Como pigargos a la libertad. Parte 2.

 Los trabajos en la fábrica eran cruentos. Y lo eran tanto en dureza como en tiempo en

Niña y hombre asistiendo a una fábrica de papel en el ghetto de Lodz

Niña y hombre asistiendo a una fábrica de papel en el ghetto de Lodz

las bestiales tareas a los que se los asignaban. Sin embargo, con cada martillazo, con cada armado, con cada gota de sudor, se descargaba, y su mente se imaginaba que cuando golpeaba, golpeaba un cráneo de aquellos monstruos; que cuando golpeaba, rompía los pechos de los que se llevaron a sus abuelos y a su pequeño hermano hasta la misma muerte en la masacre del segundo ghetto; que cuando golpeaba, hacía saltar los sesos de Hitler, enviándolos al mismo infierno (el cual era poco para él).

   Al sonar el silbato dejó el martillo y se encaminó hacia la salida. Allí estaba el capataz nazi. Ya había aprendido que no debía mirarlo a los ojos; hiciera lo que hiciera, él siempre buscaría excusa para humillar a cualquier judío que se le cruzase, pero no había nada peor que cruzar miradas.

   David era uno de los últimos que atravesaba el portón cuando escuchó aquel gritó no pudo hacer más que darse vuelta.

   –¡Soltame! ¡Soltame!

   –Maldita basura. ¡¿Qué hiciste con aquella pieza?!

   –¡Soltame! Erré… fue un error…

  –¿Querías sabotear las operaciones? Sabés muy bien que vivís porque el führer necesita elevar al Reich, y para hacerlo necesita mano de obra. Si no fuera por eso ya estarías muerta y tirada a un foso. El mundo estaría tan bien sin ustedes… Y vos agradecés de esa forma… sólo te espera la horca…

   David sabía que era una estupidez y que probablemente conseguiría la muerte… Pero ¿quién piensa cuando hay amor en el medio?

   –¡Ella no hizo nada! –exclamó.

   El nazi lo miró con una expresión asesina. Creyó que iba a matarlo allí mismo, en aquel momento…

   –¿Ahora sos cómplice de esta escoria…?

   …y tuvo razón.

   David reaccionó antes de que el capataz pudiera siquiera sacar el arma, y se adelantó con un gran paso, sujetando a Khaia de la mano y corriendo hacia la salida. Sintió cómo una bala le silbaba a un costado y olió el aroma a pólvora que impregnaba el ambiente, al mismo tiempo que escuchaba el impacto contra una pared de la fábrica. Salieron  y afortunadamente no había guardias cercanos que vieran lo acontecido.

   Escuchó los gritos detrás seguidos de fuertes pasos, pero él no se detuvo, y sujetando a

Entrada al ghetto de Vilna

Entrada al ghetto de Vilna

Khaia, la miró directo a sus ojos marrones. Ella asintió y salieron despedidos hacia las profundidades del ghetto. Traspasaron la cerca que circundaba la fábrica y chocaron contra uno de los transeúntes que merodeaban por allí. Por doquier se veían brazaletes con la estrella y agradeció la muchedumbre que afianzaba su escape. Pasaron entre una pareja casada y un grupo de adolescentes, empujando a estos últimos.

   David no sabía si distinguía adecuadamente entre la realidad y la ficción: si estaba imaginándose los gritos detrás o eran verdaderos, sofocados por la multitud. De todas maneras no quería saberlo y no miraría hacia atrás; ello sólo significaría retroceder, y retroceder en aquella situación era morir. Khaia parecía inusitadamente segura, como si el escape peligroso le diera una nueva razón para vivir la vida.

   No pararon pero ahora ella lo dirigía, no él, conduciéndolo a través de la gente hasta infiltrarse en un pequeño callejón que David conocía de vista pero por el cual nunca había entrado. Se deslizaron cautelosamente, ella adelante, él atrás, hasta llegar a una zona cubierta enteramente por cajas y algunos desechos. Rápidamente ella quitó algunos de la base y golpeó al suelo con sus manos.

   David levantó la cabeza en constante alerta, ignorando lo que hacía Khaia. Tenía un presentimiento de que el capataz no había perdido completamente su pista y hasta podría llegar a encontrarlos en cualquier momento. Miró hacia un lado y el otro del callejón, pero nadie apareció, hasta que sintió cómo una mano le tiraba del pantalón, y asombrado vio que Khaia se hallaba medio cuerpo en superficie y medio cuerpo debajo de un hueco en el suelo.

