Dos Almas. Parte 2.

Primera parte de “Dos almas”.
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–Sí, justo Nito me andaba contando de tu nombre –dijo Sofía, mirando a Demian a los ojos–. Que antes te iban a poner Nito, que tus papás eran fans de Sui Generis y que –sonrió–, bueno, te interrumpiste para ir al baño.

   La voz de Sofía era dulce y profunda a la vez. Me imaginaba el sillón como un suave acolchado de seda y ella como una musa griega, envuelta en una túnica blanca y cantando versos hipnotizantes. Pero a su lado, Demian quebraba la imagen. Reposaba cubierto por un velo de amargura. Aunque intentase disimularlo con una sonrisa, los ojos lo decían todo.

   –Sí, habíamos quedado ahí. Emm… –Demian suspiró–. La historia es simple: sí, mis papás eran fans de Sui Generis y me querían poner Nito. Hasta que cuando mi vieja todavía estaba embarazada, se enamoró de un tal Demian. Convenció a mi papá de nombrarme como él, claro que sin que supiese nada, y pocos meses después de mi nacimiento se enteró y se separaron. Linda historia, ¿no?

   Me quedé atónito. ¿Conque por eso se sentía tan triste e incómodo?

   Vi cómo la mano de Sofía se posaba sobre el hombro de Demian. Sus dedos de uñas perfectamente curvas lo acariciaron.

   Estuvo así un rato mientras yo me preguntaba qué clase de persona era ella. ¿Qué la habrá movido a ir a la fiesta? Sentía que, como nosotros, no encajaba ahí, que era parte de una esfera alejada de toda realidad inmediata.

   Y había algo que no cuajaba, tal vez en las expresiones: Sofía tenía las facciones fruncidas y los ojos de Demian miraban a sus pies, todavía zapateando.

   –Relajate. Respira profundo, acumulando el aire en el estómago. Hace bien –dije sin pensarlo.

   Demian levantó la vista. Me asusté. Creí ver algo raro detrás de sus pupilas. Era una mirada enloquecida. ¿O me estaba engañando a mí mismo?

   –Vos sabes todo sobre la tranquilidad, ¿no? Gracias, pero estoy bien así. Por lo menos sé que actúo como yo soy –dijo.

   Demian me asustaba, no lo podía negar. Pero aún así, me continuaba llamando mucho la atención…


Un cosquilleo cálido desciende desde mi hombro y se expande por todo mi cuerpo. La piel de Sofía es suave y delicada. Es tan hermosa: el pelo rubio, la piel blanca, los grandes ojos color azul… Y la siento conmigo. Me querrá. No puedo creer lo que está pasando. Y justo tiene que estar el estúpido de Nito al lado… Aunque no es estúpido, no. Ay, ¿qué es entonces? No puedo evitar tener bronca contra él. Y ahora me mira así de asustado. ¿Tanta mierda soy?

   –Me voy a tomar algo –dice Nito–. Ya vuelvo.

   Siento un pinchazo de culpa.

   –No te retrases mucho –le dice Sofía.

   Nito se va con una mirada que no me gusta nada.

   –¿Qué pasa, Demian? Casi no te conozco, pero intuyo que lo que contaste es solamente una pizca de por qué estás con esa cara ahora.

   La miro. Esos ojos me abren un mundo nuevo, lleno de palabras y comprensión. Me tientan. Me siento inclinado a decirle aunque sea una pizca de la verdad, pero… no. Volteo la mirada y sacudo la cabeza.

   –¿Por qué no me querés decir?

   No digo nada.

   –No te voy a insistir si no querés hablar. No me corresponde. Pero sabé que estoy acá para cualquier cosa que necesites.

   La voz. ¡La voz! Tan cariñosa y serena pero lejana a la vez. Quiero tomarla a Sofía de la pera y besarla aunque, ¿qué va a pensar de mí? Soy un asco. Soy la basura personificada. Ay… no puedo aguantar más. Su mirada me atraviesa, pero no logro evitarlo; el impulso brota de mí.


