El monstruo de jengibre

Era de noche en un rincón del bosque de los sicomoros. Los búhos aullaban y las hojas murmuraban canciones oscuras, cuando en una cabaña un matrimonio de ancianos se ponía a cocinar. Pero no iban a preparar una torta, un guiso o una sopa; iban a hacer un hombrecito de jengibre. Así que colocaron la caldera y allí vertieron todo: agua, azúcar, manteca, harina, esencia de vainilla, jengibre y, por supuesto, el soplo de aire de cada uno de ellos. Luego lo batieron, modelaron con la masa una figura humana y la depositaron en una bandeja en el horno. Lo que ellos no sabían era que un trozo de madera de saúco se había desprendido del techo cayendo en la caldera momentos antes de sacar la masa.

            Los dos ancianos estaban tomando el té en silencio; a su edad ya no tenían mucho sobre qué charlar. Hasta que “¡pring!”, el horno se apagó. La mujer se levantó, se puso los guantes de cocina y abrió la puerta. Lo que vio allí fue primero completa oscuridad. Luego, un ojillo rojo. Luego, otro ojillo rojo. Hasta que asomó una cabeza enorme y puntiaguda, repleta de dientes podridos y cubierta por una masa de un negro goteante. Los ancianos ni se inmutaron. Ya les habían salido muchos hombrecitos defectuosos, así que se quedaron mirándolo, hasta que el viejo fue a agarrar el balde de agua para disolver a la criatura. Sin embargo, en ese preciso instante tocaron el timbre. La anciana fue a atender. Y ante su sorpresa era su nieto. Había querido visitarlos hacía mucho, pero su madre no se llevaba bien con los padres de su ex-marido, y no lo dejaba ir solo hasta aquel paraje abandonado. Sin embargo, el niño los extrañaba mucho y decidió escaparse e ir en plena noche de luna llena al rincón en el bosque de los sicomoros.

            La abuela lloró de alegría al verlo después de tanto tiempo. Le quería explicar que no era un buen momento, cuando el chico vio al monstruo, y gritó. Y el hombrecito fallido vio al niño gritar, y lloró. El niño empezó a correr por la casa moviendo las manos y gritando a todo pulmón. El monstruo de jengibre lo siguió, ya que pensaba que era un juego. Y el anciano fue detrás del monstruo con el balde de agua en las manos. Mientras, la anciana se dio cuenta de que tenía que preparar algo para su nieto recién llegado así que comenzó a hacer unas galletitas.

            Los búhos pululaban por sobre el tejado y las hojas cantaban su canción oscura. Pero ningún sonido podía sofocar las risas del chico y del hombrecito. La persecución se había convertido en juego, y más bien, en juego de escondidas. El chico se escondía dentro del armario y el monstruo lo descubría. El monstruo se escondía debajo de la silla donde el anciano ya roncaba, agotado de tanta persecución, y el chico lo descubría. El chico iba a ocultarse en la chimenea y el monstruo lo descubría. Mientras ellos jugaban, la abuela ponía las galletas recién amasadas en una bandeja en el horno. Su nieto estaba cansado de que lo encontraran así que decidió esconderse donde nunca más pudiesen verlo. Eligió el lugar más oscuro y cerrado de todos: el horno. Se metió en el preciso instante en el que la abuela iba a buscar fósforo y cuando volvió encendió el fuego y cerró la puerta sin saber quién estaba dentro.

            La noche de luna llena se estaba acabando. Los alaridos de los búhos se apagaban y las hojas comenzaban a alumbrarse con la luz del sol, cuando resonó: “¡pring!”. La anciana abrió la puerta del horno. De allí salió la fragancia de galletitas recién hechas, pero también salió otro olor. Un olor a chamuscado y podrido. Con sorpresa, la abuela se dio cuenta de que su nieto había sido cocinado. El abuelo se levantó y lo vio con la boca abierta. Se quedaron helados un momento. Hasta que observaron al monstruo yendo de un lado para el otro triste porque no encontraba al niño. Los abuelos se miraron entre sí, miraron al hombrecito fallido y a las galletas recién cocinadas. Asintieron con una sonrisa.

            Cuando la mañana clareaba y los búhos ya dormían, los abuelos y su nuevo nieto desayunaban café con galletitas. El hombrecito lanzaba gruñidos de placer y los abuelos charlaban entre ellos como no habían hablado en años. Se dieron cuenta de que su nuevo nieto era mucho más educado, tranquilo y silencioso que el anterior, y disfrutaban enormemente de ello. Se alegraron de la suerte que tenían y decidieron no decirle nada a la mamá del niño. De todas formas, nunca lo quiso mucho.

 

Alex Dan Leibovich

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El monstruo de jengibre por Alex Dan Leibovich se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución – No Comercial – Sin Obra Derivada 4.0 Internacional.

Fotografías:

The Garden:

Bron-Yr-Aur – Led Zeppelin

Voces que valen ser escuchadas

Significado de Oniroscopio

Palabra resultante de dos vocablos: “Oniro”, que en griego significa "sueño" (los “oniros” o “oneiros” son los hijos del dios del sueño, Hipnos, en la mitología griega) y “-scopio”, que en griego significa “instrumento para mirar” o simplemente “mirar”. De esta forma sería equivalente a “mirar sueños” o “instrumento para mirar sueños”. Así, el simbolismo radica en ver lo fantástico en la realidad o el sueño en la vigilia.