El hombre que plantaba árboles: naturaleza, generosidad y paz

Hay piezas de arte que nos provocan el entusiasmo por una o varias ideas; hay otras que logran transmitir admiración por cómo está hecha; hay algunas que generan emociones tan diversas como la alegría, la tristeza, o la risa, de forma totalmente genuina. Hay unas pocas que reúnen las tres cosas (y tal vez más), y que provocan en mí contarle a todo el mundo de ellas, buscar todo sobre ellas, verlas una y otra vez. Lo que voy a contar ahora es acerca de un cortometraje de un poder narrativo, belleza en animación y mensaje tal que estoy seguro podría sacudir hasta al más insensible. Su nombre es “El hombre que plantaba árboles” y fue dirigida en Francia en el año 1987 por Frédéric Black, basada en el cuento publicado en el año 1953 por un escritor oriundo de allá, Jean Giono.

    La trama comienza en el año 1913, cuando un hombre realiza un viaje por la provincia de Provenza, en Francia. Luego de caminar, subir y bajar cuestas, y pasar al lado de pueblos marginados, sediento y sin encontrar fuente de agua alguna, encuentra a un pastor, quien le da de tomar de su cantimplora. Lo recibe en su casa de piedra y le concede hospedaje por aquella noche. En un momento dado el protagonista observa algo particular: el hombre de mediana edad quita de un saco un montoncito de semillas, las separa en montones y descarta algunas, quedándose solo con unas pocas. Al día siguiente se entera de su propósito. El pastor, llamado Eleazar Bouffier, las planta en aquel páramo desolado y en ruinas desde hace tres años, por lo cual estima que dentro de unos años sucederá algo hermoso: florecerían diez mil árboles donde antes no había ninguno.

    La historia se despliega con un arte más que particular, ya que no solo se muestran las imágenes literales (de más esta decir que con una armonía de trazos y colores increíble) de lo que va sucediendo, sino que hay un manejo metafórico en la misma animación y sonido. Así, cuando por ejemplo se narra que “el viento sobre las tejas sonaba como el mar en la costa”, se muestra el techo desplazarse y se escucha el sonido del viento, para luego producirse una metamorfosis de imagen y sonido en la cual las tejas se transforman en olas, y el silbido del viento en el rugido del agua salada al chocar contra roca. Al mismo tiempo todo es guiado por una voz que desde su tono y velocidad transmite completamente la atmósfera de la historia. Se muestra suave y lenta en los momentos tranquilos, fuerte y rápida en los momentos trágicos, y pasional y entusiasta en los momentos de mayor clímax. Y la misma música, en los momentos en los que no calla, envuelve el paisaje con una serenidad contagiosa. Todo ello hace que uno realmente sintiera los años pasar y las emociones de los personajes fluir, percibiéndose muchas dimensiones posibles de la obra de arte. Hace que un corto que dura media hora parezca muchísimo más, y da la sensación de que no es suficiente captar todo con presenciarlo una sola vez.

  Pero la misma historia, escrita más de treinta años antes de la producción del

Gigante arbóreo

© Alex Dan Leibovich

cortometraje, con sus mensajes tan poderosos es lo que hace palpitar la pantalla y transmitir la calidez que contiene la animación. Despliega la filosofía de que al ser humano tranquilamente no le son necesarias tantas cosas para vivir, sino que como bien dijo el escritor Hermann Hesse en un ensayo, las pequeñas alegrías pueden ser más que suficientes. En este caso es una pequeña gran alegría de Eleazar Bouffier, que sin familia ni ningún acompañante más que su perro y demás animales, logra obtener la felicidad a través de la plantación de semillas, que también es un acto de total generosidad hacia el mundo. Pero también habla de la perseverancia del alma humana a pesar de todos los tormentos posibles y el valioso aferramiento a la vida. Sin embargo, el relato, no solo saca lo mejor del género humano, sino también lo peor, en su encarnación destructiva y bélica, representado en su concepto máximo en las dos guerras mundiales, y en el mínimo en la desesperación y locura de pueblos pequeños y marginados. Por otro lado, y en un contraste de rojo contra verde, surge el poder de la naturaleza y la creación. Un poder que en el cortometraje produce muchos cambios no solo en la Tierra misma (con su mensaje ecológico muy adelantado para la época en que fue escrito el cuento), sino en el alma humana, en la simbiosis de armonía que puede gestar la Madre Tierra con el ser humano y las buenas consecuencias psíquicas que eso puede producir, si se da la posibilidad y la voluntad a ello, algo que tristemente en la actualidad no ocurre en muchos casos, con el gran factor de los intereses de enormes corporaciones en juego, y la ignorancia o involuntariedad de una gran proporción de personas en cuanto a la ecología.

  Las cualidades y mensajes de este cortometraje fueron reconocidas, hecho que se demuestra en la victoria del Oscar del año 1987, y muchos otros premios. Merece ser difundida. Realmente es una de aquellas obras únicas que emocionan, cuentan algo importante y plantan una reflexión en la consciencia. La encontré por casualidad en una página de series y películas, y al terminarla de ver sentí una paz inmensa, un pensamiento que palpitaba en mi cabeza, y una inspiración profunda para escribir. Te invito a que te cautives con “El hombre que plantaba árboles”.

Alex Dan Leibovich

Fotografías:

Gigante arbóreo:

Bron-Yr-Aur – Led Zeppelin

Voces que valen ser escuchadas

Significado de Oniroscopio

Palabra resultante de dos vocablos: “Oniro”, que en griego significa "sueño" (los “oniros” o “oneiros” son los hijos del dios del sueño, Hipnos, en la mitología griega) y “-scopio”, que en griego significa “instrumento para mirar” o simplemente “mirar”. De esta forma sería equivalente a “mirar sueños” o “instrumento para mirar sueños”. Así, el simbolismo radica en ver lo fantástico en la realidad o el sueño en la vigilia.