Caminaba lento. Tan poco tiempo de haberle conocido y ya había drenado mis fuerzas. Aún seguía sin entender completamente qué me llamaba de él. ¿Eran las fuertes emociones que corrían por sus venas? ¿Era su frágil y frenética personalidad? ¿O era algo que aunque intentase de averiguar nunca podría explicarlo con palabras? Mientras volvía de haberme servido agua, anhelaba que todo terminara, incluso si de esa forma perdía a Sofía. Ya no me sentía cómodo. Todo era una perdida de tiempo. Y estaba dolorido. Si tan solo nunca me hubiera acercado a él en primer lugar…

   Hasta que llegué. Lo que vi me estacó al suelo.

   Las dos siluetas se fundían en una. La cara de Demian estaba apoyada en el hombro izquierdo de Sofía. Lloraba. La mano delicada acariciaba su cabello. Los chicos y chicas seguían merodeando alrededor. Algunos pocos observaban la escena para luego seguir camino, pero la mayoría estaba avocada a su propia inconsciencia y disfrute. Me hubiera encantado estar en su lugar, fuera de la situación que tenía enfrente. ¿No podía ir al baño discretamente? ¿No podía hasta salir del lugar sin que se den cuenta? Era ya demasiado tarde para cualquier decisión; los grandes ojos de Sofía me miraban. “¿Qué hago?”, clamaban.

   Pero mis ojos remitían lo mismo: duda y pena. Quería alejarme, y ahora me era imposible; me vi obligado a sentarme a la izquierda de Demian. Estaba incómodo. Me removí en el lugar, los sollozos resonando en mis oídos. No sabía hacia dónde dirigir la mirada. La llevé hacia arriba y abajo. El suelo de madera estaba cubierto de suciedad, botellas media vacías y restos de picada. Apenas veía mi reflejo en él. No era algo bonito; mi cara estaba seria; los labios, apretados; la mirada, vacía. Levanté la cabeza y miré hacia la derecha. Los ojos verdes de Demian se encontraron con los míos.


Lo miro tras una cortina acuosa. Su estúpida cara brilla y se distorsiona. Mi mano se transforma en un puño. ¿Qué pasaría si lo golpeo? Luego de dos intentos frustrados la tercera podría ser la vencida. Ya no importa mucho más. Levanto apenas los nudillos cuando veo otra vez una bondad que no se merece esto. Ay, Dios.

   Meto mi cabeza entre los brazos. Aunque no lo quiera, no puedo evitar sentir la presencia de los dos, y más profundamente la de Sofía. Los ojos de todos los demás me importan un carajo, pero los de ella son todo para mí, y estoy quedando como un completo y miserable idiota. Ni siquiera merezco compasión.

   Escucho la voz de Nito, pero antes de dejarlo hablar, me levanto, volteo, y siento sobre el piso. Cierro los ojos y me impulso hacia delante, chocándome la cabeza contra el sillón. Está acolchado. Esta mínima mortificación me hace sentir bien. Una y otra y otra vez me choco. Boludo, boludo, boludo… Siento unas manos en los hombros que me hacen dar vuelta, y al abrir los ojos, llorosos, me enfrento a un Nito agitado.

   –¿Qué pasa? ¡¿Qué te pasa?! –Me quedo callado–. Ya no aguanto más esto, Demian. Para serte sincero, ¡no lo soporto más! No sé si acá está pasando algo que ignoro, no sé si yo soy el maldito causante de todo esto, no sé si vos sos el que está mal sin razón… no entiendo nada…

   Esa mirada antes tan pacífica ahora se está desmoronando. Me gusta eso. Me gusta mucho. Sus ojos están bien abiertos, sus dedos rasguñan y pellizcan su pantalón una y otra vez, y sus labios están apretados en un rictus. Todo eso me gusta.

   –¿Querés saber lo que me pasa? –escucho mi voz venenosa como si no fuera mía–. No podés ir por ahí hablando así a personas como se te antoje. Me pudre que la gente se de aires de confianza cuando no corresponde.

