Como pigargos a la libertad. Parte 1.

Sus pasos crujían contra el pasto reseco. Los árboles pasaban a su lado como monumentos de mejores tiempos, ya extintos. Allí estaban, erguidos, sin hacer ningún acto para revertirlo todo. Los demás iban a su lado, atrás y adelante, unos setenta en total, todos con un arma en la mano, algunos con chaqueta de cuero, otros con boina, otros con grandes botas y cantimploras, pero todos tan cautos y sedientos de venganza como él. La caótica salida de Vilna fue seguida de una encarnizada lucha y allí estaban, en la completa incertidumbre, en la continua resistencia, en la búsqueda de sobrevivientes.

   Los árboles expandían sus sombras bailarinas sobre ellos. De vez en cuando se oía un graznido de alguna ave nativa, pero siempre estaba presente un tedioso silencio en el aire..

  David Kreskin odiaba aquel suspenso nacido del acorralamiento como si los nazis siempre estuvieran allí, observando y sin actuar… hasta pronto caer sobre ellos. Pero no… él sentía miedo, no lo negaba, lo sentía por todo lo largo de su piel erizada, de su corazón palpitante, y eso no le iba a impedir actuar cuando fuera necesario, todo lo contrario, lo impulsaría hacia una encarnizada lucha si esta se presentaba.

   Pero todavía no lo hacía. Bajó unos momentos la cabeza, viendo el marchito pasto, tratando de recordar cuando no todo era así.


   David estaba garabateando un texto corto, una especie de prosa poética tal como

Pigargo europeo

Pigargo europeo

siempre le gustaban. Se había inspirado para redactarlo al ver un pigargo marrón como el ébano surgir en el cielo, mirando por la ventana de su habitación aquella mañana. Sus alas contrarrestaban con el celeste en lo alto, su pico afloraba como un gancho dispuesto a capturar cualquier cosa a su alcance. No podía detenerse en dibujar con sus palabras aquellas alas extendidas, aquella cola saliente desde atrás como la de un oscuro pavo real. Allí estaba… a su alcance…

   –Volvé a tu casa, judío. Desde ahora se implanta el toque de queda.

   Levantó la cabeza y vio a soldados en traje verde portadores de una cruz deformada, con armas en la mano. Un escalofrío le corrió por el cuerpo y al ver entrar un tanque en la ciudad veía venir lo peor.


Ghetto_Vilinus

Miembros de la milicia partisana judía, la Fareynikte Partizaner Organizatsye, activa en el ghetto de Vilna, en Lituania

   Continuaron marchando hasta que el comandante del regimiento alzó la mano en alto, pidiendo una detención. Luego, hizo un gesto hacia Benjamin, y otro hacia Aron, con lo cual los dos corrieron cautelosamente hacia la delantera, colocándose detrás de dos troncos con las armas preparadas, en guardia.

   El comandante hizo señas para que todos se pusieran en guardia, dispuestos a disparar en cuanto diera la orden. El silencio era solo quebrado por la misma naturaleza no corrompida de los bosques de Rudnik. Pero eso cambió ahora; comenzaron a escucharse lo que el comandante Pupisky había oído anteriormente: voces y pisadas. Éstas crujían contra el pasto, sofocando el mismo habla de las personas. Las piernas le temblaban ligeramente a David, pero sus manos se mantenían firmes en el arma, preparadas para apretar el gatillo. Sin embargo, había algo inusual, las voces… la lengua… ¿Se lo estaba imaginando? ¿O acaso era posible…?

   –¡No disparen! ¡No disparen! –gritó el comandante.

   Todos se mantuvieron estáticos en sus lugares y David vislumbró al grupo que entraba entre los árboles: familias enteras que caminaban con andrajos de ropa. Sus rostros parecían estar fundidos en el más puro horror y algunos estaban cubiertos de cenizas mientras que a otros los envolvía la sangre. Notó camillas improvisadas con cuerpos en ellas… enfermos. Era una visión que le llegaba al corazón, pues conocía a casi todas aquellas personas aunque fuera de vista, y ya las había creído muertas.

   El comandante Pupisky se adelantó y habló con el que parecía ser el líder: un hombre de mediana edad, de tez algo oscura, rostro arrugado y cabello canoso. Llevaba consigo una escopeta colgada al hombro. Y allí fue cuando lo reconoció: Itzjak Jabrow, uno de los partisanos que se quedaron dentro del ghetto cuando la batalla se libró. La esperanza le hizo calor en el pecho de David pero todavía no llegaba hasta su consciencia.