Frente de la Gran Sinagoga en Vilna

Frente de la Gran Sinagoga en Vilna

Sin pensarlo un segundo se adentró entre las cajas, y al ver que Khaia bajaba completamente su cuerpo por el hueco, él se dispuso a colocar los pies en él. Antes de bajar dispuso nuevamente en su lugar las diversas cajas y comenzó a cerrar la puerta trampilla a medida que se sujetaba con la otra mano y bajaba por la escalera vertical. No supo si fue su imaginación, pero al quedar un centímetro de puerta abierta, creyó escuchar la voz del capataz y varias más. Sin embargo, la puerta hizo eco al cerrarse y la oscuridad lo envolvió todo.

  Tanteó, buscando los barrotes con los pies. Uno, dos, tres… vio una húmeda pared crepitar ante un fuego que iluminó el ambiente… cuatro, cinco. Sus pies tocaron el suelo y se dio vuelta para ver allí parados a Khaia y a dos muchachos más. Uno era de pelo negro muy oscuro y ojos verdosos. Tenía una contextura ancha y estaba vestido con chaqueta de cuero y un rifle en su mano. El otro era de pelo marrón algo largo cubierto por una boina y vestido con un largo piloto. Llevaba una pistola. El primero parecía unos dos años mayor que él mientras que el segundo parecía ser de su edad. Por su parte, Khaia estaba algo agitada, pero cuando se movieron sus labios le brotó una voz firme y energética:

  –Bienvenido a las Fareynegte Partizaner Organizatsye 1, David. Oficialmente ya sos parte de los nuestros.

  Lo repentino de la situación lo dejó impactado, no sabía si de alegría, satisfacción o sencilla sorpresa. Sin embargo, cuando pudo obervar bien en la oscuridad se produjo un pinchazo en su corazón: la mano de Khaia estaba entrelazada con la de aquel muchacho de boina. Ella no pareció notar su mirada pues dijo con una radiante sonrisa:

   –Y no era una excusa del nazi para matarme… en verdad estaba intentando sabotear la línea de producción.


   El alba arribó despertándolo de un constante limbo entre la vigilia y el sueño. A pesar de la continua fatiga de los últimos días, desde la batalla no podía dormir bien; sólo conseguía una burda imitación de ello.

   Todavía no era tiempo de guardia, pero se levantó de todas formas y admiró el mágico paisaje a su alrededor con los rayos del sol matutino penetrando a través de las ramas y las hojas, destellando en el rocío. La mayoría de la gente parecía dormida, pero David observaba que la mayor parte de esa mayoría en verdad entreabría lentamente los ojos y se movía de un lado para otro. A lo lejos notaba a varios partisanos en vigilia diseminados perimetral y estratégicamente.

   Se fijó en cada persona, en cada rostro y sin embargo había uno que faltaba…

   –David…

   La dulce voz fue acompañada del pose de su mano en el hombro. Dio vuelta el rostro para ver a Khaia, allí, con lágrimas que envolvían sus ojos color avellanas, con pequeñas lastimaduras en su piel blanca y con barro que cubría su pelo rizado. Pero aún así lucía hermosa, resplandecientemente hermosa. Y la abrazó como nunca había abrazado a nadie, en una sensación inexplicable de múltiples sentimientos que se mezclaban entre sí produciendo la incógnita que hacía maravillosa la vida. Comenzó a sollozar, pero él le acarició en su espalda suavemente, transmitiendo todo su cariño hacia ella.

  Luego de aquellos momentos, se separaron y una sonrisa le cubría el rostro, ennobleciendo las lágrimas.

   –Nunca hablamos demasiado… nunca pudiste expresar nada por mí… y yo simplemente te ignoré –su boca se abría pero ninguna palabra salía de ella–. Notaba que me mirabas, desde la escuela, y hasta en el ghetto, pero yo hacía de las mías y luego en la FPO…. Avraham… y…

   –No… no –dijo David acariciándole la mejilla antes de que llorara nuevamente–. Vos tomaste tu decisión y había cosas más important… Hay cosas más importantes que el estúpido amor entre dos adolescentes…

    Ella lo miró fijamente.

   –Creo que eso no es correcto… en la vida las cosas que pueden parecen más irrelevantes terminan siendo las más importantes, más importantes que una guerra, que un país… al fin y al cabo somos seres humanos y nuestra esencia es lo que más importa: el amor, la libertad, la razón. ¿Sin esos elementos que seríamos?

   David sonrió ante la verdad que había en ello.

   –Sí… pero… de todas formas, ¿que es más importante? ¿El amor entre dos individuos o el sacrificio de ese amor para la dedicación a salvar muchos amores más?

   –Ay, David, es un dilema… Lo uno no elude a lo otro, pero bien, todo ya pasó… Avraham ya pasó y, sobreviviente o no, ya no importa… Cuando se fue, se perdió para mí.