   –¿Pero a qué te referís? ¿Tanto te molesta que hable con vos?

   –No solamente conmigo.

   –¿Y con quién más?

   Me reprimo gritarle, pero no lo logro del todo; hablo con enojo.

   –Con Sofía, claro.

   –Pero vos me estás cargando –dice Nito riéndose y con el entrecejo fruncido–. Primero que Sofía fue la que se acercó a mí, por si no lo sabías. Y después que, Nito, es una fiesta. No está prohibido hablar y conocer otras personas. Para eso son en parte las fiestas. Y además tampoco es que me de tantos aires de confianza. ¿Cuánto sabés de mí? ¿Cuánto se yo de vos? Solamente sé que te iban a poner Nito, pero por eso que pasó te terminaron poniendo Demian. Nada más. Bueno, puedo sacar otras conclusiones como de que tenés una fuerte crisis interna, pero más allá de eso…

   –Creés que soy un pelotudo, ¿no?

   Entrecierro los ojos y le lanzo una sonrisita tóxica. Él pone una expresión meditabunda, viendo hacia arriba. ¿Es un gesto forzado o natural? Aprieto el puño.

  –Mmm… no, no creo que seas pelotudo. –Vuelve a mirarme–. No, pelotudo no. Conflictuado, sí.

   Siento un apretón dentro de la garganta. Vuelven las ganas de llorar. Giro la vista hacia la derecha. Me observa una chica hermosa de grandes ojos azules y pelo rubio. Me había olvidado completamente de Sofía. Y no me gusta su expresión; muestra incomodidad y duda. No quiere estar acá. Yo tampoco quiero estar acá.


Ya no sabía qué pensar. Sentía la transpiración pegada a mi frente, y de reojo percibí cuán incómoda estaba Sofía. Hacía acrecentar mi propia incomodidad. Y se encendió en mí un breve y poderoso impulso: dar la espalda y salir de la fiesta, sin palabras ni mirada alguna. Ignoraría lo que pudieran pensar de mí. Si después sufriera, que así fuera, pero no quería sufrir más en ese lugar.

   Estaba levantándome, cuando Demian se volteó hacia mí. Me sorprendió. En su cara ya no había ningún rastro de veneno, ninguna falsa sonrisa, ninguna loca mirada. Todo eso se había desprendido de él como una serpiente se desprende de su vieja piel. Y debajo se encontraba desnudo. Sus ojos resplandecían, distorsionados por una capa de lágrimas; sus labios, cerrados y temblorosos; y su postura ya no demostraba orgullo, sino una flaqueza extraordinaria, a la manera de un criminal que finalmente se estuviese confesando ante el juez. No pestañó. No desvió la mirada. Y cuando cayó la primera lágrima, la voz brotó de entre sus labios.

   –Perdón, perdón, perdón, perdón… –Su pecho se sacudía–. No pude ser más estúpido y cretino, porque fui un cretino, Nito y –miró al otro costado–, Sofía. No fui para nada sincero con los dos… soy un hijo de puta.

   Se puso las manos sobre sus ojos y sollozó. Dentro de mí se entremezclaron infinidad de emociones: pena, compasión, pero sobre todo un intenso alivio; no fui yo el culpable de que Demian estuviera así. Un peso cayó de mi cara dejando una sonrisa a la vista. Aun antes de que Sofía se irguiera, fui hacia Demian y, extendiendo mis brazos, lo abracé. Respiré calmo y traté de transmitirle ese ritmo. Pensé fijamente en tranquilizarlo. Y sentí que lo estaba logrando. Los temblores se fueron deteniendo. Como en un mutuo acuerdo, en silencio, nos sentamos otra vez en el sillón.

   Demian estaba entre Sofía y yo, los iris verdes como invadidos por raíces raquíticas de color rosa, pero su cuerpo, calmo, y sus pies, quietos. Me transmitía más tranquilidad. La situación estaba cambiando.


