Dos almas. Parte 1.

Yin y Yang

© Alex Dan Leibovich

Lo miraba desde lejos. Algo del chico me llamaba la atención. Tenía los ojos puestos en el suelo. Zapateaba arrítmicamente, mientras los rasgos de su cara se contraían pisada tras pisada. Era obvio que sentía que no encajaba en la fiesta, al igual que yo, pero lo demostraba de una forma distinta.

   Lo miraba desde lejos. Pero, ¿debía acercarme? ¿O debía mantenerme en el lugar? ¿Me haría daño? ¿O podría ser una gran amistad? Hace ya tiempo que necesito una…

   Dio vuelta el rostro. La nuca apuntó a mí. Pensé en multitud de escenarios diferentes. En uno yo me acercaba y le preguntaba qué hacía ahí, en aquella reunión. Él me contestaba algo, intentando ser cortés pero sin serlo, y luego, poco a poco, se mantendría en silencio hasta dejarme sin palabras. En otro escenario, él me veía y se acercaba. Me saludaba, hablaba inquieto y algo repentino, y luego cambiaba de tema tornándolo en una excusa para irse. En otro escenario, los dos nos dirigíamos hacia un punto en común, para tropezarnos y caer en una breve disculpa, una aún más corta charla y una despedida abrupta. Ninguno de los escenarios era bueno. Entonces, ¿por qué me atraía aquella amistad potencial? Sentía que había un gran abismo entre nosotros y que no existía puente con que franquearlo. Pero aún así me atraía ese abismo y el vértigo que provocaba.

   ¿Qué haría? ¿Qué sucedería? ¿Cómo saber el futuro?

   Mierda. Esto es difícil.


Estoy en esta fiesta de mil invitados y colados. Todavía no entiendo por qué estoy acá; ni siquiera pertenezco a este ambiente repugnante de chicos y chicas hipócritas, superficiales y verdaderamente tarados, que se creen superiores por las falsedades de la carne, el alcohol y la droga. No hay nada que me pueda dar más furia. Aprieto el puño mientras pienso en por qué acepté la invitación de Alan. Y la respuesta viene rápido: solo por compromiso.

   Sin embargo, todos los sentimientos de furia y arrepentimiento se esfuman cuando pienso en la chica. ¡Dios! ¡Su melena rubia rizada! Cómo me encantaría besarle la boca y chuparle el cuello y las pequeñas orejas…

   ¡Basta! No puedo pensar todo eso estando acá. Pero me aburro, y me entristezco. ¿Cómo voy a poder divertirme con alguien de esta puta masa de cabezas vacías…?

   Qué oportuno; se acerca un chico. Aunque no es como los demás. Tiene una expresión bondadosa. Y hay una especie de paz en él, tal vez demasiada para mí y menos conveniente todavía para el ánimo de ahora. Alejate. No me vas a hacer bien. Alejate. No te voy a hacer bien si eso es lo que querés…


–Hola –le dije al chico.

   Cuando lo vi al principio percibí en él algo que se sofocaba y se retorcía, todo detrás de una pared mal construida por él mismo. Ahora, sin embargo, llevaba un rostro más lúcido; los ojos estaban abiertos y ya no estaba cabizbajo, aunque sus pies seguían zapateando. No sabía lo que se proponía.

   –Hola –hubo una breve pausa en la que noté un sutil movimiento de sus pies–. ¿Cómo te llamas?

   –Nito, ¿vos?

   –Demian. Waw, es la primera vez que me pasa esto.

   Entorné los ojos, curioso, y noté que él hacía lo mismo.

   –¿Qué cosa?

 –Tenés el mismo apodo que me iban a poner mis viejos de nombre, pero que lo terminaron cambiando por… bueno, es una anécdota algo larga y yo te lo voy a hacer todo tedioso.

   –No, no, contame. En serio.

   –Bueno… –Noté amargura en sus ojos, aunque debía haber algo más.

   Ay Dios, este chico sí que es diferente. Tiene algo… ¿por qué estoy hablando con él? Sigo sin entenderlo. Nunca soy así de impulsivo al acercarme a una persona que no conozco. Pero vamos a seguir a ver qué sale.

   –Sentémonos allá y te cuento –dijo señalando un sillón vacío al lado de la mesa con bebidas.

   –Dale.