   Lo miró y algo notó en la mirada de David para que las lágrimas fluyeran nuevamente,

   –¿Avraham….? –preguntó Khaia quedamente.

   Él asintió suavemente y a continuación ella dejó caer su cabeza en el pecho de David. No podía hacer nada más que acariciar sus cabellos y besar su frente. Aborrecía la injusticia mundial; aborrecía la negligencia de las personas que podrían haber tomado acción contra aquellos desgraciados y no lo hicieron; aborrecía el maldito mundo en el que la diversidad era un mal que purgar. Una lágrima se deslizó por su rostro y cayó en el cabello de Khaia.

   Los pájaros cantaban en el despertar del nuevo día y la voz del comandante se elevó para continuar la marcha… pero nada de aquello podía sofocar los ruidos y los traumas de la reciente batalla.


  Estaban allí todos los comandantes y subcomandantes de la Organización de Partisanos Unidos, reunidos alrededor de la precaria mesa de madera con una precaria lámpara colgada del techo. Se encontraban por última vez en el cuartel general y posiblemente por última vez en la ciudad de Vilna.

   Avraham Sagalovich habló sutil pero poderosamente:

Dibujo de Jacob Gens, comandante de la policía judía en el ghetto de Vilna

Dibujo del asesinato de Jacob Gens a manos de la gestapo. Comandante de la policía judía en el ghetto de Vilna, luego hecho cabeza de la adminstración de todo el ghetto

   –Estamos ante un ultimátum. Jacob Gens piensa dar rienda libre  a las deportaciones en su intento por salvar a la mayor cantidad posible de personas, repercutiendo la tarea en él y no en la Gestapo mientras que nuestro comandante Itzjak Wattsberg, Adonai lo bendiga, se ha entregado a las manos de ella en un fútil intento para evitar lo inevitable: la aniquilación del ghetto en su totalidad –tomó una pausa y miró fijamente a cada uno de ellos–. Sabemos que esa no fue la verdadera esencia del acuerdo. Su mayor objetivo fue el de distanciar a la FPO de la población –tomó una breve pausa–. ¿Qué piensan todos ustedes? ¿Desperdiciaremos la muerte de nuestro comandante dejando que Jacob entregué a la población a manos de los nazis? ¡Yo pienso que no! ¿Cuáles fueron las palabras a la hora de la fundación de esta organización? “¡No vamos a ir como ovejas a la masacre!”

   Todos gritaron en conformidad y David creyó que nadie podía estar en desacuerdo. Los sufrimientos pasados a lo largo de tres años se transformaron en una furia incontenible. Estaban ya dispuestos a realizar cualquier cosa, sin importar las consecuencias, pues ya no había punto intermedio: vivir para morir inmediatamente o luchar, y luego morir. Así murió Wattsberg, un poco antes que todos y en defensa de la población. Sin embargo, ya sea hasta la vida o hasta la muerte, no se iban a rendir y siempre aspiraría a lo primero, pase lo que pase.

  Le echó una ojeada a Khaia que se hallaba al lado de Avraham, seria. Ya no tenía sentimientos por ella. Desde que sus padres murieron por tuberculosis ya no quería tener sentimientos por nadie. No quería volver a sentir tanto dolor. Y tampoco poseía más amor para dar; se quedó vacío, como envuelto sólo en un fino cascarón.

   La voz de Avraham continuaba:

   –Hoy, en el día 1 de septiembre de 1943 comenzaremos la lucha por el ghetto de Vilna, y termine como termine dejaremos claro que, ¡no vamos a ir como ovejas a la masacre!

   Todos vitorearon, y a continuación salieron del cuartel. Detrás, David creyó escuchar unos gritos y una fuerte discusión. Se dio vuelta y vio cómo Avraham y Khaia vociferaban enfurecidamente durante algo más de un minuto, hasta que ésta última lloró y se alejó. Luego, Avraham se unió a la partida. Era seguro lo que ocurría: una proporción de los partisanos debían quedarse dentro del ghetto para ayudar a huir a las diversas familias y para asistir en la defensa. Khaia estaba asignada a tal área y Avraham a la otra.

   Bajó hasta llegar a un punto antes de la planta baja, donde detrás de un gran cuadro se hallaba un gran túnel de aproximadamente un metro de alto. Allí se infiltraron todos los pelotones, y entre la tierra y el ladrillo, se condujeron hasta las cloacas. Traspasaron un largo trecho, hasta arribar finalmente afuera del muro, en donde los desechos llegaban hasta una laguna fétida.

   La luna brillaba en lo alto y las estrellas lucían incandescentes, alumbrando el primer atisbo de libertad en más de tres años. El viento le sacudió el cabello a David y el frío le hizo temblar ligeramente, pero la noche primaveral era buena y propicia para tal momento. Respiró profundamente y vio cómo los primeros dos pelotones ya estaban formados, al mismo tiempo que otro ya salía detrás.