La angustia, la vergüenza, el odio, la culpa, el patetismo. Me ahogan. Pero hay algo más. Una luz que hace que todo eso sea menos desagradable: la liberación. Mi pecho se llena de ella. ¿Puede ganar contra la mierda que es el mundo?

   Veo a Sofía y Demian, compasivos y expectantes. Odio esa clase de miradas, como si yo fuera menos que ellos. Pero ya estoy cansado de guardar la suciedad.

   –Fui un cretino, chicos. –Sacudo la cabeza–. Un total cretino.

   –Pero, ¿por qué? –pregunta Sofía.

   Hacía mucho que no escuchaba esa voz tan dulce.

   –Porque les mentí.

   El apretón empieza a estrujarme otra vez la garganta. ¡¿Por qué estoy tan emotivo?! ¡Basta!

   Miro a Nito.

   –Al principio te quería contar la verdad, pero cuando te vi con Sofía, ¡Dios! Me dio tanta bronca… y tanta impotencia. Ni pensé cuando conté esa historia, me salió así…

   Me callo, y espero por si alguno dice algo. En sus expresiones ahora hay un respeto sobrenatural para mí. Odio más eso todavía que las otras miradas. Nadie dice nada. Respiro hondo para hablar, pero al expirar no sale ninguna voz; solo aire. Miro al suelo.

   Siento una mano sobre mi hombro derecho. Levanto la cabeza. Sofía me sonríe.

   –Mierda, empezamos a hablar hace poco y no puedo creer que esté sintiendo todo esto por ustedes. No sé si les pasa lo mismo, pero es como si los conociera desde hace una eternidad. Y no tienen idea de a qué clase de persona conocieron…

   Siento otra mano, ahora del lado izquierdo.

   –Yo también siento lo mismo, Demian –me dice Nito–. Es muy extraño, pero también lo siento, y para serte sincero, cuando te vi por primera vez observé algo diferente en vos. Todavía no sé bien qué es, tal vez nunca lo sepa, pero fue algo extraordinario, algo que me atrajo a tu persona, algo que me hizo querer tu amistad.

   ¿Estoy sintiendo lo que creo estar sintiendo? ¿De verdad se me esta formando una sonrisa en los labios?


Demian sonreía genuinamente. No podía creer esa expresión en él, nada que ver con la sonrisita perversa de antes, pero ahí estaba, aun con los ojos rojizos y la respiración agitada. Dentro de mí se encendió una chispa de felicidad, pero tan rápido como surgió, se extinguió. La sonrisa radiante de Demian se había tornado en una línea torcida.

   Sacudió la cabeza.

   –No, no puedo estar bien, digas lo que digas, Nito. No merezco eso –alzó unos ojos angustiados–. ¿No entendés que les mentí? ¡Les mentí! ¡A ver si te entra en la cabeza!

   Y, como ya venía pronosticando, el huracán de confesiones arremetió con todas sus fuerzas.

   –Cuando te vi, Nito, no quería que te acercases a mí. Sabía que algo así iba a pasar. Siempre arruino todo con mis celos y mi ralladura. Sigo sin entender por qué me hablaste, no sé qué me ves, y te recomiendo que te distancies rápido. No hago bien a la gente cercana; las contagio de mi locura, creeme. –Sonríe con aparente ironía–. Ya tengo experiencia. No te diría esto si no hubiera perdido valiosas amistades.

   Una lágrima cayó de su ojo derecho.

   –Pensé que no eras una persona auténtica, que eras como todos los acá presentes; un nadie. Te quise dar una oportunidad, ¿sabés? ¡Pero también te quería pegar! ¿Entendés el grado de mi desastre? –preguntó, colocándose el dedo índice en la sien–. Y no solamente eso, porque…

   Movió la cabeza hacia abajo y a un costado.

 Demian se dio vuelta hacia Sofía. Me percato por primera vez de las películas traslúcidas que cubrían sus ojos del color del cielo vespertino.