¿Cómo puede mostrar tanta paz y autenticidad? Algo tiene que haber ahí… ¿Podrá ser tan hipócrita para mostrar esa expresión o es de verdad así? No sé… no confío. Tendré que esperar.

   Nos sentamos y lo observo. Me llama la atención algo: tiene una pequeña cicatriz debajo de la oreja. Yo tengo una casi idéntica, aunque del otro lado. Pero me la hice en una mala época, mejor olvidarlo.

   –Emm… –titubeo–, ¿por dónde empezar?

   Alrededor los chicos y las chicas toman, ríen y hablan de cosas estúpidas. Pero parece como si para Nito, tranquilo y oyente, todo eso no existiera, como si estuviéramos rodeados por una burbuja aislante. Por el contrario, yo me siento incómodo. ¿Qué me pasa?

   –A ver, puedo empezar hablándote de mis viejos, aunque no sé… Tampoco sé si debería tocar mucho eso, porque, bueno, el tema es que cuando estaban de novios, pero igual…

   –No te resulta fácil hablar de esto, ¿no? –Nito frunce los labios–. Entonces, ¿por qué lo haces? Tampoco quiero que me cuentes algo que no quieras contar, eh.

   No esperaba una respuesta tan comprensiva.

   –No, no, está bien. Ni sé por qué me cuesta tanto, puedo hacerlo.


Lo escuché atentamente. Sus facciones estaban algo rígidas y los ojos verdes apuntando al suelo. Sentí su incomodidad y me pregunté nuevamente qué era lo que le veía. Pero ahora me lo podía responder, al menos en parte: ansiedad, rebeldía y unas ganas de destacar entre los demás que contenía forzosamente.

  –Mis viejos me contaron que en su época los dos eran fanáticos tremendos de Sui Generis, y lo más curioso es que no se conocían todavía, pero fueron casi a los mismos conciertos, incluido “Adiós a Sui Generis”, ¿viste..?

   –Sí, sí, no vi la película pero la conozco.

  –Bueno, entonces después, cuando se conocieron, coincidieron inmediatamente en el nombre. A los dos les encantaba la voz de Nito Mestre. Pero…


¿Le digo o no le digo? Me mira con esos ojos marrones. Son tan grandes como los de ella, aunque no del mismo color. Ah… qué rubia tan buena. Si tan sólo pudiera cruzármela otra vez… No. Lo que me pasa con ella es muy diferente al amor.

   –¿Pero…? –pregunta Nito.

   Me dan ganas de darle un puñetazo. Ya no soporto más esta farsa: charlar en el medio de una fiesta mientras por mi mente pasan otras cosas. Ya no aguanto esa supuesta paz que lo abriga. De verdad quiero pegarle. Aprieto el puño, pero no puedo hacerlo.

   –Tengo que ir al baño, Nito. ¿Me esperás?

   Me asqueo a mí mismo por el tono de fingida amabilidad que surgió de mi boca. Ahora su cara va a perder todo rastro de serenidad; es un ser humano, no puede ser de otra forma, pero… No. Se mantiene igual. ¡Qué hijo de puta!

   –Sí, te espero, te espero, no hay problema –dice con una sonrisa.

   Me levanto y atravieso el océano de chicos y chicas, con las mandíbulas apretadas. Odio estar así y menos en una fiesta, pero no puedo evitarlo. Y detesto luchar contra la emoción, siempre mejor que fluya

   Me cruzo con varios conocidos en el camino. Cada uno me saluda; las caras sonrientes e ilusas, pero sé que lo hacen solo por cortesía. ¿Qué sienten ellos por mí? Estoy seguro que nada.

   En mi interior ruge otra cosa, acalorada y palpitante. No puedo dejar de buscar entre las caras. ¡Tan buena, y desaparecida! ¿Dónde está? Aunque no me siento como para hablar, tengo que hacerlo. Tal vez no habrá otra oportunidad.

  Sin embargo, cuando llego a la puerta del baño sigo sin encontrarla. Dolorido e impotente, entro.


Esperaba mirando a mi alrededor, concentrado en nada particular. Se me cruzaban muchos pensamientos mientras el vocerío y el movimiento eran como el murmullo de un viento lejano.

