En busca de la luz del sol

Atardecer

© Alex Dan Leibovich

Cuando me preguntan a qué me dedico, yo respondo siempre lo mismo: estoy en busca de la luz del sol. Se me quedan mirando entre estupefactos y dubitativos, como si no supieran si reír o asentir seriamente. Pero sí, yo estoy en busca de la luz del sol; después si no me creen, asunto suyo.

   Esto no lo hago como un simple juego, una manera de matar el tiempo o una profunda motivación metafísica. No. Es un hecho que me mueve por sí mismo; tira de mí como si yo fuera su marioneta. Es tan lejano y arraigado el origen de esta continua búsqueda que ya no puedo precisarlo en el tiempo. A veces me cuesta hasta ya de por sí reflexionar en algo que hago casi instintivamente. Pero mientras haya luz tomo la excepción de poder escribir esto, y así tal vez develar aunque sea un poco la naturaleza de este hecho.

   Una anécdota es un ejemplo ilustrativo de esta dedicación. Cierta vez estaba en un parque, sentado en un banco. Recibía la luz del sol, sentía su cosquilleo por la piel, adoraba que se me encandilara la vista en un cuadro de puro blanco-amarillento. No estaba ahí para hacer nada, ni siquiera para pensar, simplemente para disfrutar. El tiempo pasó y la luz se fue corriendo de lugar hasta que finalmente el cosquilleo desapareció y el brillo se apagó. El frío comenzó a invadirme, calándome los huesos, y la sombra tapó mi visión. Me empecé a deprimir. A pesar de que el día estuviera despejado, las parejas pasearan, los chicos jugaran y las bandadas de aves cantaran y danzaran, me sentía mal. Entonces, sin aguantar más, me levanté y fui en busca de la luz del sol perdido. Merodeé por los senderos, topándome solo con las sombras y el frío, cada vez más desesperado, hasta que finalmente entreví un banco. La madera estaba teñida de naranja, los pocos haces restantes provenientes de un resquicio entre dos árboles apretujados. Corrí hacia él, pero cuando estaba a pocos metros, se sentó una pareja. Me quedé inmóvil. Pero luego me di vuelta y fui a casa. Había fallado. Ocasiones como estas se repiten en mi vida, con algunas pequeñas variaciones en uno o en otro momento o lugar, pero en esencia es siempre la misma.

   ¿Quién sabe? Tal vez soy un pirómano reprimido, que no se anima a jugar con el fuego pero sí con algo proveniente de uno de los fuegos más grandes que existen. Un psicólogo me ayudaría a explicarlo mejor, pero no tengo plata, tiempo ni ganas para un prestidigitador moderno. Ahora que me acuerdo, de nene, cuando vivía solo con mamá me encantaba leer mitología. Tenía un libro grandote cuyas páginas pasaba hasta llegar al dios Helios. Un hombre monumental coronado con la aureola del sol, a bordo de una carroza de fuego tirada por cuatro caballos. Me fascinaba.

   “¿Qué pasa cuando estás en casa, lejos de la luz del sol?”, me preguntó una vez un amigo. “Ni siquiera en casa estoy lejos de la luz del sol. Me acuesto al lado de la ventana, tratando de hacer debajo de ella todo lo que puedo”, respondí. “¿Y qué hacés cuando el sol se pone?”. “No soporto su ausencia. Hago lo único que me puede hacer sentir mejor: ir a la cama, y soñar, hasta que al día siguiente salga otra vez.” “¿Y si al día siguiente está nublado?” Me quedé en silencio. Esa pregunta era dolorosa. “¿Qué pasa?”, insistió mi amigo. “Me dan ganas de suicidarme.”

   Muchas personas ven en mí a un ser extraño. Yo veo en ellas a seres extraños. Gente que vive sin una búsqueda específica; gente que se queda quieta en el escenario observando un espectáculo dirigido por otros. Me repugna eso. Cada vez que pienso en algo así, me empieza a invadir el miedo y una sensación de vacío. No entiendo cómo hacen para vivir de esa forma. Cómo hacen para aguantar.

   Así es como yo continúo buscando una luz intangible, proveniente de un lugar al que nunca podría llegar. Y aún en el caso de que la tecnología me lo permitiese en un futuro, no podría tocarlo con las manos desnudas sin morir en el intento. Antes dije que no había motivación metafísica en esto, pero ahora comienzo a dudar de esa afirmación. ¿Y si en la búsqueda de la luz del sol quiero perseguir un objetivo puramente fantasioso? ¿Y si quiero buscar ahí lo eterno, inmortal, imperecedero, o todas las palabras que expresan esa anhelada idea? ¿Y si quiero escapar así de lo mundano, rutinario, vano y todas esas palabras que expresan esa deprimente idea? Es posible… Pero a veces desearía que esa luz no estuviera tan lejos e intocable, sino acá cerca, dentro de mí, dándome fuerzas y respuestas. ¿Y si cada uno tiene dentro un sol pero yo lo busco y busco en otro lado? También es posible. No sé qué creer.

   La luz declina, y en estos últimos momentos de escritura quiero describirla tal como mis ojos la ven. Manchas doradas y anaranjadas se pegan a edificios y calles, retrocediendo ante una sombra avasalladora. Las nubes absorben los colores rosados y violáceos, el cielo cambia su temperamento, y poco a poco el horizonte cubierto de edificios se concentra en un punto ínfimo. Un último faro del día. Quiero atraparlo.

Alex Dan Leibovich

Licencia Creative Commons
En busca de la luz del sol por Alex Dan Leibovich se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
Basada en una obra en http://oniroscopio.com.ar/en-busca-de-la-luz-del-sol/.

Fotografía:

Bron-Yr-Aur – Led Zeppelin

Voces que valen ser escuchadas

Significado de Oniroscopio

Palabra resultante de dos vocablos: “Oniro”, que en griego significa "sueño" (los “oniros” o “oneiros” son los hijos del dios del sueño, Hipnos, en la mitología griega) y “-scopio”, que en griego significa “instrumento para mirar” o simplemente “mirar”. De esta forma sería equivalente a “mirar sueños” o “instrumento para mirar sueños”. Así, el simbolismo radica en ver lo fantástico en la realidad o el sueño en la vigilia.