   –No llorés igual que yo, por favor. Vos no te lo merecés. Ay, Sofía…

   Demian me miró. Abrió la boca, pero no salió nada. La abrió otra vez y…


…no puedo. Quiero expresarlo, pero no puedo. ¿Por qué me cuesta tanto, carajo? Y un pensamiento sacude mi mente: “no quiero que lo sepan”. Pero si no lo digo, no se va a poder resolver nada y todo esto irá de mal en peor, haciéndonos sufrir a los tres. Acumulo fuerzas e intento una vez más.

   –Ay, ¿qué importa ya? Todo el tiempo estaba pensando en alguien más, en… –me giro hacia ella–. En vos, Sofía. Te vi apenas entré a la fiesta y desde ese mismo instante quise acercarme. Al principio no me animé y después te perdí de vista. Cuando hablaba con Nito en realidad mi cabeza estaba con vos. Ay… no sé cómo te lo estoy diciendo así nomás, pero es así, Sofi.

   Siento la cara como envuelta en una cálida aureola.

   –Y cuando me fui al baño, y volví, verte con él fue insoportable. –Miro a Nito aunque no quiera hacerlo–. Sentí celos y la frustración constante de no poder conseguir nunca lo que quiero. Entonces, para desquitarme, les mentí como un grandísimo idiota. Les mentí como un nene, para conseguir mimos que me cuestan obtener de otra forma.

   –¿Cuál era la verdad? –pregunta Sofía débilmente.

   Entorno la vista en sus ojos azules. Quiero comérmelos.

   –La verdad es que…

   Aprieto los dientes. Es imposible quedar todavía más patético.

  –Nito Mestre. A medida que pasó el tiempo mis papás no lo fueron viendo como tan buen músico. Se les pasó el aire hippie de cuando eran más jóvenes y terminaron rebajándolo. Eso. Cambiaron de gusto por el nombre y les atrajo “Demian”. ¡No hay otra pelotuda razón! Ni que mi mamá se enamoró de un Demian, ni que me tuvo mientras estaba enamorada de otro hombre que no fuera mi viejo… La única verdad es que se separaron poco después de haber nacido yo. Todo eso demuestra lo hijo de puta que puedo ser para llamar la atención o para arruinar momentos. Así que, chicos, no me lo perdonen. Chau.


Se levantó. Su figura me resultaba muy curiosa: extrañamente noble, retirándose como alguien que acepta sin dudar el destino más trágico. Y a pesar de que se iba, tal vez dando por finalizado todo, me di cuenta que yo estaba mucho peor que antes. No pude entender por qué. Sencillamente tenía pena y confusión y un hondo malestar. Al ver de reojo a Sofía me pareció ver una sensación parecida, aunque, mirándola más fijamente… No, estaba diferente. ¿Era su mirada? Sus ojos destellaban como dos estrellas.

   No, no me digas…

 Sofía se levantó del sillón y fue tras Demian. Él ya estaba algo lejos, visible intermitentemente en la corriente de invitados, pero la chica llegó a darle la mano y sus labios se movieron. Demian quiso seguir camino. Sofía lo sujetó y sus labios se movieron otra vez. Las facciones de él se ablandaron poco a poco. Y ahora surgió en mí un chispazo inaguantable de celos. Demian no era el único frustrado por el amor.


Sus palabras son dulces. No puedo creer todavía que se haya acercado.

   –…así que no es para tanto, che. No te pongas así…

   No puedo ponerme de otra forma. Y si forzara los sentimientos, me pondría peor. Sin embargo, lo que mejor me hace en este momento no son las palabras que me dice, sino la mano que me toca. Ah…

   –Sí, gracias, Sofi… En serio.

   Pero mi vista capta otra cosa ahora. Detrás, sentado en un sillón, hay una cara que no me gusta nada; es el vivo reflejo de mis propios celos. Es tan obvio lo que pasa.

   Tranquilo, me digo a mí mismo.

   –Vamos a sentarnos, Demian. No hagamos más el ridículo en esta fiesta y tratemos de disfrutar –murmura Sofía.