   Los dos dijeron algo que no llegó a escuchar por el sonido del viento y los cantos de las aves. Todas las personas allí miraban expectantes la escena, unas cien aproximadamente.

   Al girar nuevamente la vista observó que se abrazaban fuertemente, como los hermanos más cercanos. Luego, el comandante se dio vuelta hacia nosotros y habló con los ojos envueltos en películas de lágrimas.

  –Señores, hemos encontrado a una partida de sobrevivientes del ghetto, del ghetto de Vilna.

   No era ninguna sorpresa para él ni para ninguno de ellos pero el decirlo lo hacía más real de alguna manera. De todas formas David no terminaba de creérselo todavía.

 –Lograron escapar unas horas más tarde que nosotros aprovechando el fulgor de la batalla y se escabulleron por la tercera salida encubierta, a través de las cloacas del este de la ciudad –hubo un silencio en el que se intentó asimilar la envergadura de tal cosa–. Más hicieron lo mismo, dirigiéndose por diferentes caminos en diferentes horas, y se expandieron por los bosques durante la noche. Esta noticia revierte todo lo que temimos durante estos dos últimos días. –Una lágrima se deslizó por su rostro–. Después de todo, las muertes de tantos hombres y mujeres no fueron en vano al fin y al cabo…

  Al seguir hablando, David movió los ojos a través de toda la multitud y los enfocó atentamente en cada persona, en busca de signos realmente familiares. Uno tras otro, conocidos superficialmente, hasta que su mirada encontró… una… una chica de su edad de la cual seguramente conocía su vida mejor que todos allí.


Judenstern_JMW

Estrella de David amarilla, obligada a usar a los judíos para su identificación en los ghettos

 Allí estaba Khaia, hermosa. Era la única visión que lo reconfortaba entre la soledad y el nuevo horror naciente. La estrella amarilla que llevaba su nombre, en su brazalete, era eclipsada por sus dorados cabellos y sus ojos color avellana en aquel delicado rostro que era sólo una parte de su grandiosa belleza.

  Ella giró la cara, notando su mirada, y le sonrió radiantemente. Él se sonrojó, aunque siguió mirándola. Pero de pronto una persona pasó a su lado, volcándole a David casi toda la poca comida que había buscado para su familia. Iba a reaccionar cuando se dio cuenta que era un nazi con una gran sonrisa en su rostro. Desapareció entre la multitud y, entristecido, esperaba ver nuevamente a Khaia… También se había fundido con la muchedumbre.

  Era todo tan deplorable, pensó mientras corría por las calles entre la multitud de gentes, hacia su hogar. Estaban encerrados como aves en jaulas, estorbos a los que arrojar mientras el mundo se destruía a sí mismo. ¿Qué era la vida para ellos? ¿Qué eran los seres humanos para aquellos monstruos de cruces deformadas? Pero claro, ellos no eran seres humanos; eran criaturas inferiores, con la sangre podrida corriendo por sus venas. No había lugar para ellos en el mundo y por ello los almacenaban allí como basura en un vertedero, alejados de la población pura a la que no debían contaminar. Tenía tantas ganas de huir de allí con su familia y ser libre. No importaba dónde pero sí de huir y ser tomado por lo que era sin necesidad de esconderse ni de ser encerrado. Pero ¿y si llegaban a conquistar el mundo? Entonces… ¿Qué harían? ¿Adónde escaparían?

   El frente de su hogar se encontraba allí: hecho de piedra con una puerta de madera que protegía la entrada. La abrió esperando encontrar allí a sus padres, abuelos, abuelas y su hermanito anhelando la primera ración del día, alrededor de la mesa, pero lo que vio no le gustó nada: su mamá se hallaba arrodillada ante la puerta, llorando descontroladamente, y su papá se hallaba en cuclillas, acariciando su espalda. Cuando su papá notó su presencia, se levantó y lo abrazó fuertemente, como nunca antes…

   –¿Qué pasa? –preguntó David tenuemente.

   Su padre se separó y David pudo ver cómo una lágrima corría por su mejilla.

  –Se los llevaron… Los desgraciados crearon un nuevo ghetto y se llevaron a los abuelos, las abuelas y a tu hermanito.