   –Ya… dentro de poco… Ya todo acabará.

   La voz lo sorprendió, y cuando se dio vuelta contempló al mismísimo Shlomo Rashberg, un hombre ya canoso y algo flaco, de rostro con huesos resaltados pero con una férrea mirada en sus ojos y un ágil movimiento en sus músculos. Era su comandante y se sabía que había sobrevivido al pogrom efectuado por los polacos en 1919, y defendido encolerizadamente un bastión judío improvisado. Su liderazgo le daba seguridad.

   Y en verdad faltaba poco: seis pelotones más salieron de las cloacas y los nazis hicieron sonar la alarma.

   David corrió detrás de Shlomo con el resto del pelotón. La noche era el momento idílico para la batalla y se demostraba en aquel momento. El corazón le latía fuertemente y una adrenalina le corrió por todo el cuerpo al aparecer los primeros soldados gritando en un alemán bestial y sujetando las armas.

   Uno de los pelotones salió del lado adyacente al muro y comenzó a disparar al ras, sin misericordia alguna, mientras otro más corría desenfrenadamente hacia el enemigo justo de frente, en una actitud lo más cercana al suicidio. Su pelotón se mantenía medianamente al margen, en actitud puramente defensiva, pero cuando se consolidó la batalla David vio a su comandante en todo su esplendor; un hombre que había tolerado la discriminación durante toda su larga vida, y que casi perdía su vida por ella, ahora sujeto a una nueva batalla, defendiendo los ideales de la libertad y la vida. David no pudo más que hacer lo mismo y sus piernas se condujeron por sí mismas, títeres de la nueva euforia. Gritó tanto que casi perdió la voz y cuando apretó el gatillo, apuntando a uno de los nazis a metros suyos, fue la primera vez en su vida que lo hacía. Para vergüenza o satisfacción no sintió ningún remordimiento. La pistola rugió y las balas salieron despedidas, iluminando la noche. Para él, el nuevo día nacía; el día en que se veían liberados de la opresión; el día en que su corazón salía volando como aquel pigargo marrón del que tanto tiempo atrás había escrito, en la era de alegría y paz.

   La noche transcurrió entre gritos de agonía y valentía, entre llantos y vítores, entre cañonazos y disparos. Grandes hombres y mujeres murieron, masivas descendencias fueron eliminadas de la faz de la Tierra pero el ideal fue difundido y muchos escaparon entre el desastre, muchísimos incluido David. Pero Shlomo y Avraham murieron en combate.


   Sus pasos crujían contra el pasto reseco. Los árboles pasaban a su lado como monumentos de mejores tiempos, signos de un nuevo futuro. Las familias caminaron hacia el amanecer, entre los grandes pigargos que sobrevolaban el aire y los arroyos que circundaban el bosque. David caminaba tomado de la mano de Khaia y los rostros pasaban a su costado, procesión de soldados de mente y corazón. Veía hacia arriba, escribiendo mentalmente la maravillosa escena. Pensaba la ironía de aquello; el día en que escribió la prosa poética inspirada por el pigargo su libertad le fue extirpada y no fue hasta el día de la batalla en que los vio de nuevo, plateados a la luz de la luna.

   Sus pisadas crujían en el pasto y su mirada se cruzaba con la de Khaia. No supo por qué, pero una nueva alegría se desbordaba desde dentro; era el amanecer de nuevos tiempos y si los atrapaban o no, sabía que iba a morir luchando por su libertad y no encerrado en la jaula a la que lo condenaron.

   Otro pigargo pasó por encima, sus cantos llegaron a él y él les respondió con una lágrima… de alegría.

FIN

Monumento memorial en El Museo Yad Vashem a los partisanos y soldados judíos que combatieron en la Segunda Guerra Mundial.

Monumento a los partisanos y soldados judíos que combatieron en la Segunda Guerra Mundial, ubicado en el Museo Yad Vashem de Jerusalem.

Alex Dan Leibovich

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Como pigargos a la libertad. Parte 2. por Alex Dan Leibovich se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
Basada en una obra en http://oniroscopio.com.ar/como-pigargos-a-la-libertad-parte-2/.

Notas:

  1. “Organización de Partisanos Unidos”, una de las primeras organizaciones judías de partisanos en la Segunda Guerra Mundial, radicada en el ghetto de Vilna.

Bibliografía:

Fotografías:

Paper_factory:

Vilna4:

Ghetto jacob gens selbstmordversuch:

Entrée du ghetto de Vilnius:

Partisans Star of David:

Soda Stereo – Cuando pase el temblor

El tiempo en capítulos