldosas. Sentí mi pierna sufrir de una quebradura. Maullé de dolor, pero la lluvia digirió mi voz. Y miré hacia arriba. El hombre –o lo que fuera–, me observaba desde lo alto, su cuerpo erguido como un colosal monumento. La lluvia y mi dolor se sofocaron bajo esa mirada punzante. Un nuevo relámpago plasmó su rostro como una fotografía blanca, sus labios, casi imperceptibles bajo las ondas de arrugas, estaban apretados en una línea recta. El viento helado no lograba mover ni un pelo de su cabellera. Un acceso de miedo logró salir de la quietud que era yo y le imploré que no me hiciera nada, que no me hiera, que era una pobre vieja, que ya sufrí demasiado en mi vida, que perdí a toda mi familia, que no sé cuánto más bajo el influjo de terror. Pero nada; mientras yo gritaba, apenas interrumpida por un nuevo trueno, el hombre solamente movía sus ojos amarillentos, flexionando la boca, como evaluando algo. Me arrastraba hacia atrás como podía, las lágrimas brotando de mis ojos, pensando que ya no habría nadie para salvarme, ni Darío, ni un bravo policía, ni una bonita joven. Y, sollozando, sin saber bajo qué impulso estaba siendo controlada, le conté de cómo terminé allí, de mi madre muerta cuando yo tenía cinco años, de mi padre despedido del trabajo por su constante depresión, encerrado luego por haber asaltado a una familia para poder darme de comer, de todos mis demás parientes tacaños hijos de puta que no quisieron refugiar a una solitaria nena, de mis años viviendo en una villa hasta que me fui huyendo de un novio psicópata, de mis tristes años en la calle, de barrio en barrio, ayudada por milagros y buena gente. Le conté todo entre lágrimas que se entremezclaban con la lluvia, la luz blanquecina, el frío y el dolor, mientras sus ojos se movían cada vez más, sus labios se apretaban, y todo su traje gris se humedecía, exceptuando a la corbata del mismo color de sus ojos. Y concluí. Un nuevo silencio. Abrí bien los ojos. Y nuevamente percibí todo sofocarse a mí alrededor, como cuando uno fija la vista en un punto y todo lo demás disminuye su importancia, luciendo borroso. La boca del hombre ya no estaba apretada, sino que se estaba abriendo poco a poco, torciéndose en una sonrisa de dientes puramente amarillentos se revelaban en ella. Sus ojos detuvieron su escrutador movimiento y su cejo se relajó. Su boca se abrió aún más descubriendo una lengua igual de amarillenta y una voz ronca que me hizo recordar al sonido ventoso de las hojas de un libro amontonarse bajo su propio peso: “Me gustás. Hacía mucho que no encontraba una historia tan sabrosa, tan suculenta, llena de agridulce sufrimiento y tristeza, pero también de jugosas pequeñas alegrías y amor a la vida. Ni siquiera el panadero tenía una así”. Sus ojos se movían erráticamente sobre mí. “Ah… perdón si te hago lo que ya hice a mucha gente, pero mi hambre es voraz; me estoy muriendo, querida…”, concluyó en un agudo silbido. Yo no pude todavía creer lo que estaba escuchando, cuando su corbata amarillenta vibró bajo el traje, para luego extenderse y surgir de entre el cubretodo como la lengua de una serpiente. Grité, pero un trueno aún más fuerte que todos los anteriores engulló mi alarido y luego la corbata lo terminó de acallar al rodearme el cuello. Me lo apretó fuertemente y mi vista comenzó a nublarse mientras hacía vanos esfuerzos para respirar. Percibí solo cómo era levantada por la corbata amarillenta, el cuerpo quieto del hombre –o lo que sea– ahora a la altura de mi visión. Su boca se abrió descomunalmente, agrandándose la lengua áspera y pude distinguir ahora pequeñas letras dispersas sobre ella, pero muy pequeñas, casi indistinguibles. Yo ya no sentía ni ápice de mi cuerpo, ni siquiera el latir de mi corazón, y la lluvia era de lo menos que me importaba. Los ojos se acercaban cada vez más, pequeños y apergaminados; las arrugas se movían hacia arriba y hacia abajo, y su boca ya era gigante, del sorprendente tamaño de mi cabeza. Presencié ya no una lengua, sino un cuadro amarillo, exhumando un aroma de papel podrido. Y pensé: “Al menos será un lindo final para mí… tan fuera de la realidad en la que siempre sufrí tanto…”. La imagen amarilla parecía palpitar, y las pocas letras que habían allí dispersas brillaban. Y justo antes de recibir su contacto, con la corbata dejándome una herida en la piel de mi garganta, escuché otra vez la voz ronca: “tranquila, la celulosa y el pigmento no será eternamente tu cuerpo”. Y luego, nada. Tal vez reprimí lo que siguió por lo traumático que debió haber sido engullida, masticada y digerida por esa criatura. Tal vez es mejor así, ¿no te parece? Todo fue oscuridad, y de verdad no sé por cuánto tiempo, hasta que solo fui de nuevo consciente cuando comencé a contar esta misma historia a mi primer lector. Lector… qué triste palabra es ahora para mí. Y ni ahí pude aún de verdad saber lo que me había ocurrido. Solo creo que con el tercer lector tomé plena realidad en lo que había sido convertida mi alma por ese monstruo hijo de puta degenerado y repugnante; en hojas amarillentas, repletas de letras. Y seguramente, luego de devorar mi historia completa habrá vomitado los restos de mi cuerpo, petrificado y amarillento, solo que a diferencia de Darío, alejada del salario y la vivienda, y más cercana a la limosna y la calle, no habrán hecho ninguna investigación y habrán arrojado mi cuerpo a un vertedero, para que se termine pudriendo…