   Se quedó congelado. No pudo reaccionar adecuadamente. Ya era demasiado y ni los sollozos de su mamá podían hacer que penetre esa realidad en él. No sabía hasta dónde podía llegar todo eso…


   Allí estaba Kahia, sin poder creer la propia suerte que la acompañó. Sus cabellos lucían iguales de

Fotografía tomada en el ghetto de Vilna

Fotografía tomada en el ghetto de Vilna

rubios, al igual que todo su delicado rostro, aún cuando estuvieran cubiertos por barro y suciedad. Pero su sonrisa ya no era la misma y su mirada estaba deformada, reflejando su desgracia. Todos cambiaron; algunos se fortalecieron, pero la mayoría se hizo una con la pena. David todavía no entendía porque justo él seguía vivo en comparación con todos los demás muertos.

   La voz del comandante continuó:

 –Iremos unos kilómetros lo más al norte posible de Vilna y estableceremos un campamento antes de que anochezca. –Hizo una pausa–. Con suerte se nos unirán más familias y combatientes en los próximos días –se volteó, dirigiéndose hacia el líder de las familias–. Los hombres capacitados para luchar colóquense uno a cada lado de los partisanos. Si llevan armas mejor aún. Si no, hagan turno con los muchachos. –Se dirigió hacia ellos–. Subcomandantes, vengan.

   Se efectuó una  reunión con estos, que luego, en base a las instrucciones del comandante, se encargaron de la correcta distribución de partisanos. La posición elegida para David fue la del flanco izquierdo del grupo, y la marcha comenzó.

  El pasto crujía bajo sus pies y los árboles pasaban a su lado. De vez en cuando debía evitar alguna que otra roca y salvaguardarse de algunos obstáculos naturales, como troncos caídos. En todo el trayecto no paraba de echar miradas a Khaia, pero al parecer, ella, o por el constante impacto, o por la simple imposibilidad de que él se encuentre precisamente allí, no lo vio. Y por alguna razón sentía que no debía verla, al menos no todavía.

   Las pisadas continuaban y consigo el deslizamiento del sol por entre la cúpula celeste. El día dio paso a la tarde.

   Escuchaba charlas entre la multitud y se mostraba curioso ante ellas. Algunas hablaban del exterminio en vastas zonas por los grupos de matanza nazis y otros corrían rumores de gigantescas instalaciones en las cuales había una sola función para ellos: morir. Lo primero no era ninguna sorpresa para David, y desgraciadamente lo segundo tampoco…

  El sol se estaba poniendo cuando empezó a escuchar los tan conocidos versos, compuestos recientemente:

“Zog nit keyn mol az du geyst dem letsn veg,

Khotsh himlen blayene farshteln bloye teg;” 1

   Uno comenzó, pero como una ola, más se unieron incluido él mismo, hasta que todos cantaron el proclamado himno de la Organización de Partisanos Unidos, a cada paso, a cada respiro. Los pigargos acompañaban el canto como apoyando la causa y el viento silbaba ayudando a transmitir la fuerte y esperanzadora letra:

“S’vet di morgn-zun bagildn undz dem haynt,

Un der nekhtn vet farshvindn mitn faynt,” 2

   El sol se ocultó y el campamento se estableció. Hizo la primera guardia mientras veía cómo Khaia dormía entre la conglomeración. No podía dejar de pensar en todo lo que ocurrió para que llegase hasta allí.

Alex Dan Leibovich

Continúa en “Como pigargos a la libertad. Parte 2.”

Licencia Creative Commons
Como pigargos a la libertad. Parte 1. por Alex Dan Leibovich se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
Basada en una obra en como-pigargos-a-la-libertad-parte-1.

Notas:

  1. Nunca digas que vas por tu último camino / aunque los días azules se oculten tras cielos plomizos.
  2. El sol del mañana dorará nuestro hoy / y el enemigo se esfumará como el ayer.

Bibliografía:

Fotografías:

Haliaeetus albicilla -Littleisland, Norway -adult- 8a, por Magnus Manske (ningún cambio hecho):

Ghetto_Vilinus:

Judenstern_JMW:

Vilna1:

Bron-Yr-Aur – Led Zeppelin

Voces que valen ser escuchadas

Significado de Oniroscopio

Palabra resultante de dos vocablos: “Oniro”, que en griego significa "sueño" (los “oniros” o “oneiros” son los hijos del dios del sueño, Hipnos, en la mitología griega) y “-scopio”, que en griego significa “instrumento para mirar” o simplemente “mirar”. De esta forma sería equivalente a “mirar sueños” o “instrumento para mirar sueños”. Así, el simbolismo radica en ver lo fantástico en la realidad o el sueño en la vigilia.