   No, yo ya no puedo disfrutar.

   –Sí, vamos a sentarnos –respondo.

   Dos emociones colapsan: la satisfacción casi malévola de haber obtenido lo que Nito no pudo obtener, y el asco hacia mí mismo por tener esa misma emoción.


Ya no sentía el sillón igual de cómodo. Veía de reojo a los invitados y sus caras demacradas por el alcohol y el cansancio. Pero también veía otra cosa: una persiana encandilada por una luz tenue.

  Los dos se sentaron al lado mío. Y percibí cómo uno de ellos expedía un aura envenenada, contagiándome de la fibra dura del odio y la herida de los celos. Y de todas formas… ¡¡¡Ah!!! ¿Qué era lo me llamaba la atención de él?

   Y Sofía seguía a su lado.

   Un silencio cortante había puesto muros entre los tres. Cada uno parecía comprender y aceptar el acuerdo tácito de aquel silencio. Cada uno parecía instar al otro para que provocase su ruptura. Esperaba que todo se prolongase por mucho tiempo. Sin embargo, tuve una sorpresa.

   –¿Me perdonás?

   Nito gira la cabeza hacia mí.

   Puedo ver mi cara en sus grandes ojos marrones. Pero no logro dilucidar la expresión que tengo. Me da miedo. Si ni yo mismo me puedo comprender ahora, ¿cómo puedo esperar comprender a otro, entonces?


Lo dijo con un tono muy suave, nada que ver con su personalidad despiadada. Pero por alguna razón eso mismo me llenó de furia.

   –V…   

   No, no podía hacerlo. Si comenzaba a hablar, todo un aluvión de palabras irracionales pero dolorosas saldrían de mi boca y no debía rebajarme a eso. Respiré hondo, tratando de alejarme, pero mi mano se apretó en un puño.


–Dale, hablá, hablá –insto–. No sirve de nada que te contengas.

   Mi reflejo en sus ojos me sigue dando miedo. Qué momento de mierda. Estoy cansado de que esto se prolongue.


Apreté aún más el puño.

  –Sí, estoy podrido de contenerme, Demian. Toda la vida me contuve hasta en momentos en que debería haber explotado, y la verdad nunca voy a poder estar seguro de si estuve o no lo correcto. Pero ya estoy podrido. –Me levanté–. ¿Querés que te perdone así de fácil cuando yo fui el que me acerqué a vos primero, para que después me termines dando esta farsa de porquería? Todo por Sofi, todo por ella… Y en vez de aclarar las cosas, me hacés sentir tan mal por dentro. Me hacés sufrir. No es para nada lindo…


Lo escucho quieto. Merezco esto y más. ¿Por qué no me viene a pegar, carajo? Me haría tan bien…

   –¿Qué derecho tenés a mentir para manipularnos, para atraer atención, para desquitarte de tus propios problemas, que estoy seguro que son muchos? La verdad ahora mismo me encantaría cambiar el pasado. Si no me hubiera acercado a vos, todo esto no hubiera ocurrido.

   –Entonces, ¿para qué te acercaste? –pregunto.

  Nito se queda helado. Me da curiosidad la respuesta a esa pregunta, y por cómo reacciona, di en el blanco.


–Yo ya te dije, Demian. Algo tuyo me llamó intensamente y es… inexplicable.

   –¿No creés posible que eso que te llamó está dentro de mí solamente que por alguna razón no lo puedo demostrar?    

   Entorné los ojos. Mi corazón martillaba contra el pecho. Un fugaz pensamiento se escapó entre mis labios por su cuenta.


–Sí, lo creo.

   Me parece ver sorpresa en su expresión pero debo haber proyectado la mía misma en él. ¿Tan comprensivo puede llegar a ser?

   Si termina como un amigo, no pienso en perderlo.

   Siento la desconfianza ya muy débil. Pero aparte, acá falta algo…


–¿Y Sofía? –preguntó Demian.