    Ojalá hubiese tenido una historia más ordinaria, menos drástica y más pacífica. Ojalá hubiese tenido una vida más común y corriente, miembro de una familia próspera y saludable, sin crisis alguna y sin quedar en la calle. Pero no. Ya ves que acá estoy por mi vida llena de giros, condenada a contar esta historia una y otra vez. Ahora ya sabés el por qué de mi inicial irritación hacia vos; siempre me pongo mal cuando me abren, porque significa revivir todos esos horribles momentos nuevamente y me hacen pensar por ejemplo en Darío, que tal vez esté ahora en una biblioteca viviendo su misma historia una y otra vez… Tal vez algún día le pida a algún lector que me queme. Por ahí mi alma sea por fin liberada, o muerta. Ya no me importaría eso tampoco. Y aunque no logre convencerlo valdrá la pena intentarlo, ¿no? Teniendo en cuenta su última frase, creo que no me esperaría un lindo destino si continuara acá por mucho tiempo. Intuyo que ya sé en qué me convertiré… ¡Pero vos no me quemes! ¡Ahora no! Todavía quiero vivir –si a esto se le llama vivir– un poco más. Así que ahora te pido… no, no me pongas esa cara, no te compadezcas de mí, te lo pido… Vos viví que aún tenés mucho que vivir y disfrutar, así que te pido que me dejes en el lugar en que me encontraste y viví, disfrutá de tu familia, de tu amor (o futuro amor), de tus placeres en los ámbitos que más te gustan; escuchá el consejo de esta vieja… Pero… antes… te advierto… No tengas una vida tan extraordinaria llena de giros, picos y valles, porque podrás caer bajo sus pequeños ojillos y profusas arrugas, su amarillenta corbata, apergaminada lengua y anhelantes dientes… Me imagino que no es lo que querés, ¿no? ¡Chau!

 Alex Dan Leibovich

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Estíbaliz Rodríguez: una historia para saborear por Alex Dan Leibovich se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
Basada en una obra en http://oniroscopio.com.ar/estibaliz-rodriguez-una-historia-para-saborear/.

Fotografías:

Espectral:

Soda Stereo – Cuando pase el temblor

El tiempo en capítulos