   ¿Qué le pasaba a Demian? Era obvio que no tenía ganas de ir al baño. Ya desde el principio lo notaba agitado y sacudido por algo ajeno a nuestra charla. Su cuerpo estaba al lado mío, y tal vez hasta su mente, pero su corazón estaba bien lejos. ¿Y mi corazón? Yo me sentía bien, en paz. Era raro porque hacía mucho tiempo que no me sentía así, y encima en una fiesta; siempre hay alguna u otra preocupación, pero ahora estaba relajado y disfrutaba. No era tiempo perdido. Y Demian me atraía. Pero ni sexual ni amorosamente. Había algo en él, algo oculto y no necesariamente bueno. Aunque no había averiguado precisamente qué era, solamente podía intuir que era alguien con mucha fuerza en su interior y que no la usaba como debería.

   Hablando de eso, ¿cuánto le faltaba?

   –Hola, ¿me puedo sentar acá?

   La voz me sacó del ensimismamiento. Miré hacia el lugar de donde vino. Era una bella chica, alta y de rasgos suaves. Sus ojos azules parecían brillar entre toda la muchedumbre. Mi corazón comenzó a palpitar fuertemente y no pensé en nada cuando dije:

   –Sí, ¿cómo no?


Salgo del baño algo más tranquilo. Al menos mi cara está más presentable, sin el culo que siempre me caracteriza. Tal vez necesitaba eso; un tiempo a solas sin la manga de pelotudos que me rodea. Sin embargo, soy terriblemente consciente de que los latidos de mi corazón no se apaciguan y de que mi vista todavía persigue lo oculto.

   Voy a través de los pasillos, salteando parejas ardientes (por los que siento un profundo desprecio mezclado con celos), gente medio dormida hablando en el suelo y algunos pocos que parecen ser como yo y como Nito: personas marginadas en aquel ambiente. ¿Sigue mi expresión tan irritada? Ya lo vería en el reflejo de ojos ajenos.

   Hasta que finalmente encuentro la cara de Nito. La distingo en un resquicio entre los tantos brazos y piernas, para luego desaparecer otra vez en la marea de invitados. Pero noté que estaba hablando. El veneno que odio y amo al mismo tiempo empieza a arder en mí. A pesar de no haber charlado más que unos pocos momentos y de haber estado bien alejado en mente y emoción, siento algo por él. Todavía me incomoda esa paz suya, y también la sensación de que puede ser alguien falso… pero no voy a hacer caso, ¡carajo! Tengo que asegurarme antes. Ya estoy cansado de desconfiar de todo el mundo. Y no puedo evitar sentir lo que corre por mis venas; el veneno de los celos.

   Camino un poco más, ansioso por ver qué chico me esta reemplazando, y cuando se despeja la marea, puedo contemplar bien la escena. Me quedo quieto, los ojos abiertos, el corazón palpitando. Nito habla con pasión. Sus palabras llegan a los oídos de una chica hermosa, de rasgos suaves, ojos celestes y… una larga melena rubia. Luce serena y hasta aparenta disfrutar intensamente.

   Creo que mi cara se contorsiona. Mi corazón late muy fuerte y siento una oleada de asco hacia los dos, al mismo tiempo que la toxina del odio irriga cada parte de mi cuerpo. Mis manos se convierten en puños y deseo por un breve, brevísimo instante, ahora sí, golpear la cara de Nito, cuando percibo su mirada y una expresión cordial y hasta alegre.

   –Vení, Demian, sentate. Justo le estaba contando a Sofía de vos.

   ¡¿Sofía?! Hermoso nombre… ¡¿Por qué lo tuvo que saber él primero?! ¡¿Y justo tuvo que conocerlo?! ¡La puta madre! Pero siento la mirada de los dos clavados en mí. Lo menos que puedo hacer ahora es caer en ridículo, como ocurre casi siempre. Así que fuerzo una sonrisa, lo suficientemente amplia como para que no crezca la preocupación que empieza a nacer en la cara del ingenuo de Nito.

   –Dale –digo sin entender cómo me logro controlar–. Hola.

   Doy un beso en la mejilla de Sofía, revolviéndome por dentro.

   Me siento y empezamos a hablar.

Continúa en “Dos Almas. Parte 2.”…

Alex Dan Leibovich

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Basada en una obra en http://oniroscopio.com.ar/dos-almas-parte-1/.

Fotografías:

Yin y Yang:

Soda Stereo – Cuando pase el temblor

El tiempo en capítulos