   Me volteé, aún sorprendido de mi respuesta anterior, y vi que no había nadie al costado de él. ¿Dónde se fue? Pero esa no era la pregunta más importante; ¿por qué se fue?

   Demian parecía preguntarse lo mismo, y sentí que los dos conocíamos la respuesta.


Me levanto, y también lo hace Nito.

   Tengo una piedra en la garganta. Me asfixia, pero al lado… Los ojos de Nito destellan y ahora  sí puedo distinguir bien no solo mi expresión en ellos, sino también la de él, y las dos reflejaban exactamente lo mismo. Tristeza. Muestran la resignación que da lo eternamente inalcanzable. Me siento raro; es tal vez la primera vez que empatizo de esa forma con alguien, sin siquiera intercambiar palabras.


El rostro de Demian había cambiado. No solo las facciones estaban relajadas, en contraste con la tensión de antes, sino que había algo más… Creí haber descubierto el otro ser que se escondía en él. Un ser no conflictuado, sino deseoso de cariño y amistad, de una voz que lo apoyara y tranquilizara del tumulto fuera y dentro suyo. Me percaté de que por fin sabía la respuesta a la incógnita de toda la fiesta. Por fin sabía qué me llamó de él. Sentí correr por mi cuerpo el furor de la revelación y una sonrisa gigantesca alzó las comisuras de mis labios.

   La atracción hacia Demian no tenía una lógica, no podía tenerla. Precisamente por el hecho de ser amistad, es algo irracional. Y encaja cualquier cosa ilógica dentro de ese territorio. Por lo tanto que seamos dos personas opuestas no es ninguna barrera para una relación. Y me di cuenta ahora qué era lo que también había cambiado en él: sus ojos. Estaban fijos en mí. Sofía ya no estaba reflejada en ellos.


El lugar se vacía. Chicas llevadas en brazos por sus amigas, parejas estrechadas de la cintura, chicos riéndose de chistes mutuos; poco a poco van saliendo, dejando detrás un silencio en aumento. Las aberturas de las persianas despiden la luz rojiza anaranjada del amanecer.

   Ya no tiene sentido pensar en ella. Ya fue… Otra más que se apartó, otra más que vendrá. Pero un amigo como Nito va a ser muy difícil de encontrar.

   Mirando fijamente los ojos marrones, me acerco hacia él con una leve sonrisa en los labios. Lo tomo del hombro.

   –Nito, ¿querés que vayamos a un café por acá cerca? Yo no suelo ir pero me suena que a vos te gustan.

   Su sonrisa se ensancha. Es melancólica pero sincera y radiante a la vez.

   –Sí, vamos.

  Los dos somos los últimos. Salimos a la claridad opaca del nuevo día. Mientras caminamos uno al lado del otro, le hago notar la marca casi idéntica que compartimos, cada uno en una oreja diferente. Él se sorprende y exclama algo sobre las coincidencias significativas de la vida. Sin embargo, yo no le presto atención; veo una melena rubia a lo lejos. Mi mirada se detiene durante un breve instante. Pero luego la desvío y ya solo soy consciente de los pasos del chico que podría haber sido mi tocayo.

Alex Dan Leibovich

Licencia Creative Commons
Dos Almas. Parte 2. por Alex Dan Leibovich se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
Basada en una obra en http://oniroscopio.com.ar/dos-almas-parte-2/.

Fotografías:

Espiral triple céltico:

Bron-Yr-Aur – Led Zeppelin

Voces que valen ser escuchadas

Significado de Oniroscopio

Palabra resultante de dos vocablos: “Oniro”, que en griego significa "sueño" (los “oniros” o “oneiros” son los hijos del dios del sueño, Hipnos, en la mitología griega) y “-scopio”, que en griego significa “instrumento para mirar” o simplemente “mirar”. De esta forma sería equivalente a “mirar sueños” o “instrumento para mirar sueños”. Así, el simbolismo radica en ver lo fantástico en la realidad o el sueño en la vigilia.